Capítulo 2 #3
— No. — Me meto los panfletos bajo la cinturilla de la falda y me cierro el abrigo —. ¿Le dirás a Hyacinth que he tenido que irme antes de lo previsto?
— Te has llevado una buena impresión. Quizá sería mejor que te acompañara.
— Estoy bien. Gracias, Ed.
Vuelvo a toda prisa, cruzando Pimlico por entre las sombras para evitar a cualquier guardia que esté de ronda con la misión de imponer el toque de queda.
Al otro lado de la calle empieza un barrio de tercera clase.
Está lleno de carteles de protesta contra la Ley Babel, que aparecen sobre las fachadas constantemente, hasta el punto de que los guardias no pueden arrancarlos todos.
Hace unos meses eso me habría sorprendido, ya que la gente de tercera clase nunca ha podido estudiar idiomas en la universidad.
Pero sería ridículo pensar que a esa gente no le interesa el lenguaje, ni el derecho a la libertad de expresión.
Segundos idiomas, dialectos, jerga... son cosas naturales para los que habitan los rincones más pobres de la sociedad, donde los vecinos se cuidan unos a otros, donde el sentido de comunidad se crea con la mezcla de culturas, de la que salen constantemente palabras nuevas.
La tercera clase — despreciada por el Imperio por no tener estudios, por ser pobre o por no ser de raza blanca — está formada en esencia por lingüistas.
Regreso por la orilla del Támesis y de pronto oigo la bocina de un barco.
Levanto la vista, justo a tiempo para ver una figura inmensa a lo lejos.
Es un dragón búlgaro, con la cabeza agachada para hablar con el par de guardias que tiene a sus pies.
Me invade el miedo. Me escondo entre las sombras de los árboles cercanos y avanzo con el máximo sigilo posible, observando al dragón, iluminado por la luz de la luna.
Es algo más grande que Chumana, probablemente un macho, y sobre la cabeza tiene una corona plateada con un remate triangular que le queda entre los ojos.
No me sorprende del todo que los dragones búlgaros hayan accedido a llevar una insignia tan evidente de su alianza con Wyvernmire.
Es evidente que su afición a la ostentación se ha impuesto de forma clara al desprecio que sienten por los humanos.
—¿Cómo os atrevéis a abandonar vuestros puestos? — les ruge el dragón a los guardias —. Solo los bolgoriths patrullan las calles entre este punto y el South Bank. No deberíais estar aquí.
Me quedo inmóvil, sorprendida al oír cómo les habla. Esos son los Guardias de la Paz de Wyvernmire.
— Tenemos órdenes de buscar rebeldes en esta parte de Pimlico — responde uno de los guardias —. Un dragón no cabe dentro de las casas.
Se oye un soplido, como una brisa, y una llamarada naranja envuelve al guardia, que no tiene tiempo ni de chillar antes de morir.
Me tiro al suelo, intentando no gritar. Siento los músculos tensos del pánico: quiero correr, pero no me atrevo.
El otro guardia se queda mirando al bolgorith un segundo; luego se da media vuelta y sale corriendo.
El dragón emite un gruñido grave, se gira y fija la vista en el Támesis.
Pasa casi a mi lado, arrastrando la larga cola cubierta de púas, y me llega el olor acre a carne quemada.
Me quedo inmóvil, con las rodillas mojadas por el contacto con la hierba, esperando a que me bajen las pulsaciones.
Luego, aún temblando, me pongo en pie y echo a correr, intentando no pensar en quién podría verme desde el cielo.
¿Es que los bolgoriths están por encima del propio ejército de Wyvernmire, ahora que Goranov es canciller?
En Sweet Street no hay ni un alma, pero aun así hago una mueca al empujar la pesada puerta de hierro que da paso a la fábrica de azúcar.
El chirrido se oye aún más fuerte en el silencio de la noche.
Subo por la escalera de metal de la vieja fábrica, una de las más antiguas de Londres, y llego a un enorme espacio en ruinas.
Busco a tientas una cerilla y enciendo la lámpara que tengo colgada de un clavo roto, en la pared.
Un resplandor anaranjado se abre paso en la oscuridad, iluminando los viejos tablones de madera del suelo y las vigas que se cruzan sobre mi cabeza.
El olor a humo y a sirope se mezcla con algo más que flota en el aire; de pronto, me acuerdo del champán que aún me da vueltas en el estómago. Oigo un crujido.
— Ya estoy en casa — anuncio, quitándome el abrigo.
El suelo tiembla y cae polvo de las vigas, y, de pronto, una mole aparece tras un depósito de azúcar oxidado de tres metros de altura.
Mi compañera de piso.
Chumana.
EN DEFENSA DEL WYRMERIO
Es el momento de pensar en una lengua vernácula que nunca habríamos pensado que tendríamos que defender, considerando su estatus como lengua nacional de los dragones de Britania, con un puesto asegurado como cooficial junto a la lengua de Shakespeare...: el WYRMERIO .
Y, sin embargo, desde que la primera ministra ha decretado que solo el inglés puede usarse para hablar con los dragones — y desde la salida en masa de los dragones de la capital de la nación —, el wyrmerio se ha convertido en poco más que un susurro arrastrado por el viento.
Es ya una lengua fantasma y, si no conseguimos librarnos del ignorante gobierno de Adrienne Wyvernmire, acabará sepultada en el mismo cementerio que el sánscrito o el arameo, o convertirse en lo que los académicos llaman una lengua clásica : un trofeo de museo, una lengua admirada y estudiada junto al latín y el griego antiguo que, al final del día, vuelve a su urna sin que nadie la use en voz alta.
El wyrmerio, como el inglés antiguo, pertenece a la rama de lenguas germánicas del mar del Norte — lenguas por tanto más antiguas que nuestro inglés moderno — y no es solo la lengua dracónica de Britania, sino el corazón dragonés que le da vida.
El wyrmerio es la lengua de los negocios y del comercio en los muelles .
Es la lengua de la aviación británica, sector del que hemos adaptado muchas palabras en inglés.
Es la lengua que habla el asesor real dracónico de la reina Beatrice (que dimitió tras la ruptura del Acuerdo de Paz).
Es la nana que antes se les susurraba a las crías de dragones del oeste que solían anidar a orillas del Támesis , en los tiempos en que los dragones eran miembros respetados de la sociedad británica.
A esos pequeños dragones les llamábamos fersc, palabra que en wyrmerio significa «nuevo», en referencia a la juventud de los recién nacidos, pero la palabra en realidad proviene del inglés antiguo, en el que significa «fresco » y «puro».
Pero ya no hay lugar para esa pureza , para esa inocencia, en la Britania de Wyvernmire.
Al menos mientras sigan en vigor la segregación de las especies, las desigualdades de clase y los crímenes contra los dragones.
¿Es que el pueblo británico se va a quedar impávido, asistiendo a la aniquilación de nuestra lengua dracónica más elaborada, precursora del dragonés de Britania?
¿O nos rebelaremos, en nombre del patriotismo y de la preservación del idioma?