Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Una de las ventajas de ser Penelope Hollingsworth es que puedo usar cualquiera de los coches de la rectora, conducidos por sus guardias más leales.

No tienen ni idea de que la mujer a la que sirven es en realidad la líder de la Coalición Humanos-Dragones.

Al caer la noche me despido de la doctora Hollingsworth, pero ella masculla algo sin apenas levantar la vista de su mesa, entre una nube de humo de cigarrillo.

El guardia sentado al volante del coche asiente y sonríe cuando me acomodo en el asiento de atrás.

Siento el frío del cuero contra las piernas.

—¿A cenar, señorita Hollingsworth? — dice, mientras el motor cobra vida con un rugido.

— Sí — respondo —. Churton Street, por favor, Johnstone.

El corazón me palpita con fuerza, pero Johnstone no se inmuta siquiera por el hecho de que haya salido a la calle tras el toque de queda.

Está claro que las últimas restricciones no son aplicables a la primera clase.

George, el amigo de Hyacinth, vive en la zona alta de Pimlico — de primera clase, fronteriza con Belgravia y Westminster —, mientras que yo vivo en la zona baja, cerca del Támesis.

El coche recorre las calles de Londres, pasando junto a Hyde Park, donde los guardias y los dragones están descargando una especie de estatua de un camión.

Miro por la ventana y, en la penumbra, veo un basilisco irlandés cargando la reluciente piedra blanca sobre el lomo, y me pregunto si trabaja con los guardias o para ellos.

La diferencia es crucial, cuando eres un dragón.

Pasamos junto a innumerables bocas de metro y pienso en lo fácil que me sería subirme a un tren e ir hasta la cárcel de Highfall, donde aún tienen presos a mis padres y a mi tío.

Pero Hollingsworth me ha obligado a prometer que no lo haría.

Dice que lo único que los mantiene con vida es la esperanza de Wyvernmire de que acabe yendo a buscarlos.

Las mentiras que ha dicho de mí la primera ministra se han extendido entre sus guardias y entre los políticos, y muy pronto el público general podría empezar a creérselas.

Que la Coalición Humanos-Dragones trabaja con una joven traductora que está en contra de Britania y en contra de la paz, una traductora que usará sus lenguas dracónicas para ayudar a los dragones a hacerse con el poder.

Gracias a Wyvernmire, soy la rebelde más buscada de Londres.

Me saco una pequeña fotografía cuadrada del bolsillo.

El rostro rosado y redondeado de Ursa, con sus coletas rubias, me devuelve la mirada.

Un regalo de la doctora Hollingsworth, extraído de la ficha de mi familia que guardan en los archivos del gobierno.

Ya la he besado tanto que el papel ha perdido su brillo.

El coche se para frente a una casa con enormes pilares de piedra.

En el exterior veo a Hyacinth y a su hermano, Edward.

Conozco bien a Edward, aunque él sospechó de mí cuando Hy le dijo que era la sobrina de la doctora Hollingsworth.

No creo que se lo crea del todo, pero verme llegar en un coche oficial seguro que acaba convenciéndolo.

Y debo mantener la mentira, aunque me sepa mal engañarlos a ambos.

Si alguien se enterara de que la ayudante de la rectora es una rebelde, el escándalo sería descomunal y se descubriría la verdadera identidad de Hollingsworth como líder de la Coalición.

— Gracias, Johnstone. No hace falta que me espere.

—¿Pen? — exclama Hyacinth —. ¡Oh, qué bien, has venido!

Esbozo una sonrisa y tengo que hacer un esfuerzo por dejar de alisarme la falda, nerviosa. Es de lo más vulgar, en comparación con el vestido rosa de satén que lleva Hyacinth.

— Buenas noches, Penelope — me saluda Edward, incómodo.

Lleva un reloj de oro y un traje a rayas en un tono amarillo nada favorecedor. Tiene el cabello del mismo tono rubio que su hermana, y los ojos muy separados entre sí. Del bolsillo de la pechera le asoma un pincel.

— Le gusta imaginarse como un artista muerto de hambre — me dijo Hyacinth, bromeando, unos días atrás —. Por eso se viste como si fuera de tercera clase.

Yo no me molesté en decirle que la gente de tercera clase no lleva traje. Ya me he escapado alguna otra vez para quedar con Hyacinth, pero lo que ella no sabe es que también lo he hecho para ver a su hermano. No sabe que he quedado con él más de una vez, de noche.

—¿No traes a tu compañera de habitación? — pregunta, espontáneamente.

Yo dudo un momento.

— No. No es mucho de fiestas.

Llamamos al timbre y nos abre una doncella. Apenas tenemos tiempo de meter nuestros pases de clase en el bolsillo de los abrigos antes de que se los lleve.

—¿Lista para hacer amigos, Penelope? — dice Hyacinth, y me toca la punta de la nariz con el dedo —. Vas a ser todo un éxito.

La criada nos conduce por un vestíbulo en silencio, iluminado con viejas lámparas de gas.

Junto a la pared, revestida de paneles de madera, veo un reloj de pie imponente.

