Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El viento se cuela en la habitación, húmedo, amenazando con llevarse mis mantas.

Me arrebujo como solía hacer de niña en mi cama, cuando dormía entre sábanas de algodón y no sobre los tablones del suelo.

Pero en la fábrica de azúcar no tengo miedo: sé que es más segura que ningún otro lugar de Londres.

Cuando llegamos Chumana y yo, ambas aún heridas tras la batalla de Bletchley, mi cuerpo reaccionaba de forma instintiva a cada crujido o chirrido.

La voz de Atlas me perseguía en sueños, y ver a Chumana tan magullada y ensangrentada era un recordatorio insoportable de cómo me sentía yo misma.

Ocupamos cada una un extremo del edificio, yo congelada bajo mis mantas húmedas, hasta que una noche el suelo crujió bajo mi cuerpo y un ala caliente me cubrió.

— No puedes dormir siempre así — murmuré, a oscuras —. No seré más que una molestia para ti.

— Si te mueres sí que serás una molestia — respondió ella.

Me quedo inmóvil, escuchando los latidos de mi propio corazón y el batir de alas a lo lejos.

Espero que regrese Chumana, porque su presencia me ayuda a ahuyentar esos pensamientos que me vienen a la mente cada vez que estoy sola, y que me recuerdan que aún no hemos ganado la guerra, que mis padres siguen encarcelados y que Atlas está muerto.

Canciller dracónico... ¿Cómo va a salir Britania de esto?

Agarro la golondrina que llevo colgada del cuello y pienso de nuevo en los panfletos.

Lo único que quiero es enmendar mis errores: la traición a Sophie, el haberme creído las mentiras sobre la tercera clase, el haber tardado tanto en unirme a los rebeldes.

Lo único que quiero es aprovechar la segunda oportunidad que me ha prometido Chumana y honrar la memoria de Atlas ayudando a la Coalición.

Pero escribiendo sobre lenguas dracónicas no lo voy a conseguir.

Recuerdo cómo me ha llamado Chumana y se me encoge el corazón.

¿La Golondrina?

¿Qué pensarían los rebeldes si supieran que la Golondrina se oculta en una casa de Londres mientras ellos se enfrentan a los dragones? Y ahora Goranov dirige el país y el slavidraneishá es la única lengua dracónica permitida. Hundo el rostro en una almohada y grito. Tengo que hacer algo.

Algo oscuro se cuela en la fábrica de azúcar y noto que los ojos me pesan cada vez más, una desolación que no he sentido con tanta fuerza desde el momento en que murió Atlas.

Trabajar para Hollingsworth y tener un objetivo ha sido lo único que me ha ayudado a ahuyentar esta sensación.

Pero ahora dejo que invada todos los huecos a mi alrededor, que acaricie las vigas de madera como una llama fría, sombría.

Veo el rostro de Atlas ante mí, con el blanco cuello de la camisa salpicado de gotitas de sangre.

Veo un revólver plateado. Humo. Un coche acelerando entre los árboles.

Los terribles recuerdos invaden mis sueños y me oigo gritar, desesperada, justo en el momento en que siento una presencia cálida a mi lado, el contacto de las escamas.

Y el murmullo de una llamarada.

Un pájaro atraviesa el espacio de mis pensamientos, ahuyentando las pesadillas, dejando una estela de luz tras su cola bifurcada.

Cuando me despierto, Chumana está dormida a mi lado, y del bidón del fuego, ya frío, se alzan unas volutas de humo.

El corazón me da un vuelco al ver que la luz rosada del alba se extiende sobre las mantas: me he dormido.

Me pongo la ropa a toda prisa, viendo como la luz del día gana intensidad.

Hollingsworth se pondrá furiosa conmigo por recorrer la ciudad de día.

Chumana sigue roncando cuando paso por encima de su cola para llegar a las escaleras metálicas y bajarlas a la carrera.

La desazón que me han provocado los eventos de ayer me ha creado un nudo en el estómago que no me puedo quitar.

Salgo de la estación del metro con la cabeza gacha y me encamino a la Claridge House.

Espero que la rectora me perdone la tardanza, siempre que siga resultando convincente en el papel de Penelope Hollingsworth.

Estoy a punto de pisar una hoja blanca de papel, y luego veo otras más tiradas por el suelo. Solo cuando una mujer se agacha para recoger una me doy cuenta de lo que son: mis panfletos, esparcidos por varios barrios. Chumana ha hecho un buen trabajo.

Un hombre trajeado pasa a mi lado con el abrigo colgado del brazo y un panfleto pegado a la nariz.

Siento que el corazón se me acelera en el pecho.

Los guardias van retirándolos y metiéndolos en sacos de lona, pero quienes pasan por la calle ya han recogido su ejemplar y lo están leyendo.

Un guardia intenta arrancarle uno de las manos a un anciano que resopla, exasperado:

—¿Es que ahora también es ilegal leer?

