Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Las escamas de Chumana, de color fresa, reflejan la luz de la lámpara, con el brillo que le da el aceite natural que le protege la piel del contacto con los bordes ásperos.

Las llagas que antes tenía en las patas, resultado de años de cautiverio en una oscura biblioteca, ya han desaparecido, y tiene los dientes manchados de sangre.

Cuando le dije a Hollingsworth que quería vivir lejos de los lujos de la primera clase, que me recordaban a Bletchley Park, insistió en que fuera con Chumana.

Los ojos se me van a la carcasa de un joven ciervo, tirada al otro lado del dragón rosado, y se me revuelve el estómago. Así que a eso olía. Levanto una ceja.

— Que aproveche.

Chumana me observa mientras me dirijo al improvisado vestidor que me he hecho en la esquina del almacén y me cambio, poniéndome un camisón.

Sopla un viento húmedo procedente del río que penetra por el extremo de la estancia, donde no hay pared.

Quedó destrozada durante un ataque rebelde antes de que nos instaláramos nosotras.

Y no podemos tapar el hueco, porque es la única entrada por la que cabe Chumana.

En un bidón metálico arde un fuego controlado.

Por el rabillo del ojo veo que Chumana vuelve a dedicarse a su presa, sosteniéndola por un cuerno mientras arranca tiras de carne con los dientes.

El olor a sangre caliente lo inunda todo.

Me sirvo un vaso de agua de la jarra y me siento entre un montón de mantas, observando a la dragona búlgara con la que convivo mientras aplasta el cráneo del ciervo entre los dientes.

— Chumana.

Ella deja de masticar, y la sangre le gotea por la barbilla. Dirige la mirada hacia mí

— Wyvernmire ha nombrado canciller al general Goranov.

Emite un gruñido grave.

— Lo sé.

El corazón se me encoge en el pecho. Por supuesto que lo sabe.

¿Entonces por qué era yo la única que no lo sabía?

—¿Por qué habrá hecho algo así?

Chumana se lame los labios.

— Ella cree que tener a un bolgorith búlgaro a su lado le dará más poder en el plano internacional.

—¿Y es así?

— La convertirá en una amenaza — dice ella, resoplando —. Britania será odiada en el mundo por aliarse con Bulgaria, pero también será temida.

— También ha decretado que el slavidraneishá sea la lengua dracónica nacional — añado, mientras ella come.

—¿Y te sorprende?

— Así pues... ¿los dragones británicos no pueden hablar sus propias lenguas, pero los invasores búlgaros sí?

Chumana parte un hueso con los dientes.

— Wyvernmire hará lo que sea por mantener el control.

Desde que traicionó a la reina Ignacia, ningún dragón británico le debe lealtad.

Puede que Ignacia se niegue a aliarse con los rebeldes, pero sigue queriendo vengarse del gobierno.

En cuanto a los humanos, las clases más bajas se están uniendo a la rebelión, y la primera clase también empieza a cuestionarse la situación.

— Por eso le ha encargado a Hollingsworth que redacte los artículos de la Ley Babel — reflexiono, malhumorada —. Quiere saber qué es lo que dice la gente en todo momento.

Chumana suelta un gruñido.

— La asimilación a través del idioma es una táctica clásica de los humanos. Quizá esta guerra se libre más con las lenguas que con las garras o los dientes. Ese es el motivo de que Rita Hollingsworth te escogiera como su Golondrina.

—¿Su Golondrina?

— Así es como te llama. Como te llaman los rebeldes.

Chumana levanta de nuevo la vista, con la boca llena de sangre.

—¿No te gusta?

— Quiere que sea el rostro de la rebelión, pero no se toma la molestia de contarme nada — murmuro, enfadada —. Aún no me ha enviado a Canna. ¿Qué sentido tiene aprender la lengua de los guivernos de las Hébridas si no voy a poder usarla?

—¿Así que supones que estás lista para enfrentarte cara a cara con una manada de guivernos? — susurra Chumana.

— He leído las descripciones de Clawtail sobre su comportamiento, su cultura y su entorno, y ya puedo hablar cannair a un nivel básico, así que...

— Se te olvida que son dragones, dragones con alas y dientes, a quienes les gusta la carne. Y que tú no eres más que una niña.

—¿Una niña? — protesto, airada —. ¿Cómo es que, de pronto, a todo el mundo se le ha olvidado lo que hice en Bletchley Park, lo que Atlas y yo...?

Tengo que frenarme, porque los recuerdos vuelven a mi mente, amenazando con rodearme la garganta con sus frías manos y asfixiarme.

— Podríamos ir a Canna juntas, ¿no? — le propongo —. Podríamos volar hasta allí esta misma noche. Y si no consigo convencer a los guivernos para que nos ayuden, a lo mejor tú sí. Te reconocerán como a una de los suyos.

