Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

— Ella no lo ha prohibido — digo, sin poder reprimirme —. Ha sido la primera ministra. Mi tía...

Cuidado.

— Mi tía solo cumple instrucciones.

— Por supuesto — dice George, con tono afable —. Cabría preguntarse en qué está pensando Wyvernmire.

De pronto siento cierta cercanía. Le doy un sorbo al champán y siento cómo estallan las burbujas en mi boca.

—¿La has visto alguna vez en persona? A la primera ministra, quiero decir.

Doy otro sorbo al champán.

— Unas cuantas veces. No entiende la importancia de las lenguas dracónicas. Ni siquiera habla ninguna de ellas.

A George se le iluminan los ojos.

—¿Tú sí?

— Sí, unas cuantas — respondo, encogiéndome de hombros.

— Está claro que eres sobrina de Hollingsworth — dice él, sonriendo.

El champán ha creado un ambiente agradable que me envuelve por completo y de pronto me siento más valiente, más convincente. Soy una rebelde encubierta que tiene una conversación en una fiesta de primera clase y nadie ha reparado en mí. Salvo George. Lo miro a través de mis largas pestañas.

— Por supuesto que lo soy — digo, endulzando el tono —. ¿Tú hablas algún idioma?

— Algo de francés. Mi palabra favorita es dépaysement .

—¿Qué significa? — pregunta Hyacinth, asomando de pronto por encima de mi hombro.

— La sensación de estar desorientado, tener nostalgia, en cierto modo — respondo —. Pero es más intenso que eso. No se me ocurre una palabra que lo defina con exactitud. Literalmente significa «encontrarse fuera del país».

—¿Como apartado, o a la deriva?

— Casi — respondo —. Pero no exactamente.

—¿Entonces es intraducible?

Meneo la cabeza.

— Nada es intraducible. Déjame pensar...

— No importa — dice el chico que le ha dado el cigarrillo a Hyacinth. Creo que se llama Stephen —. Ya no, con la publicación del nuevo artículo sobre la Ley Babel.

«¿De qué está hablando?».

— Van a anunciarla mañana por la mañana.

Mi hermano es guardia, me lo ha contado todo — añade Stephen —.

¿Hacer del slavidraneishá la lengua dracónica nacional de Britania?

¿El idioma de los dragones búlgaros? ¿De qué va la primera ministra?

El inglés y el wyrmerio son las lenguas del Imperio, no esa jerigonza eslava.

Me quedo helada.

¿El slavidraneishá es la nueva lengua dracónica nacional? No puede ser cierto. Yo lo sabría. Hollingsworth me lo habría dicho.

George me apoya una mano en el brazo.

—¿Estás bien? Te has quedado pálida.

Asiento apresuradamente.

—¿Tú tampoco lo sabías? — pregunta, con delicadeza.

— Sí, claro — respondo. Lo miro y fuerzo una sonrisa —. Pero se suponía que los demás no teníais que saberlo. — Señalo a Stephen con un movimiento de la cabeza —. Si su hermano sabe lo que se cuece en la oficina de la rectora, ¿cómo podemos saber que no lo saben también los rebeldes?

— Cosas de tener una mujer como primera ministra, supongo — comenta Stephen, ya algo borracho.

Abro la boca, pero la vuelvo a cerrar al ver que Hyacinth le da un manotazo en el brazo. Él se ríe y le planta un beso en la mejilla antes de que pueda frenarlo.

George me llena la copa.

— Nuestro amigo Stephen piensa que habría que destituir a Wyvernmire. Cree que no es apta para el cargo, que su alianza con los búlgaros y la Ley Babel así lo demuestran.

— Pero la mayoría de la primera clase apoya la Ley Babel — digo yo.

«¿O no?».

— No todos odiamos a los dragones — replica Stephen, muy serio.

— Por supuesto que no — me apresuro a matizar —.

Pero la primera clase fue la que puso a Wyvernmire en el poder.

Son... — Hago una pausa y me corrijo —. Somos el motivo por el que hoy imperan en Britania todas esas restricciones lingüísticas, aunque la diversidad lingüística tiene siglos de antigüedad.

— Mi padre dice que ahora todos somos colaboradores — apunta Stephen.

— Tonterías — responde George —. La primera ministra controla a los búlgaros, no al revés.

Doy un trago a mi champán. Esta conversación se está poniendo peligrosa y la bebida se me ha subido a la cabeza. Ahora estoy bailando en el filo de la navaja. Y me vienen ganas de decirle a ese idiota de Stephen quién soy exactamente.

—¿Alguna vez te has encontrado con un dragón búlgaro? — le pregunto a George —. Quiero decir de cerca, cara a cara.

Él sonríe, divertido.

— De hecho, sí. Mi padre trata con ellos a diario.

—¿Alguna vez has hablado con uno?

— Sí.

Lo miro fijamente a los ojos mientras vuelve a llenarme la copa.

—¿Has volado con uno?

Ablanda el gesto y sé que le he pillado.

— Por supuesto que no. — Sonríe —. ¿Me vas a decir que tú sí?

— No — miento.

—¡Yo he oído que Wyvernmire sí! — afirma una chica.

George menea la cabeza, incrédulo.

— De todos los dragones, los bolgoriths búlgaros serían los últimos que dejarían que los montaran los humanos.

Y Wyvernmire no necesita hacerlo. Los tiene para que la protejan, para que la mantengan a salvo en algún lugar de la ciudad mientras traza los planes de guerra para acabar con los rebeldes.

