Capítulo 4 #3
Navegamos frente a la costa, evitando los bordes rocosos del acantilado. Alguien ha escrito algo en la pared de roca con un líquido negro; las palabras están medio borrosas.
LUCY ESTUVO AQUÍ.
CORALINE Y JACK PARA SIEMPRE.
COME MIERDA WYVERNMIRE.
Se supone que los rebeldes iban a liberar a los niños que quedaran en Canna.
¿Lo habrán hecho ya? Mientras recorremos el litoral empiezo a reconocer coincidencias en el perfil de la isla con las descripciones del diario de Clawtail.
Junto a Canna veo una extensión de tierra que se adentra en el agua, como si a Canna le hubiera crecido un ala.
Es una isla mareal llamada Sanday, unida a Canna por un arenal y a la que solo se puede acceder con marea baja.
Nos acercamos a una pequeña bahía, y a la izquierda veo un círculo de rocas donde han amarrado unas cuantas embarcaciones.
Miro hacia las verdes colinas que hay más allá y veo a varios guardias marchando por el campo en dirección a nosotros.
Llegan justo en el momento en que desembarcamos, y se levantan las viseras de los cascos.
— Primera ministra Wyvernmire — dice uno de ellos —, hemos venido a escoltarla hasta el campamento.
Coge la bolsa de la primera ministra y se la entrega a otro guardia. Luego le tiende la mano a Wyvernmire para ayudarla a bajar de la barca.
— Magnífico. Como ven — responde, echándome una mirada —, me he visto obligada a hacer de vigilante de prisioneros.
— Señora, habríamos enviado a alguien...
— Asegúrense de que está vigilada en todo momento.
Los guardias me miran con desconfianza, justo en el momento en que el motor de la barca arranca de nuevo. Me giro y veo a Craig alejándose.
Rùm está allí enfrente, al otro lado del agua, más cerca de Canna de lo que imaginaba.
Pienso en los niños enviados a la isla para ser devorados por los dragones que anidan en Rùm y siento náuseas: un dragón no tardaría más de un minuto en cruzar el espacio entre ambas islas.
Cuando estuve en Eigg con Ursa, Rùm estaba mucho más lejos, y no era más que una amenaza distante y abstracta.
Busco el cuartel general de los rebeldes con la mirada, esperando ver algo de la isla donde dejé a mi hermana, pero queda oculta tras las moles de roca de las montañas de Rùm.
— Por aquí, señorita — me dice el guardia que lleva la bolsa de Wyvernmire.
El rostro que veo tras el casco blanco es joven, y su gesto casi de disculpa.
Me pregunto si sabe quién soy. Lo sigo por un camino sinuoso.
Oigo el piar de un pájaro que no reconozco, un sonido que Clawtail debió de oír a diario cuando vivía aquí; caigo en la cuenta de que deben de ser los ostreros que describía en su diario, y eso me resulta vagamente reconfortante mientras sigo a los guardias con sus uniformes blancos.
Saltamos una valla de madera y bajamos por un camino escarpado, abriéndonos paso por entre raíces nudosas y un terreno resbaladizo.
Al fondo hay una playa, completamente invisible desde el lado de la isla por el que hemos llegado.
La arena es oscura y húmeda, y está cubierta de tiendas de campaña de color verde militar, amontonadas lo más cerca posible del acantilado para que no se mojen al subir la marea.
Desde aquí también veo Rùm, y el extremo de Sanday.
Caminamos por la arena compacta y paramos frente a la tienda más grande, vigilada por un dragón búlgaro con el ala rota.
Me mira con desconfianza, y, de pronto, recuerdo las palabras de Daria.
«Si esperas a que te pongan bajo la custodia de la guardia búlgara, será demasiado tarde».
Wyvernmire desaparece en el interior de la tienda y un momento más tarde me hacen pasar también a mí.
Casi se me escapa un grito al ver una cabeza de dragón junto a mi hombro, con sus ojos negros mirándome y sus dientes amarillentos cubiertos de cola.
Hay una docena de antiguas cabezas disecadas que cuelgan del alto techo con unas largas cuerdas.
Me doy cuenta de que son todo guivernos.
Los guivernos que decoraban el despacho del 10 de Downing Street solo hace unos meses, los que esperaba que el fuego de Chumana hubiera reducido a cenizas.
— Un ambiente familiar. Qué detalle.
Tardo un momento en darme cuenta de a quién se dirige Wyvernmire. La tenue luz de la lámpara de aceite ilumina una pequeña mesa y al otro lado veo a dos personas esperándonos. La primera es un hombre alto de piel olivácea y largos rizos oscuros. Cuando veo quién es el segundo, me quedo helada.
Al verme él también parece quedarse pálido.
Me lo quedo mirando de arriba abajo, con su reluciente uniforme de guardia y sus cuidadas manos blancas, que acerca a un objeto apoyado sobre la mesa, como si no se atreviera a tocarlo.
Siento una presión en el estómago. Es un aparato pequeño, de acero, con unos cuantos diales más de los que estoy acostumbrada a ver.
Pero sé lo que es. Igual que el rostro del asesino de Atlas, podría reconocerlo en cualquier parte.
Ralph Wyvernmire tiene una máquina locuisonus.