Dos niñas vestidas con ropa tradicional búlgara recogen panfletos del suelo.

Se ríen de alguna tontería. Me recuerdan a los personajes de un libro de cuentos búlgaro de mamá.

Me lo tradujo al inglés cuando era pequeña, situando las historias en Londres en lugar de Sofía.

Después de que el libro de mamá se perdiera y todos los que quedaban en Bulgaria ardieran en la hoguera, las historias búlgaras originales se habrán perdido para siempre.

—¡Esto es Inglaterra! — les regaña un hombre al oírlas hablar —. ¡Hablad inglés, o iros a casa!

Una de las niñas abre la boca para replicarle, pero de pronto un bolgorith aterriza en un tejado cercano y ambas se escabullen, corriendo.

Me cubro el cabello con la bufanda y cruzo la calle.

¿Es que Wyvernmire se ha olvidado de que una parte de la población británica se compone de refugiados búlgaros y sus hijos, supervivientes de la Masacre de Bulgaria?

Estos son los bolgoriths que mataron a la familia de mamá, a mi familia.

Ese mismo dragón que acaba de aterrizar podría ser muy bien el que quemó viva a mi abuela.

Paso junto a un edificio con la fachada reventada.

Hay ladrillos tirados por la calle. En el interior, un juez de paz está oficiando una boda, y el aire que entra hincha el velo blanco de la novia.

De pronto oigo un chillido agudo que me hace girarme.

En la esquina de Grosvenor Square se está congregando una multitud.

La calle se llena de guardias y civiles, y sobre sus cabezas flota el humo.

Me quedo helada al oír los chillidos de nuevo, y antes de darme cuenta ya estoy yendo hacia allí.

Una cría de dragón, del tamaño de un yorkshire terrier, está aleteando desesperadamente en el suelo.

Sus escamas azules brillan a la luz del sol, y veo que tiene una garra torcida.

Cojea, intentando escapar del bastón de uno de los guardias, que le va dando golpes.

Del hocico le sale un humo negro, clara señal de que está sufriendo.

Siento la boca seca. Al igual que la gente a mi alrededor, el instinto me hace levantar la vista al cielo.

La madre del pequeño dragón debe de estar cerca.

El guardia sigue pinchando a la cría, y sus colegas se ríen, pero la gente empieza a apartarse.

Siento la rabia que me bulle bajo la piel.

El pequeño morirá del shock si no lo matan antes.

Doy un paso adelante, sintiendo el peso de la bolsa llena de panfletos sobre el muslo.

El nudo que siento en el estómago se tensa aún más.

Tengo que hacer algo. El pequeño dragón gime desesperado.

—¡Dejadlo en paz! — grito.

Todos se giran hacia mí, y un par de los guardias uniformados echan mano de sus bastones.

El que estaba incordiando al dragoncito sigue haciéndolo, y esta vez el animal se enrosca en una bola sobre el asfalto, con los ojos cerrados y la cola temblando.

Avanzo hacia el guardia y le arranco el bastón de la mano.

—¿Qué crees que estás haciendo? — grita él.

Todos los guardias se me echan encima a la vez, pero sus gritos furiosos se ven eclipsados por un rugido ensordecedor.

Me llevo las manos a la cabeza de forma instintiva, mientras la gente se pone a chillar.

Echo a correr hacia un portal cercano para protegerme, pero el guardia tira de mí agarrándome de la capucha de la gabardina.

—¡Suéltame! — grito, mientras una llamarada acaricia el asfalto.

Me lleva a rastras hasta un arco que da a un patio privado, justo en el momento en que una dragona del oeste pasa rozando el suelo y agarra a su cría con las garras.

Lo deposita en la bolsa que tiene en el vientre y luego suelta otra llamarada que envuelve a todos los humanos concentrados en el otro extremo de la calle.

Contengo un grito, sintiendo que los pulmones se me llenan de aire caliente.

El guardia que está a mi lado tose, sin soltar mi capucha.

Los demás guardias disparan, pero las balas rebotan en las escamas del dragón, que vuelve a escupir fuego.

El sonoro chisporroteo de los coches en llamas se impone a los gritos de la gente.

—¡Esto es culpa tuya! — le grito al guardia —. Tú la has provocado.

Intento zafarme de él, pero la bolsa se me engancha con un clavo oxidado que sale de la pared. Oigo que se rasga, y los panfletos caen al suelo. El guardia baja la vista y luego me mira a mí. El pánico me tensa todos los músculos.

— Eres una rebelde — me grita —. ¿Para quién trabajas?

—¡Para nadie! — respondo, de cara a la visera negra que le tapa los ojos —. Estaba...

Suena una sirena: la alarma que anuncia un ataque. En cualquier momento la calle se llenará de gente corriendo hacia los refugios antiaéreos que usamos en la primera guerra. El guardia me empuja, colocándome contra la pared. Oigo a lo lejos unos chillidos que ya me resultan familiares.

Una patrulla búlgara está acercándose.