Capítulo 5 #2
—¡Sal de aquí!
Me agarra de la muñeca, obligándome a girarme y mirarlo a la cara. Suelto un chillido.
—¡Cállate! — me ordena, tapándome la boca con la mano.
Me lo quito de encima con un empujón y la fuerza de mi propia reacción me hace caer de espaldas sobre la cama de campaña. La máquina locuisonus se estrella con un golpetazo contra el suelo y Ralph se agacha para comprobar que está bien. La saca del estuche y le da vueltas entre las manos.
—¿Qué estás haciendo? — exclamo, poniéndome en pie.
Él también se levanta y deja la máquina sobre la cama.
— Voy a ayudarte a escapar.
—¿Perdón?
Ralph se gira a mirar hacia la entrada de la tienda y luego me mira a mí.
—¿Adónde quieres ir? ¿A Eigg? ¿O de vuelta a Londres? Yo me encargo.
Meneo la cabeza, incrédula. ¿Qué tipo de trampa es esa?
Señala la máquina locuisonus.
— Pero primero necesito que me hagas un favor.
Solo de pensarlo siento náuseas. ¿Hacer algo para el hombre que me quitó a Atlas? ¿Que dejó que muriera en mis brazos? De pronto siento un deseo irrefrenable de estamparle la máquina en la cabeza.
— Me parece que no — replico —. Tú mataste...
Respiro hondo. No consigo decir su nombre en voz alta.
La sonrisa desaparece del rostro de Ralph.
— Eso fue un accidente.
Meneo la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
— Tú apretaste el gatillo. Lo mataste.
— Iba a escaparse. — Ralph se enciende un cigarrillo y la tienda va llenándose de humo poco a poco —. Tú escucha, ¿quieres? Los bolgoriths búlgaros han visto la ventaja que supone para ellos colaborar con unos cuantos humanos de éxito. Como yo. Y quizá como tú, si estás dispuesta.
Me río de pura sorpresa.
— La alianza no existe — afirma —. Cuando llegue el momento, los bolgoriths se volverán contra la primera ministra.
Se me cae el alma a los pies. De pronto recuerdo que, en Bletchley, la doctora Seymour le rogó al viceprimer ministro Ravensloe que se opusiera a esa colaboración, le suplicó al gobierno que no pusiera a Britania en manos de una potencia extranjera.
—¿Y eso cómo lo sabes?
— Goranov — dice Ralph, dando una calada a su cigarrillo —. Somos un tándem.
— Un... ¿tándem?
—¿No has oído hablar de eso? Ah, por supuesto que no.
Eres demasiado joven. Demasiado... — Se me queda mirando —.
Inexperta. Los dragones búlgaros a veces se asocian con los humanos.
Es una práctica poco frecuente, pero es más común durante la guerra.
Uno tiene algo que el otro desea, y esa asociación permite un intercambio entre especies, que supera cualquier código social o cultural.
—¿Y qué podría querer de ti Goranov?
Ralph sonríe.
— Eso no es cosa tuya. El caso es que quiero comprobar si la asociación es sincera por su parte.
—¿Me estás diciendo que has celebrado algún tipo de ceremonia de emparejamiento con un dragón?
— Nos aniquilarán si no cooperamos, ¿sabes? — Ralph se mordisquea un pellejo —. O nos someterán como ganado, para matarnos cuando les dé la gana. O nos usarán como moneda de cambio para expandir su régimen por todo el mundo.
El humo empieza a irritarme la nariz.
—¿Su régimen?
— Los dragones búlgaros han convertido Bulgaria en un reino dracónico, sin rastro de humanos. Su estrategia es brillante, a la altura de la del Imperio romano.
—¿Y esa... asociación tuya significa que quieres ayudarlos a hacerse con el poder?
— Tal como te he dicho — responde —, a algunos de nosotros los respetarán. Nos introducirán en su estructura, nos formarán, dejarán que formemos parte del «nuevo mundo».
No he estado nunca en Bulgaria, y en el colegio nunca nos enseñaron qué pasó después de que los dragones búlgaros acabaran con la población humana. Ahora siento una curiosidad morbosa por saberlo.
—¿Y Wyvernmire no tiene ni idea?
Ralph se ríe en silencio.
— Por supuesto que no. Ella aún cree en su pretendida alianza.
Pero si no consigue recuperar el control del país, ni la lealtad de los que ya no quieren que los gobierne, los dragones búlgaros no verán la necesidad de seguir con ella.
