Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

El avión tiembla mientras coge velocidad por la pista. Miro por la ventana, veo la mole de Goranov y casi no me puedo creer que siga viva.

Y que estoy en un avión con destino a Canna.

Wyvernmire está sentada al otro lado del pasillo, observándome.

— Debo admitir que estoy sorprendida de verte.

Siento que se me calienta la cara al oír su voz, que me trae nuevos recuerdos: su rostro manchado de sangre de dragón, la mano de Atlas en la mía, las órdenes que daba ella mientras Atlas yacía en el suelo, moribundo.

Quiero cerrar los ojos y olvidar, pero no puedo, porque la tengo ahí delante, con su rostro que parece de porcelana, y ese broche tan vulgar en forma de garra de dragón prendido del pecho.

— Lo mismo digo — respondo, furiosa —. ¿No debería estar con Goranov por ahí, construyendo su nidito con él en alguna parte?

Seguro que suena a pataleta, pero no puedo evitarlo. La odio.

— Te has unido a la rebelión — dice, a modo de constatación.

Yo no respondo. El avión vibra al tomar altura.

—¿De qué les sirves a los rebeldes? — pregunta —. ¿Aparte de para escribir esa tontería de panfletos?

— Recluto voluntarios — miento —. Busco a simpatizantes de la causa.

—¿Y de quién recibes órdenes? ¿De Serge Hammond, en el norte de Londres? ¿De Ava Richmond, en Kent? ¿De Tommy Coin, en Manchester?

— No... no lo sé — respondo, balbuciendo —. Había una larga cadena de mando. Nunca me dijeron quién estaba en lo más alto.

Wyvernmire mira por la ventana.

— Los líderes rebeldes están decididos a mantener en secreto la identidad de su patriarca sin rostro. — Suspira —. Qué desperdicio, echar a perder tu talento.

—¿Por qué vamos a Canna? — pregunto.

— Quiero poner fin a la guerra en esas tierras. Escocia sigue en manos de los rebeldes, y la vecina isla de Eigg es la sede del cuartel general de la Coalición Humanos-Dragones. — Sonríe —. Las guivernas grises suelen acostarse con sus enemigos antes de matarlos. ¿Lo sabías?

Al oírle mencionar a los guivernos doy un respingo. Tanto tiempo pidiéndole a Hollingsworth que me enviara a Canna, y ahora es Wyvernmire quien me lleva allí. ¿Sabrá algo de los guivernos de las Hébridas? ¿Sabe que los rebeldes los están buscando?

— No se haga ilusiones — respondo, con frialdad —. No es digna de su apellido de ascendencia dracónica.

Vuelve a sonreír.

— No es lo que piensa el general Goranov.

— Usted se cree que tiene el poder — digo, hablando lentamente —, al dirigirse a Eigg para intentar derrotar a los rebeldes, pero... ¿Y si Goranov la está dejando volar a Canna porque lo que quieren los bolgoriths es que se vaya de la capital?

—¿Dejándome? — Wyvernmire suelta una risotada infantil —.

Sé que crees que los dragones búlgaros vinieron en mi ayuda porque quieren aprovecharse de mí, Vivien.

Y Bulgaria es poderosa, por supuesto, pero el resto de Europa está gobernado por humanos.

Si los bolgoriths búlgaros quieren volver a ganarse el respeto y la legitimidad a los ojos de los países vecinos, necesitan el apoyo de dirigentes humanos con poder. El apoyo del Imperio.

Se me encoge el corazón.

— Además — añade Wyvernmire, mientras el avión atraviesa una capa de nubes —, si Goranov estuviera tramando algo en mi contra, resultaría muy útil contar contigo.

Frunzo el ceño. ¿Qué querrá decir?

— Ha sido una suerte enorme que aparecieras en el aeródromo justo cuando me preparaba para volar a Canna. Habrá quien piense que tanta casualidad es sospechosa. Pero yo sé que los rebeldes nunca te habrían enviado. Tal como le has dicho a Goranov... eres su mayor activo.

Sus ojos verdes se iluminan con un brillo salvaje.

— Quizá sea intervención divina. Atlas creía en ese tipo de cosas, ¿no?

Un escalofrío doloroso me atraviesa, como el contacto del aire con un nervio expuesto. Wyvernmire se da cuenta y levanta la barbilla, triunfante. Casi no me puedo creer su crueldad, el desparpajo con que ha pronunciado su nombre. Me duele tanto que podría plegarme en dos.

— Que te jodan — murmuro.

Se oye un ruido de estática procedente de una radio. Viene de una bolsa de lona que está en una de las redes para equipaje, sobre nuestras cabezas.

«La batalla por Britania ha empezado — dice una voz lejana —, y de ella dependerá el nacimiento de una nueva era, libre de unos Acuerdos de Paz corruptos y de mentiras políticas».

La reconozco, y me quedo helada.

¿Serena?

«Los bolgoriths búlgaros siembran el terror en Londres y los dragones del país han sido silenciados.

El wyrmerio y el harpentesa son hoy idiomas prohibidos, al igual que los dialectos regionales humanos que componen el Reino Unido.

¡La primera ministra Wyvernmire pretende que creamos que los dragones quieren gobernarnos, que planean llevarse a nuestros hijos, al tiempo que ella da la bienvenida a una especie asesina que ahora está por todas partes!