La criada empuja la puerta que hay al lado, de la que sale música a gran volumen.

Hyacinth me agarra de la mano y me lleva dentro.

Varias cabezas se giran a mirarnos a través de nubes de humo de cigarrillo.

La modernidad del lugar contrasta con la del vestíbulo por el que acabamos de pasar: una lámpara de araña emite una bonita luz eléctrica, y varias chicas están desparramadas sobre los sofás de terciopelo verde, con las largas piernas y los brazos desnudos.

—¡Hyacinth, querida! — grita una de ellas.

Dos hombres jóvenes que están jugando a las cartas con cigarrillos liados a mano en la boca, levantan la vista al oír el nombre de Hyacinth.

Antes de que me dé cuenta, ya está dando besos a las chicas, y ellas me dan besos a mí, presionando sus pegajosos labios a mi mejilla y preguntándome el nombre.

La piel les huele a champán y a perfume caro.

Antes de conocer a la doctora Hollingsworth y a Hyacinth no había pasado nunca mucho tiempo con la primera clase — si no contaba el hecho de haber compartido dormitorio con Serena en Bletchley —, pero ahora me encuentro rodeada de ellos.

Cruzo una mirada con Edward, que pone los ojos en blanco.

Evidentemente su hermana también le ha insistido para que acudiera a la fiesta.

— Penelope y yo trabajamos juntas — dice Hyacinth.

— Ah, otra secretaria — comenta una de las chicas, con una risita.

— En realidad es la sobrina de la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica — responde Hyacinth, de pronto cortante.

La chica vuelve a hundirse en el sofá y yo le sonrío a modo de disculpa.

Sé que Hyacinth trabaja solo porque quiere.

Como joven de primera clase y heredera de la exitosa imprenta de su padre, su futuro está en el matrimonio con otro rico de primera clase.

Pero al menos de momento parece fingir que no es así.

Un chico con el cabello enmarañado se nos acerca y Hyacinth deja que él también le bese la mejilla. Yo no puedo evitar ruborizarme: no tenía ni idea de que entre la gente de primera clase fuera normal todo ese contacto físico. El chico me tiende la mano y yo se la estrecho.

— George Beecham — dice, con una sonrisa afable.

— Penelope Hollingsworth — respondo yo, con la boca seca. ¿Y si ha visto carteles de «Se busca» con mi retrato?—. Espero que no te moleste que haya venido con Hyacinth — me apresuro a añadir.

Él me mira con un gesto divertido en el rostro.

— En absoluto.

Otros chicos abandonan sus copas y sus juegos para venir a saludarnos, todos vestidos muy elegantes, con el cabello engominado y acentos que sin duda son producto de toda una vida de clases de dicción.

Son todos guapos, pero no como lo era Atlas.

Ninguno de ellos se le acerca siquiera. Hyacinth suelta un suspirito y de pronto una docena de pitilleras salen de los bolsillos de los chicos y aparecen ante ella.

Se toma su tiempo, analizándolas todas, y al final escoge un cigarrillo de una cajita marrón con el cierre plateado.

Su propietario sonríe, satisfecho, y yo levanto una ceja.

— Eres una provocadora — le susurro al oído.

Ella sonríe con ganas. George me pone una copa de champán en la mano y yo asiento para agradecérselo. ¿Es que no se da cuenta de que no soy como ellos? ¿De qué charla la gente de primera clase?

—¿Vas a la universidad? — le pregunto.

Por supuesto que va. Todos los hombres de primera clase estudian algo mientras esperan a hacerse con el control de las fincas de sus padres.

— Estudio Derecho — dice, con una sonrisa socarrona —. ¿Y tú?

A una de las chicas se le escapa la risa y derrama la mitad de su champán sobre el brazo del chico que tira de ella para que vuelva a sentarse en el sofá.

«Piensa antes de hablar, Viv».

— Colaboro con la rectora en la redacción de los artículos de la Ley Babel.

No es cierto, pero suena importante. Y ahora que estoy aquí, en esta gran mansión, con toda esta gente de primera clase, de pronto siento la necesidad de impresionar.

Así es como ha sido siempre, ¿no? Impresionar a tus padres para que no te castiguen.

Impresionar a tus profesores para que no te suspendan.

George suelta un silbido grave de admiración.

— Hy dice que eres la sobrina de Hollingsworth.

Asiento.

—¿De dónde eres?

— De Oxford — respondo. Una nueva mentira que sale de entre mis labios.

Él asiente, pensativo.

—¿Puedo preguntarte algo?

Trago saliva.

— Si tu tía es la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica, cuya función es aprender y preservar las lenguas dracónicas, ¿por qué está redactando la Ley Babel?

Parpadeo, y luego le escruto el rostro en busca de algún atisbo de emoción que me diga hasta qué punto es leal a los principios de la primera clase. Él sonríe.

— No lo digo con segundas intenciones. Es solo que ella fundó la Academia para facilitar las relaciones entre humanos y dragones. Así pues, ¿por qué iba a querer prohibirnos sus lenguas, cuando precisamente es a eso a lo que le ha dedicado toda la vida?