Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 5
18%

Capítulo 5

¿De dónde la ha sacado?

— Primera ministra — la saluda el primer hombre —, es un honor volver a verla.

— Tienes a la chica — dice Ralph, mirándonos primero a mí y luego a su tía —. ¿Cómo es eso?

Wyvernmire entorna los ojos.

— La detuvieron en Londres. Esta vez procura que no se te escape, Ralph.

En las mejillas de Ralph aparecen dos puntos rojos, al recordar cómo conseguí escaparme de él en aquel invernadero, el año pasado.

Marquis lo dejó inconsciente de un puñetazo, y luego Atlas insistió en que lo sacáramos de allí antes de que Chumana redujera el invernadero a cenizas.

Pese a ser el sobrino de la primera ministra, Ralph nunca obtuvo el trato especial que tanto deseaba.

Ni tampoco lo consiguió matando a Atlas de un disparo.

Aquellos recuerdos me provocan un dolor que me deja sin respiración.

Los dos hombres se hacen a un lado y Wyvernmire se sienta a la mesa.

Echo una mirada a la tienda, intentando no fijarme en las cabezas de guiverno, que me miran fijamente.

Uno tiene una larga mata de pelo blanco, vestigio de una especie extinta.

La cabeza disecada es antigua, pero ha ido pasando de mano en mano por la familia Wyvernmire.

El resto de mobiliario es viejo: un sillón de superficie irregular y una pequeña cocina de campaña.

Una cortina con flores descolorida, quizá robada de alguna casa cercana, separa el espacio privado destinado al uso doméstico.

Veo el extremo de una cama de campaña asomando, con la colcha a los pies.

Wyvernmire se acerca la máquina locuisonus y me mira.

— Sabrás lo que es esto, por supuesto.

Asiento.

— Un regalo — añade — de mi querido amigo Andronikos Svetoslav, el último descendiente del zar Teodoro Svetoslav, del siglo  xiv .

El hombre que está junto a Ralph levanta la vista y sonríe, mostrando unos dientes amarillos. De pronto me lo imagino vestido con un esmoquin, rodeado de música de violines.

— Usted estaba en el baile de Bletchley — le digo —. El último príncipe búlgaro. ¿Cómo puede apoyar a alguien que se ha aliado con los dragones que han matado a su propio pueblo?

Andronikos da un paso adelante, acercándose.

— Al masacrar a mi pueblo, los dragones búlgaros en principio buscaban liberarse del gobierno otomano.

— Tiene una voz grave, seductora —. Pero luego los lingüistas expertos quisieron meter las narices en su lenguaje telepático secreto, y eso encendió la mecha.

Lo malo fue que los dragones no supieron diferenciar a los opresores humanos extranjeros de sus connacionales búlgaros.

—¿Así que después de liberar su país, ocupado por otros, ahora los dragones búlgaros han decidido ocupar el mío?

— Tras recibir la generosa invitación de tu primera ministra, he conversado con muchos dragones búlgaros. Y estoy convencido de que habrían evitado atacar al pueblo búlgaro, de haber sido capaces de distinguirlos de los opresores turcos.

Pongo los ojos en blanco y Andronikos sonríe.

— Un día Bulgaria volverá a llenarse de vida humana.

Y cuando eso ocurra, los humanos británicos y búlgaros contarán con una protección que no tenían antes.

— Señala con un gesto la máquina locuisonus —.

Esta es una de las originales de Bulgaria, que conseguí sacar del país cuando hui.

Desde entonces le han hecho mejoras, y es plenamente funcional...

—¿Pero para qué la necesito? — le interrumpo, mirando a Wyvernmire.

Ella respira hondo por la nariz y se me queda mirando.

— Te gustará saber, Vivien, que no soy tan impulsiva como tú crees. Cuando destruiste la última máquina locuisonus en Bletchley Park, inmediatamente busqué otra. Una mera precaución, por supuesto, por si nuestros amigos búlgaros decidían ir por su cuenta.

Parpadeo.

Los humanos búlgaros crearon la primera máquina locuisonus hace casi un siglo, y fueron masacrados por sus dragones en represalia.

La doctora Seymour, espía rebelde que me enseñó a usar la máquina en el invernadero de Bletchley Park, consiguió hacer dos réplicas más avanzadas, que Atlas y yo destruimos.

No queda nadie con vida que tenga los conocimientos necesarios para construir otra.

— Andronikos sabe cómo usar esta, pero no puede traducir las llamadas. Estaba buscando una solución a ese problema cuando te presentaste en el aeródromo de Croydon.

La primera ministra sonríe, tan complacida que le veo los dientes. Yo meneo la cabeza.

— La ecolocalización es imposible de traducir. Los humanos búlgaros no lo consiguieron, y nosotros tampoco, cuando lo intentamos en el invernadero.

— Eso no es lo que decías cuando me informaste de que habías descodificado los mensajes de los dragones — responde Wyvernmire, con frialdad.

Wyvernmire no sabe que el lenguaje telepático de los dragones, el koinamens, depende del vínculo entre ellos.

Que es imposible traducirlo con precisión y convertirlo en un lenguaje escrito o hablado.