Pero nosotros, la Coalición Humanos-Dragones, podemos aseguraros que la realidad es otra».

La voz de Serena es la de una chica educada, de primera clase, suave pero firme. No es la voz que cabría esperarse de una rebelde, y la Coalición lo sabe.

El lenguaje es un arma, Vivien.

«Y lo mismo os dice nuestra Golondrina. ¡Que está trabajando con vosotros, rebeldes de Britania!

La joven que acabó con el Acuerdo de Paz, que inició la batalla de Bletchley, sigue resistiendo.

Si conseguimos plantar cara a nuestro enemigo búlgaro, nuestro país podrá renacer una vez más.

Pero si no lo conseguimos, toda Europa caerá en sus garras.

Mientras leéis el nuevo artículo de la Ley Babel, recordad esto: prohibir idiomas puede hacer más daño a nuestro país que el bolgorith más fiero».

La voz de Serena se pierde entre el ruido de la estática.

— Qué conmovedor — comenta Wyvernmire —. Emiten casi a diario. Suele ser la chica la que habla, aunque también he oído a tu primo.

El corazón me da un salto en el pecho.

—¿Marquis?

— Emitiendo desde Eigg, sin duda, con la misma arrogancia que tienen tus panfletos.

Me dan ganas de llorar solo de pensar que Marquis y Serena se han unido a mí en este pequeño acto de rebelión.

Veo un escarabajo caminando por el suelo y lo miro fijamente mientras frota las alas, una contra otra.

Las tiene moteadas, como las del sandveld sator, un dragón africano que solo he visto en dibujos.

No levanto la vista hasta que el avión inicia el descenso.

Ante nosotras, bajo el gris de las nubes, se extiende una enorme ladera de intensos tonos verdes y dorados.

Entre los prados aparecen extensiones de agua azul oscuro, y al llegar a una cota más baja el avión tiene que esquivar unas escarpaduras rocosas de color negro que se alzan hacia el cielo.

— Vamos a aterrizar en Bualintur, en la isla de Skye — anuncia Wyvernmire, viendo que tengo la vista puesta en un grupito de casas blancas, a lo lejos —. Necesitaré que te muevas rápido. ¿Lo entiendes?

Asiento, sin darle la satisfacción de preguntar por qué. Ahora lo único que importa es llegar a Canna. Una vez allí, espero poder huir y encontrar a los guivernos. Si es que es posible sin el diario de Clawtail.

El avión acelera hacia el suelo y regresamos a nuestros asientos.

Empiezan las turbulencias: el viento de Escocia amenaza con hacernos perder el control, golpeando los laterales del avión con tal fuerza que da la impresión de que un dragón ha cargado contra nosotros.

Me agarro al asa que tengo sobre la cabeza. El avión aterriza.

— Pensaba que Escocia era territorio rebelde — comento, en el momento en que el motor baja de revoluciones y el avión se para.

— De ahí que tengamos que movernos rápido — responde Wyvernmire, tirando de su bolsa para bajarla.

Bajo por la escalerilla y siento el frío del aire de las Tierras Altas sobre la piel.

La hierba alta del campo de aterrizaje, sobre la que han echado arena, me acaricia las piernas.

Unas montañas negras se extienden en el horizonte, y al final del campo hay una enorme extensión de agua.

Veo una barquita cabeceando en la orilla, bajo la fina lluvia, y encima una pequeña figura y un dragón.

Nos dirigimos a paso ligero hacia ellos, levantando arena al caminar.

El hombre es el primero que se gira. Es viejo, tiene pelos blancos en las orejas y unas manos grandes que se pasa por el viejo abrigo al vernos llegar.

— Primera ministra Wyvernmire — dice, con un marcado acento escocés —. Bienvenida al Loch Brittle. Solo tenemos unos minutos.

Se pone enseguida manos a la obra, empujando una lancha hacia aguas más profundas. Wyvernmire observa desde la orilla y oigo que le hace alguna pregunta. El dragón aún no se ha movido. Es una hembra, una bolgorith búlgara, de un rosa rojizo muy parecido al de Chumana.

Varias gemas azules, incrustadas sobre las garras de su pata izquierda, reflejan la luz del sol. Es joven, lo veo al contar las púas de punta blanca que tiene en el rostro. Le echo una mirada apresurada, pero ella sigue con la mirada puesta en el mar.

— Mis condolencias — dice.

¿Me está hablando a mí?

—¿Condolencias?

— Eres una prisionera, ¿no? ¿No es eso lo que dice aquí la gente, cuando algo va mal?

Tiene un fuerte acento eslavo, habla despacio y pronuncia con cierta dificultad.

—«Me sabe mal», quizá — la corrijo —. Condolencias es para cuando se ha muerto alguien.

De inmediato lo lamento. ¿Y si la hago enfadar? Los caninos amarillentos que le asoman a los lados de la boca son un claro recordatorio de lo que podría ocurrir en ese caso.

— Pensaba que eras una prisionera porque te habías rebelado contra tu gobierno — dice la bolgorith—. ¿Me equivoco?

Me pregunto cómo sabe que soy una prisionera.

— No.

— Entonces estoy segura de que muchos de los tuyos han muerto.

Abro la boca y la cierro de inmediato. Luego asiento, con la imagen del rostro de Atlas en la mente.

— Mis condolencias — repite la dragona.