Chumana se me queda mirando fijamente, y, de pronto, me siento más pequeña.

De su comida no queda ni rastro, salvo por algunos huesos blancos y una mancha roja en el suelo.

— Te agradecería que no me compararas con un guiverno — replica, con un gruñido —. Esas criaturas de dos patas, volubles y obstinadas...

—  Yo también tengo dos patas — señalo, conteniendo las ganas de reír —. ¿Significa eso que también soy voluble y obstinada?

— Sin embargo — añade, haciendo caso omiso a mi pregunta —, harías bien en no infravalorarlos.

Los guivernos son bestias orgullosas, más que cualquier otra especie.

Atesoran conocimientos como los bolgoriths atesoran riquezas; es como si ellos mismos hubieran inventado la inteligencia y hubiera que recompensarlos por ello.

Cazan en manadas, con tal velocidad y organización que da la sensación de que tienen una sola mente.

— Fija la vista en mí, y noto que la sonrisa desaparece de mi rostro —.

No intentes ser más lista que ellos, ni correr más rápido que ellos.

—¿Qué diferencia hay entre un guiverno y un dragón, aparte del número de patas?

— Los guivernos no tienen el carácter solitario de los dragones — responde Chumana —.

No tienen un objetivo vital. Son una especie excitable, impredecible, de cuerpo más pequeño, más flexible que el de los dragones.

Yo los he visto pasar por hendiduras estrechísimas persiguiendo a sus presas.

Sospecho que esos guivernos en particular...

—¿Los de las Hébridas?

—... solo se dejarán encontrar si quieren.

— El diario de Clawtail dice que los guivernos de las Hébridas solo hablan un idioma. ¿Lo sabías?

Chumana gruñe.

— Solo hay otra especie tan perezosa a la hora de hablar idiomas: los bolgoriths búlgaros, y eso es únicamente porque se comunican sobre todo con la ecolocalización.

— Así que somos perezosos. Me siento halagada — dice Chumana.

— Sabes que no me refiero a ti — respondo —.

Hollingsworth dice que el ejército de Goranov organiza a sus tropas en grupos familiares porque su fuerte vínculo emocional les permite comunicarse de forma efectiva a largas distancias.

— La miro de reojo —. Hiciste bien en decírnoslo, ¿sabes?

Que el koinamens es más que un idioma. Sabes que no intentaré traducirlo nunca más.

Al ver que no responde, le acerco el montón de panfletos que me ha dado Edward.

—¿Me harás el favor de repartirlos? ¿Esta noche?

Los olisquea.

— Nadie me dijo que vivir contigo implicaría convertirme en una dracovol gigante.

— Bueno, lo cierto es que, para ser una dracovol de tamaño dragón, se te da estupendo pasar desapercibida — comento, señalando con la cabeza hacia el objeto plateado que hay en la esquina.

A regañadientes, Chumana mete el morro bajo la corona y se la pone en la cabeza.

Con el pico metálico plateado de la corona entre los ojos, tiene todo el aspecto de uno de los dragones de Wyvernmire.

Me la encontré en la calle, mellada, tras un ataque rebelde, y cuando se la traje, Chumana usó su fuego para moldearla y devolverle la forma.

Me sorprende que Hollingsworth no encargara una para ella, ya que así sus vuelos nocturnos resultan aún más discretos.

Le guste o no a la rectora, Chumana es esencial para ella, porque es la única que puede oír a los búlgaros cuando usan el koinamens.

En realidad solo puede interpretar sus llamadas más básicas, porque no está vinculada a ninguno de ellos, pero es suficiente para saber dónde sitúan a sus patrullas o dónde van a atacar.

Coge los panfletos con la boca y se dirige a la pared abierta. Yo la sigo, y el viento hace aletear mi camisón, que me golpetea las piernas. Me asomo y veo la oscuridad de la calle. Luego miro hacia arriba y contemplo el cielo estrellado. Chumana se pasa el montón de panfletos a las garras.

— Apártate. ¿Recuerdas cómo identificar a un bolgorith?

— Vuestras alas se mueven más despacio — respondo, asintiendo —. Dos golpes, no tres.

— Bien. Apaga la lámpara.

Chumana se lanza al vacío, y contengo la respiración al verla planear sobre la calle, casi rozando los edificios con la punta de las alas.

Luego las agita y avanza con tal fuerza que los arbustos de la calle se encogen ante la presión del aire.

Me vuelvo hacia las mantas, tendidas sobre el suelo, y las levanto.

Debajo hay otros cinco panfletos. Me los guardo en la bolsa.

Mañana se los enseñaré a Hollingsworth. Al principio se enfadará, pero luego se dará cuenta de lo implicada que estoy con la causa rebelde, y verá que estoy lista para ir a Canna.

Apago la lámpara de un soplido y me echo entre las mantas.