Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

El arco bajo el que estamos tiembla, y nos cae polvo en la cabeza. En la entrada aparece una pata del tamaño del tronco de un árbol. Las garras negras están manchadas de sangre y polvo. Lentamente, la dragona del oeste baja la cabeza hasta que su cabeza queda a nuestro nivel.

No tengo tiempo de pensar. Solo de hablar.

— He intentado salvar a tu cría — le digo en wyrmerio —. Por favor, avisa a mi amiga de que me van a arrestar. Es una bolgorith rebelde que vive en la fábrica de azúcar, en Sweet Street. Ella le dirá a mi jefa que...

El guardia me tapa la boca con tal fuerza que siento el sabor de la sangre entre mis dientes.

El suelo vibra al aterrizar de golpe varios dragones, y la dragona del oeste suelta un sonido sibilante.

Parpadea. Sus enormes patas desaparecen de mi vista y oigo el golpeteo de sus alas al alzar el vuelo con un grito de alarma.

—¿Qué le has dicho? — me grita el guardia.

Me retuerzo y le muerdo la mano hasta que suelta un chillido.

— De todos modos los bolgoriths la matarán — me espeta, rabioso —. A ella, y a su cría deforme.

Me da una patada en las piernas desde abajo y siento el dolor que me irradia por la columna.

Me pone las esposas y me saca a la calle, que se está llenando de camiones de bomberos y dragones búlgaros.

El parque de Grosvenor Square está ardiendo; los árboles, cubiertos de llamas, emiten un humo verduzco que se extiende por el aire.

Al otro de la calle están rociando la Academia con mangueras, para evitar que prenda.

Se me encoge el corazón en el pecho. ¿Qué he hecho?

En cuanto eche un vistazo a mi pase de clase el guardia hará que arresten a Hollingsworth por ocultar a una sobrina rebelde.

Y si descubre quién soy en realidad, no tardarán mucho en deducir que Hollingsworth también está con la Coalición.

Atenazada por el pánico, veo llegar un automóvil.

Al frenar a nuestro lado pisa con la rueda una alcantarilla, que repiquetea contra el asfalto ruidosamente.

El guardia se inclina hacia el interior para hablar con el conductor, pero no me suelta el brazo.

Me meto los dedos bajo el suéter y tiro de la delicada cadena del pase, hasta que se rompe. Luego lo arrojo a la cloaca.

El guardia abre la puerta del coche y me empuja, haciéndome caer sobre el asiento trasero.

—¿Identificación? — dice, tendiendo la mano.

— No tengo — respondo, desafiante —. Soy una rebelde, ¿recuerdas?

Él no se mueve, y con la visera cubriéndole el rostro es imposible saber qué va a hacer a continuación. De pronto cierra de un portazo.

— Aeropuerto de Croydon — ordena.

El coche pasa por una serie de calles que conozco bien, y luego frente a la Claridge House.

Parpadeo, conteniendo las lágrimas, al tiempo que levanto la vista y miro hacia el despacho de Hollingsworth.

Debe de estar preguntándose dónde estoy.

Mientras salimos de Londres veo un par de dragones que vuelan tras las lejanas nubes.

Al poco rato, el coche disminuye la velocidad.

El conductor muestra una identificación y una doble barrera militar se abre ante nosotros.

El aeropuerto es pequeño, pero está lleno de aviones.

Pasamos cerca y observo que ya he visto aviones como esos antes.

Son idénticos al que usamos para huir de Bletchley Park, el que Marquis, Serena y Karim construyeron bajo la supervisión del señor Knott.

Y apostaría a que todos ellos escupen fuego.

Marquis se quedaría destrozado si lo supiera.

El coche se para por fin frente a un enorme hangar protegido por patrullas de guardias y varias especies de dragones: veo dragones del oeste y un grupo entero de ddraig gochs entre los bolgoriths búlgaros.

Deben de ser los pocos dragones británicos que se han alineado con Wyvernmire, dejando de lado a Ignacia y a los rebeldes.

Salimos y noto la humedad del ambiente. Solo puedo pensar en Chumana, que me esperará en casa esta noche.

Dentro del hangar hay otros muchos aviones relucientes, y junto a ellos dos dragones búlgaros.

El primero tiene un rango bajo, a juzgar por la ausencia de joyas.

El segundo es negro, y lleva un diamante del tamaño de mi puño incrustado en el hombro izquierdo.

Se me encoge el estómago al darme cuenta de que lo reconozco.

El general Goranov.

¿Qué está haciendo aquí? Escondo las temblorosas manos en los bolsillos del abrigo.

En esos dragones no hay ni rastro de la bondad que tanto se esfuerza por ocultar Chumana.

A sus espaldas hay un avión más grande que los otros, y una serie de encargados de mantenimiento suben y bajan por la escalerilla constantemente, preparándolo para algo.

El guardia que me ha traído levanta la visera de su casco.

— Venga, cuéntales para quién trabajas.

Parpadeo, confusa.

—¿Contárselo? ¿A quién?

Él señala hacia los dragones con un gesto de la cabeza. Me lo quedo mirando, atónita. Si el general Goranov me ve, me reconocerá de Bletchley Park. El guardia apoya la mano en la pistola. A nuestras espaldas, las puertas se cierran con un sonoro golpetazo.

— Pero me matarán — respondo, con la garganta rasposa.