— No por mucho tiempo — replica Stephen.

Noto que todos los presentes se giran hacia él, y veo cómo disfruta de la atención que recibe.

—¿Qué quieres decir? — pregunta Edward, con frialdad.

— El general Goranov querrá quitársela de en medio, ¿no te parece? Para que los bolgoriths puedan hacerse con el control de la capital.

George se ríe, burlón.

— Goranov recibe órdenes de Wyvernmire, skrit . Puede que esté al mando en Bulgaria, pero en Britania mandan los humanos. La primera ministra simplemente está usando a los búlgaros a su favor. La alianza está cuidadosamente calculada y en cuanto...

— Ahí es donde te equivocas, Beecham — dice Stephen —. Wyvernmire no es la primera ministra de Goranov, sino su marioneta — añade, socarrón —. ¿Cómo crees si no que la convenció para que lo nombrara canciller dracónico?

«Canciller dracónico».

— Le están erigiendo una estatua en Hyde Park.

— Pen, ¿te encuentras bien?

Me quedo mirando las burbujas de mi copa, y la vista se me nubla. ¿Wyvernmire ha creado un título — un cargo de Estado — para el general Goranov? ¿Por qué iba a darle control a un dragón búlgaro sobre el gobierno del país? Siento que la cabeza me da vueltas.

—¿Va a desmayarse? — susurra alguien.

¿Lo saben los rebeldes? ¿Lo sabe Hollingsworth?

—¡Dejadle espacio para que respire, por Dios!

Siento el dulce aliento de Hyacinth sobre mi rostro.

— Querida, ¿estás bien?

Sus mejillas tienen el rubor del alcohol y un mechón rizado le cubre la oreja.

No tiene ni idea de lo que significa eso.

— La llevaré fuera para que le dé el aire — dice George.

Pero Hyacinth se opone, moviendo la cabeza.

— No — dice, con decisión —. Que la acompañe Edward.

Edward aparece frente a mí y me tiende el brazo.

Me agarro a él y dejo que me lleve al vestíbulo.

En el momento en que la puerta se cierra a nuestras espaldas y la doncella me entrega mi abrigo, alguien sube la música.

En el exterior, las luces de la calle se han apagado tras el toque de queda, para dificultar los ataques de los rebeldes.

Siento el aire fresco en la piel, y la cabeza me da vueltas. Edward enciende un cigarrillo.

—¿Quieres uno?

— Sí — mascullo.

Edward me ofrece un cigarrillo y me da fuego. Me lo llevo a los labios tal como he visto que hace Hollingsworth, y aspiro. La punta del cigarrillo se ilumina con un brillo naranja y los pulmones se me llenan de humo. Me ahogo, entro en pánico y jadeo en busca de oxígeno.

— Pen, calla — me susurra Edward, agitado, mirando al cielo.

Me tapo la boca con la manga para intentar sofocar otro golpe de tos, con los ojos llenos de lágrimas.

— Es asqueroso — exclamo, con la voz ronca.

Él me quita el cigarrillo de la mano y se lo pone en la boca, de modo que fuma dos a la vez.

Me limpio los ojos con las manos.

— Tú eres asqueroso.

— Gracias.

Me apoyo en uno de los pilares de la fachada y cierro los ojos.

—¿Entonces tu tía no te lo ha dicho?

Abro los ojos de golpe.

—¿Tú crees que lo sabe?

Edward fija la vista en las oscuras nubes y se encoge de hombros, con los dos cigarrillos humeando entre los labios.

— Se supone que Wyvernmire y ella tienen que ser como uña y carne. No me sorprendería que no supiera que la primera ministra ha nombrado canciller a un dragón búlgaro... sea lo que sea lo que significa eso.

«No sabes lo mucho que te equivocas», querría decirle.

Me mira.

— Pensé que ibas a darle una lección a Stephen ahí dentro.

Pongo los ojos en blanco.

— Es un skrit ignorante. Por cierto, ¿tienes los...?

Edward se da unas palmaditas en el bolsillo, asiente, y luego saca un paquete de panfletos.

Me los da. Están impresos en tinta negra sobre papel color crema, y los hojeo entre las manos, como si se tratara de un libro.

Edward y yo descubrimos que sentíamos la misma aversión por la Ley Babel durante un acalorado debate sobre dialectos dracónicos hace un par de meses, pero ninguno de los dos se atrevió a declararlo abiertamente hasta que la verdad se hizo innegable.

«En defensa del wyrmerio», dice el panfleto.

Así es como contribuyo a la causa rebelde.

Escribo panfletos defendiendo la importancia de las lenguas dracónicas prohibidas, y Edward usa el negocio de su padre para imprimirlos.

De momento hemos hecho también panfletos en defensa del harpentesa, el drageoir y el drogarti — la lengua dracónica india más común en Britania — y los guardias siguen sin tener ni idea de quién es el responsable de las publicaciones ilegales que aparecen cada dos semanas.

Wyvernmire se dedica a prohibir idiomas a diestro y siniestro, sin saber que son precisamente lo que utiliza su rebelde más buscada para boicotear su trabajo. Esa deliciosa paradoja es la que me anima a levantarme de la cama cada mañana.

Si Hollingsworth supiera que me estoy arriesgando a que me descubran con esto, se lo pensaría dos veces antes de querer convertirme en el rostro visible de su rebelión.

—¿Vas a decirme cómo te las arreglarás para distribuirlos? — me pregunta Edward.