Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Me quedo mirando al anciano, metido en el agua hasta las rodillas, que trepa de un salto a la barca y tira de la cuerda de arranque. El motor cobra vida con un gemido.

— No sé por qué no hemos ido hasta Canna en avión — murmuro.

—¿Y arriesgaros a ser atacados desde Eigg, o por los dragones de Rùm? — replica la bolgorith —. Los dragones de Britania abatirán cualquier avión que se acerque a su zona de nidificación. Los huevos necesitan tranquilidad, ya sabes.

— Por supuesto que lo sé — replico.

Siento un arranque de rabia ante esa invasora que ha decidido darme lecciones sobre las costumbres de los dragones británicos mientras colabora en mi detención y secuestro.

— Pero cabría pensar que el gobierno y sus amigos búlgaros tienen mejores recursos a su disposición que un viejo bote a motor.

De la garganta de la dragona sale un gruñido grave.

— El gobierno posee embarcaciones muy superiores en Mallaig, pero ahora eso es territorio rebelde. Es la costa más próxima a Eigg, donde está el cuartel general de los rebeldes, así que obviamente cuenta tanto con armas humanas como con dragones para su protección.

Yo no he oído hablar nunca de Mallaig.

— Parece que sabes mucho, para ser una dragona que solo lleva aquí unos meses — digo, cortante.

Pretendo ser sarcástica, pero la boca de la dragona de inmediato se extiende en una sonrisa tan grande que resulta amenazadora. Casi doy un salto atrás al verlo. La bolgorith búlgara parece complacida.

— Gracias — dice —. He investigado un poco.

Resulta algo antinatural, casi cómico. No creo haber visto sonreír a Chumana nunca.

— Sabes que no has venido para una visita amistosa, ¿no? — le pregunto.

La bolgorith da un bocado al aire, cazando una mosca.

— Me han destinado aquí por orden del regio Krasimir, pero tenía mis propios motivos para venir a Britania.

Frunzo el ceño. ¿Por qué está tan parlanchina esta dragona? Se supone que los bolgoriths son hostiles y agresivos, y esta, en cambio, se muestra cordial como una diplomática.

—¿Qué es un «regio»?

— En Bulgaria tenemos tres dragones regios — responde, con voz profunda y cálida —. Son los dragones más fuertes y respetados del país, con el cuerpo cubierto de piedras preciosas de sus grandes tesoros. — Me mira por entre unas pestañas increíblemente largas —. ¿Tú cómo te llamas?

¿Es que no se da cuenta de que somos enemigas?

¿De que ella forma parte de un ejército extranjero que amenaza con convertir mi país en una nueva Bulgaria?

Recorro todo su cuerpo con la vista, un cuerpo sólido y fuerte, con las escamas relucientes; no le falta ni una.

Dudo que haya participado nunca en una batalla.

Wyvernmire, en la orilla, me indica con un gesto que vaya hacia el bote.

— Vivien — respondo, sin moverme —. ¿Y tú?

— Daria.

— Ojalá pudiera decir que es un placer conocerte — digo, en slavidraneishá —. Pero no lo es.

Cambiar de repente a un idioma diferente es un modo de poner a la gente a prueba, para comprobar qué piensan de ti, dejándolos sin recursos, desarmados. Pero Daria no se inmuta.

— Nos han avisado de tu llegada — dice, observando el vuelo de una gaviota que cruza el cielo.

¿Goranov ha usado la ecolocalización para avisar a otros bolgoriths de mi llegada? Pero estamos a muchos kilómetros de Londres. ¿Cómo puede haber llegado tan lejos con el koinamens?

— Eres la lengua de latón de Bletchley Park, el lugar donde se firmó la alianza entre británicos y búlgaros.

Otra vez esa expresión.

«Lengua de latón».

—¿Qué significa?

El viejo hace gestos frenéticos desde el bote y veo la cara larga que pone Wyvernmire al impacientarse.

— Un humano que habla muchas lenguas de dragones. En ocasiones puede ser útil. Pero la mayoría de las veces es... peligroso. En mi país no queda ni uno.

— Eso es porque habéis matado a todo el mundo — le espeto.

Los ojos color ámbar de Daria parpadean dos veces y tengo la impresión de que va a responder cuando el viejo grita desde la arena:

—¡Venga!

Daria agita la cola.

— Ve. Los dragones rebeldes están a punto de llegar.

Debe de estar oyendo sus llamadas a través de la ecolocalización.

— Harías bien en cooperar con tu primera ministra hasta que llegues a la isla — añade —. Pero luego debes huir. Si esperas a que te pongan bajo la custodia de la guardia búlgara, será demasiado tarde.

Me giro hacia ella.

—¿Por qué me dices eso? Soy una humana rebelde. Y tú una dragona búlgara.

Su lengua roja baila en el interior de su boca.

— Me recuerdas a un superviviente que conocí en mi tierra. Me gustaba bastante.

¿Un superviviente? ¿En Bulgaria?

Echo a caminar hacia la orilla.

— Adiós.

— Adiós, lengua de latón.

Los pies me resbalan al pisar el fango y las algas de la orilla. El viejo ayuda a Wyvernmire a subir al bote y luego me tiende la mano.

—¿Es que quieres convertirte en pasto para los dragones, niña?