Por eso hay que detener a los rebeldes. Ella es lo único que nos separa de una masacre total.
No sé qué escenario es peor. Si el de Ralph, en el que los dragones búlgaros colonizan y quizá devoran a toda Britania, o el de Wyvernmire, en el que los ayuda no solo a ocupar el país, sino también a conseguir inmunidad política a los ojos de Europa.
Miro a Ralph y luego la máquina locuisonus.
No quiero ayudarlo, pero podría ser mi única oportunidad de escapar del campamento de Wyvernmire.
Tira la colilla del cigarrillo al orinal.
— Goranov llegará mañana. Quiero que escuches lo que dice, y ver si oyes algo sobre mí.
Si no lo odiara tanto, casi me daría pena.
—¿De verdad estás tan desesperado — le digo, con voz glacial — que estás dispuesto a creerte cualquier cosa que salga de la boca de uno de esos... monstruos? Si le has hecho algún tipo de promesa a un bolgorith, ¿qué importa si Goranov miente? Si intentas desdecirte, te matará, sin más.
— Me necesita — replica Ralph, con decisión.
Me río, al tiempo que tiro de la máquina locuisonus, acercándomela.
— Sí, claro.
— Tú hazlo — dice Ralph, mientras abre la solapa de la entrada de la tienda. Se gira a mirarme por encima del hombro —. O, si no, quizá apriete el gatillo por error una segunda vez.
Me quedo mirando la entrada de la tienda un buen rato después de que salga, intentando controlar la rabia que amenaza con provocarme el vómito.
Tanto Wyvernmire como Ralph han intentado reclutarme para que espíe a los dragones búlgaros, pero ambos se niegan a ver que la ecolocalización es un idioma intraducible.
El nombre de Ralph no tiene un equivalente en el koinamens de los bolgoriths.
Y aunque fuera capaz de oír lo que dice Goranov de él, apenas podría entender una palabra.
Me quito la blusa y los pantalones chamuscados y me meto bajo la manta militar, gruesa y rasposa.
Hollingsworth y Chumana me estarán buscando, pero es imposible que sepan que estoy en Canna.
Duermo un rato, hasta que alguien me trae comida — beicon, huevos y pan con mantequilla —, y como con ganas.
Luego me siento en la cama, con las piernas cruzadas, y me coloco la máquina locuisonus sobre el regazo.
No tengo ninguna intención de traducir el koinamens para Wyvernmire — ni para Ralph —, a poco que pueda evitarlo.
Pero si escucho a los búlgaros quizá pueda obtener alguna información que me ayude a huir sin la colaboración de nadie.
Estudio la máquina locuisonus, de pronto nerviosa. ¿No le prometí a Chumana que no volvería a tocar una? Esta máquina es más pequeña que las que usábamos en Bletchley Park, y tiene un altavoz más corto y de aspecto más tosco.
Los reguladores de frecuencia y volumen están en búlgaro.
Pero no hay interruptor de puesta en marcha, lo que significa que, aunque sirva para detectar señales de ecolocalización, no puede usarse para reproducirlas.
Siento un gran alivio. Wyvernmire no podrá utilizarla para emitir grabaciones que puedan confundir o instrumentalizar a los dragones, lo que significa que no podrá usarla como arma en su contra.
Esta locuisonus es mucho menos peligrosa que las que teníamos en Bletchley.
Me pongo los auriculares, enciendo la máquina y giro el dial. Oigo interferencias, unos ruidos desagradables que poco a poco se van suavizando cuando me acerco a la frecuencia correcta. Y entonces...
El vello se me pone de punta al oír todos aquellos clics y trinos, aquellas llamadas, gorjeos y tonos graves.
Levanto la vista de forma instintiva, olvidándome de que estoy dentro de una tienda.
Canna es un hervidero de conversaciones.
¿Dónde están todos estos dragones que oigo?
Algunas de las llamadas son lejanas, pero las más fuertes vienen de cerca.
¿Hay dragones volando sobre la playa? ¿O estoy oyendo a los habitantes de Rùm, al otro lado del agua?
Me entra un escalofrío, y, de pronto, me siento culpable.
No debería estar escuchando, Chumana me lo dejó suficientemente claro.
El koinamens es un lenguaje sagrado, tan arraigado en la psique de los dragones que sin él no pueden incubar sus huevos.
Vivir sin él sería como si los humanos tuviéramos que vivir sin contacto visual o táctil.