Yo solo entiendo las llamadas más sencillas entre dragones, y mi cerebro humano aún no consigue entender el significado más profundo que esconde cada una, las emociones y las imágenes mentales que implican.

— Me equivocaba — respondo —. Es demasiado complejo para la mente humana, y aunque pudiéramos traducirlo, supondría poner en peligro a los dragones de todo el mundo.

Los seres humanos lo usarían para controlarlos.

— La miro y levanto una ceja —. Eso ya lo sabe, por supuesto.

Ese era precisamente el motivo de que hubiera máquinas locuisonus en Bletchley Park.

— Desde luego — dice Wyvernmire —. Y tú misma me dijiste que necesitaría comprender la ecolocalización para tener controlados a los dragones búlgaros. Te ofreciste a ser mi traductora, ¿o es que no te acuerdas?

Recuerdo lo desesperada que estaba por detener la invasión búlgara cuando estaba en Bletchley Park.

Recuerdo el rostro de Atlas cuando le dije que traducir para Wyvernmire podría ser el único modo de impedir que los bolgoriths se hicieran con todo el control.

Pero eso fue antes de que supiera lo que significa la ecolocalización para los dragones, y de que destrozara la que pensaba que sería la última máquina locuisonus.

— Si quiere evitar que los bolgoriths le quiten el poder, alíese con los rebeldes — le digo a Wyvernmire —. Aún no es demasiado tarde. Aún podemos cambiar el rumbo de esta guerra, buscar la ayuda de Ignacia y liberarnos de...

— Los rebeldes arrestarían a la primera ministra en cuanto intentara rendirse — replica Ralph —.

Cada vez tienen más dragones, y corren rumores de que han conseguido ayuda de Francia.

Si consiguen expulsar a los dragones búlgaros del país y la primera ministra Wyvernmire queda incapacitada, impondrán sus políticas y el país quedará a la altura del fango.

Y no olvidemos que han introducido espías en todas las instituciones de Britania.

Nuestras miradas se encuentran y siento cómo se me acelera el corazón. Es imposible que sepa que Hollingsworth es la principal espía infiltrada en la Academia.

— Traducirás para mí la ecolocalización de los dragones búlgaros, Vivien Featherswallow — dice Wyvernmire —.

Espiarás a los bolgoriths, para asegurarte de que no traman derrocarme, como tú dices, y escucharás tanto las conversaciones de los dragones de Ignacia como de los rebeldes.

Si no lo haces, no me limitaré a tomar Eigg. La arrasaré.

Eigg, el cuartel general de los rebeldes, donde dejé a Ursa, a Marquis y a Sophie.

Si Wyvernmire les pide a los dragones búlgaros que la ataquen ahora que los rebeldes aún se están armando, no tendrán ninguna posibilidad.

Quizá el único motivo por el que aún no lo ha hecho sea que pensaba usarlo como elemento de presión si algún día conseguía encontrarme.

Me la quedo mirando. Es imposible hacer una traducción precisa del koinamens, pero voy a tener que fingir que lo intento, al menos hasta que pueda huir y encontrar a los guivernos.

Wyvernmire empuja la máquina locuisonus, acercándosela a Andronikos, que la guarda en un estuche de cuero con correas y me la entrega, ante la atenta mirada de Ralph.

Me la cuelgo del hombro y siento el peso de todo su peligroso potencial.

Un guardia entra en la tienda. Se inclina sobre la mesa y le susurra algo al oído a Wyvernmire, que se gira hacia mí bruscamente.

— Han visto uniformes rebeldes no muy lejos de este campamento, pero avanzando en dirección contraria. ¿Qué buscarán en Canna, si no quieren espiarme?

— Yo... no lo sé — respondo, sorprendida.

¿Serán los rebeldes enviados por Hollingsworth para encontrar a los guivernos?

— Coge la máquina locuisonus y márchate — ordena —. Ralph te acompañará a tu tienda.

Veo el broche que lleva en el pecho.

—¿Por qué sigue llevándolo? — pregunto, señalando —. Es el símbolo del Acuerdo de Paz, de su alianza con los dragones de Britania.

— Y ahora — responde Wyvernmire, sin inmutarse — es el símbolo de una alianza superior.

Ralph me indica con un gesto que salga de la tienda.

La luz del sol baña la playa, dándole al agua del mar un color turquesa.

Los guardias están reunidos en grupos, compartiendo comida y cigarrillos, y en la arena y sobre los acantilados veo unos cuantos dragones negros y rojos.

Ahora ya estoy bajo custodia de los bolgoriths búlgaros. ¿Cómo voy a escapar?

— Esta — señala Ralph, indicándome una tienda pequeña.

Me agacho para entrar y me doy la vuelta de inmediato.

—¿Qué estás haciendo? Tú no entras conmigo.

Sus ojos se vuelven más oscuros.

— Necesito hablar contigo.

Me lo quedo mirando y noto la bilis en el estómago.

— No tengo nada que hablar contigo — le espeto —. Asesino.

Entro en la tienda. Apenas quepo de pie, y dentro solo hay una cama de campaña y un orinal. Sobre la cama me han dejado una muda: una camisa blanca, un suéter, unos pantalones gruesos de color caqui, con muchos bolsillos, y un pesado abrigo de lana. Ralph me sigue y entra conmigo.