La barca es larga, de madera, está provista de asientos tapizados de cuero y tiene un timón. Debía de estar pensada para dar paseos por la costa, no para la guerra.

— Bienvenida a bordo — dice el viejo —. Soy Craig.

Tomo asiento.

—¿Te has vendido, Craig? — le pregunto, sin inmutarme.

Se ríe. Wyvernmire se sienta a mi lado, con una mueca de asco en el rostro al ver las manchas de barro y los charcos que hemos dejado en la cubierta.

—¿Por qué dices eso?

— La mayor parte de Escocia está controlada por los rebeldes, pero esta parte de Skye, justo enfrente de las islas menores, está convenientemente desprotegida.

— Echo una mirada hacia la orilla, donde está Daria, que sigue mirándonos —.

Así que yo supongo que tú eres el vigilante, y que has convertido tu puesto de control en otra ruta de acceso para los guardias de la primera ministra.

Craig mira a Wyvernmire y levanta una ceja.

— Qué lista la niña, ¿no?

— Los rebeldes no tardarán en darse cuenta de lo que estás haciendo.

— Por supuesto que se darán cuenta — replica Craig —. El primer ministro de Escocia es un gran amante de los dragones. Pero mientras tanto...

—¿Estás a favor de ella porque no te gustan los dragones? — lo interrumpo, señalando a Wyvernmire —. Ya sabes que los dragones búlgaros que hemos visto hasta ahora no son ni una mínima parte de los que vendrán a invadir Britania, ¿no?

Craig coge aire.

— Solo se creen que tienen el poder. La primera ministra Wyvernmire encontrará el momento adecuado, los usará para volver a poner el país en su sitio, y luego los mandará a casa.

— Exacto, Craig — dice Wyvernmire, complacida —. Ahora... ¿Vamos a Canna?

Me recuesto en mi asiento, incrédula. ¿Qué es lo que pasa con la política, que hace que la gente se crea solo lo que quiere creerse? La barca acelera y veo cómo Daria se va volviendo cada vez más pequeña hasta que se convierte en un puntito negro a lo lejos.

El sol está ya muy alto para cuando Craig nos anuncia que estamos cerca del archipiélago de islas de las que leí en la biblioteca en Bletchley Park, las que vi desde el avión de Marquis. Oigo el rugido antes incluso de ver la primera isla.

— El sonido viaja más rápido por el agua que por la tierra — nos dice Craig, levantando la voz, y eso me recuerda que los ultrasonidos viajan más rápido a través del cristal.

Al cabo de un rato, nos señala la costa de Rùm, a la izquierda de la barca: una isla montañosa, desierta, todo roca y arena negra.

Sé por los mapas que he estudiado que es un lugar de nidificación de los dragones, y que se encuentra entre otras dos islas: Canna, controlada por Wyvernmire, y Eigg, tomada por los rebeldes.

Me encojo de forma instintiva al ver lo enorme que es, y al ver a varios dragones de las arenas descansando en una playa.

Podrían muy bien ser leales a Ignacia, y yo viajo precisamente con la mujer que la traicionó.

Craig apaga el motor y deja que la barca avance impulsada por las olas, usando el timón para dirigirla hacia la orilla, hasta llegar tan cerca de las rocas que casi podría tocarlas si alargo el brazo.

Siento un escalofrío en la nuca: ahora que se ha roto el Acuerdo de Paz, cualquier dragón podría matarnos y no tendría que responder por ello.

Empiezan a caer piedras y ceniza caliente sobre la barca y, cuando levanto la vista, veo lo que debe de ser el borde de un nido construido en el acantilado.

Craig vira hacia aguas abiertas y vuelve a arrancar el motor, y nos sumergimos en la niebla hasta que veo otra masa de tierra, esta vez una extensión de terreno alargada sobre el agua.

— Bienvenidas a la isla Wean — dice Craig.

—¿Wean?

— En escocés es «niño» — dice, guiñándome un ojo.

La isla de los Niños.

Craig se refiere a los niños detenidos por supuestos delitos y que enviaban a Canna para que sirvieran de alimento a los dragones de Ignacia, como parte del Acuerdo de Paz, aunque esa cláusula era secreta.

— Eso es una salvajada — respondo, ofendida.

— Es el concepto lo que es una salvajada, niña, no el nombre.

Miro al otro lado de las aguas que nos separan de Canna.

Es más llana y más verde que Rùm, y está cubierta de puntos blancos; al acercarnos, veo que son ovejas que pastan.

Parece un lugar idílico, mucho más seguro que Rùm, pero sé que no es así, y se me encoge el estómago.

¿Cuánto tiempo llevo rogándole a Hollingsworth que me envíe aquí, que me deje pisar la tierra por la que caminó Clawtail, para ver el hogar de los guivernos de las Hébridas con mis propios ojos?

Sin embargo, ahora que estoy aquí, de pronto siento un gran deseo de volver a Londres.

Porque si Hollingsworth hubiera considerado que estaba lista, al menos me habría enviado a Canna bien equipada.

Con material de protección y, sobre todo, con más información de la que tengo ahora sobre los guivernos, como el motivo por el que se supone que son la clave para ganar la guerra.

Me hago pequeña en mi asiento, frotando la fina tela de mis pantalones de oficina con las manos, consciente de lo mal preparada que estoy para esta misión.