Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

El guardia se me queda mirando, impasible. Trago saliva, dejo caer mi bolsa rota y me giro hacia los dragones. Es hora de impresionar otra vez. De impresionar a los dragones búlgaros, o morir. Echo a caminar por la pista. Los oscuros ojos de Goranov se vuelven más pequeños a medida que me acerco.

—¿Vivien Featherswallow, capturada? — gruñe, con su duro acento —. ¿Cómo es eso?

— Estaba escribiendo panfletos — respondo, con la voz temblorosa —. Sobre las lenguas dracónicas de Britania.

— La pequeña traductora de Wyvernmire. Tú formabas parte de ese inútil experimento para ganar la guerra contra su propia gente. Y sin embargo aquí estás, trabajando en su contra.

Hago un esfuerzo por controlar la respiración. Sin mi pase de clase, los guardias no podrán vincularme con Hollingsworth. De momento tanto ella como el movimiento rebelde están a salvo. Pero yo no.

—¿Qué es un panfleto? — pregunta el dragón de rango más bajo, pronunciando mal la palabra.

Seguramente no hará mucho tiempo que habla inglés. Acerca su enorme cabeza a la mía, a la espera de que le responda.

— Los humanos y los dragones de Britania tienen derecho a hablar sus lenguas autóctonas — declaro —. Los panfletos son... como una llamada a las armas.

Los dragones sueltan unos sonidos sibilantes. Risas. Me ruborizo, pero no me encojo. Tengo que conseguir convencer a Goranov de que no le tengo miedo. Tengo que convencerle para que no me mate.

— Tienes una bolgorith búlgara que te sigue allá donde vas — dice Goranov —. Mi hermano se quedó fascinado cuando se lo dije. ¿Cómo lo has conseguido?

—¿Hermano? — pregunto.

— El regio Krasimir.

Recuerdo el dibujo de Hollingsworth sobre el trío de dragones búlgaros.

—¿Y bien? — insiste Goranov, con un gruñido.

— No me sigue allá donde voy — respondo —. Pero está claro que usted sí siguió a Wyvernmire a Bletchley Park. Lo vi con mis propios ojos.

Goranov suelta otro gruñido.

—¿Has decidido provocarme? Te arrancaré la cabeza de cuajo, kurtapàla .

Eso es un insulto en slavidraneishá, algo despectivo.

— Solo digo la verdad — respondo, en el mismo idioma.

Goranov suelta un sonido sibilante al oírme hablar en su lengua materna.

— Soy políglota. Hablo tanto con humanos como con dragones, en sus idiomas. Así es como ayudo a los rebeldes. Y dado que soy su mejor activo, si me mata atacarán Londres con fuerzas redobladas, en venganza — miento.

Puede que sea lo que Hollingsworth llama «el rostro de la rebelión», pero no soy tan tonta como para creerme que la Coalición Humanos-Dragones es capaz de intensificar los ataques si me matan. Tal como van las cosas, apenas pueden aguantar el pulso contra el ejército de Wyvernmire.

— Una encantadora — dice el dragón de rango más bajo, en inglés.

— Una lengua de latón — dice Goranov.

Abre ligeramente las fauces, dejando a la vista una lengua roja.

Recuerdo cómo avanzaba por entre el bosque de Bletchley, camuflado entre el humo negro, presenciando mis últimos momentos con Atlas.

El recuerdo me distrae un momento, hasta que oigo un clic, y siento la urgencia de echar a correr.

Es el sonido de las llamas prendiendo en el pecho de Goranov.

Coge aire y veo el fuego bailando en el interior de su boca. Me lo quedo mirando, petrificada.

Así es como voy a morir.

¿Qué se sentirá al arder?

—¡Alto!

Una voz estridente atraviesa el hangar. La llama desaparece antes de pasar por entre los labios de Goranov. Me giro.

Del avión más grande, a espaldas de los dragones, está bajando una mujer vestida con un largo abrigo negro. Su cabellera roja brilla a la luz de la mañana y, cuando nuestras miradas se cruzan en el silencio que se ha creado de golpe, casi levanta una mano, como queriendo saludar.

La sangre se me concentra en las orejas, que me arden.

¿Qué está haciendo ella aquí?

—¿Alto? — gruñe Goranov —. Esta humana es una...

— Pasajera — dice Wyvernmire, con una mueca de satisfacción —. En el avión de la primera ministra. Ya puedes embarcar, Vivien.

Arrugo el gesto sin proponérmelo. La última vez que la vi, acababa de dejar que Atlas se desangrara en el suelo del bosque.

El odio me quema por dentro, recorre mis venas como un veneno.

Nadie se mueve. Los encargados de mantenimiento intentan ocultarse bajo el avión, con la mirada fija en el humo que aún sale de las fosas nasales de Goranov.

Echo una mirada a la cabina del avión. No tengo elección.

Y Wyvernmire lo sabe. Puedo subirme al avión con ella o morir abrasada por Goranov.

Camino con calma hacia ella, aunque al sentir el calor que desprenden las escamas de Goranov me dan ganas de echar a correr.

Porque a ella también tendré que convencerla.

Wyvernmire no será una dragona, pero también es un monstruo.

Cuando llego a su altura, me señala la escalera de embarque con su mano huesuda. La miro fijamente.

—¿Dónde me lleva? — pregunto, con voz fría —. ¿A Bulgaria?

— Yo ya he visto bastantes bolgoriths por hoy, ¿tú no? — responde Wyvernmire, socarrona —. Además... creo que la Golondrina me será mucho más útil en Canna.