Capítulo 1 #2
Ya he tenido encuentros con guivernos antes, gracias al trabajo de mis padres, antropólogos dracónicos.
Pero la especie de las Hébridas es diferente.
Son dragones pequeños, de dos patas, con un legado cultural a la altura del de cualquier comunidad humana.
Se supone que han sido localizados en la isla de Canna, en Escocia, aunque hace años que no se hace ningún avistamiento.
Mi labor consiste en descubrir todo lo posible sobre ellos, desde sus tradiciones a su idioma, para que cuando los rebeldes los encuentren — algo que Hollingsworth se muestra convencida de que ocurrirá — podamos comunicarnos con ellos.
Y convencerlos para que ayuden a los rebeldes en la guerra.
Por supuesto, lo que aún no me ha desvelado Hollingsworth es el pequeñísimo detalle de cómo van a contribuir esos guivernos a conseguir la victoria de la Coalición Humanos-Dragones en una guerra civil a tres bandas.
Me siento, mientras el tráfico de las calles de Londres aumenta de volumen en el exterior, y cojo un trozo de papel que me han dejado sobre la mesa.
Es una nota de Hyacinth, la secretaria de Hollingsworth, que también se ha unido a la misión huyendo de la rutina de las labores propias de las chicas de primera clase.
Querida Pen,
¿Vamos de fiesta? Martes a las 20.00, 36 de Churton Street, en Pimlico.
Venga, anímate.
H
Ya me ha invitado varias veces, haciendo caso omiso a mis protestas («Hay toque de queda») y mis excusas («No puedo dejar a mi compañera de habitación, tiene miedo a estar sola»).
Su insistencia empieza a resultar molesta, y la invitación va en contra de todas las normas del manual de la perfecta rebelde encubierta, pero en parte me alegro de que Hyacinth cuente conmigo.
Ha sido una buena amiga estos últimos tres meses.
Por supuesto, no puedo asistir a la fiesta. ¿Y si alguien me reconociera?
El diario de Patrick Clawtail, profesor de lenguas celtas en Oxford y amante del mundo de los dragones, está abierto sobre la mesa, donde lo dejé ayer.
Hollingsworth me lo dio cuando empecé a trabajar para ella, justo después de que Marquis consiguiera aterrizar nuestro avión en Eigg.
Apenas pasé unos días en la isla que alberga el cuartel general de la Coalición, antes de que Hollingsworth enviara a alguien a buscarme.
Dejar atrás a mi primo y a mi hermana Ursa fue casi tan duro como perder a Atlas.
El diario detalla todas las interacciones de Clawtail con los guivernos de las Hébridas a lo largo de cuatro años, hasta junio de 1866, cuando el gobierno los ejecutó por «incitar a la agitación entre humanos y dragones».
El libro está encuadernado en cuero negro y escrito con una tinta ya vieja.
Hay diversos objetos sujetos a las páginas: una pluma, un mechón de pelo y una hoja que sigue verde pero que ha perdido todo su olor, entre las entradas de los diferentes días, descripciones de la isla y grabaciones del complejo lenguaje de los guivernos de las Hébridas, que Clawtail bautizó como Cànan-Channaigh, «idioma de Canna» en gaélico escocés.
Él mismo acuñó una palabra en inglés para ese idioma: cannair.
He conseguido deducir sus normas gramaticales más básicas, pero en sus intentos por definir el significado de numerosas palabras complicadas, Clawtail llenó páginas y más páginas, tantas que me pierdo.
Da la impresión de que al final se rindió.
Las últimas páginas del diario están dedicadas por completo a la cultura y las costumbres de los guivernos, sin ninguna referencia al lenguaje.
No me da demasiado con lo que trabajar.
Se supone que Clawtail y su familia fueron los últimos que vieron a los guivernos antes de que se retiraran al interior, cuando el gobierno fue en busca de los Clawtail.
Y pese a que su diario empieza con entusiasmo, ante la posibilidad de poder estudiar la lengua de los guivernos, acaba con una entrada escrita a toda prisa e inacabada.
Oigo una voz a mis espaldas:
— Las tensiones entre los humanos y los dragones en Britania estaban al borde del colapso cuando escribió eso.
Hollingsworth ha aparecido en el umbral sin hacer ruido, y tiene la vista puesta en el diario.
— En el pasado Clawtail había luchado por el reconocimiento de las lenguas celtas, como el escocés, el gaélico escocés y el nórnico, y empezó a hacer lo mismo con las lenguas dracónicas — añadió —.
Envió sus transcripciones de las grabaciones de cannair a varias universidades mediante dracovol, pensando que la protección de los guivernos bastaría para mantenerlos a salvo a él y a su familia, pero el gobierno decidió que su defensa de los legados culturales de esas comunidades solo crearía división, por lo que era una amenaza para la unidad británica.
Le ejecutaron por traición en Canna, justo después de que se firmara el Acuerdo de Paz.
Asiento, intentando no mostrar mi creciente agobio. Todo eso ya me lo ha contado antes. Clawtail fue la primera persona que estudió lenguas dracónicas. Era una anomalía.
— Tú, con tu extraordinaria habilidad para aprender idiomas a una velocidad impresionante, puedes aprender cannair. Por eso eres el rostro de la rebelión, Vivien. Porque serás la que se dirija a los guivernos y les pida una alianza. Ellos son nuestra única esperanza para ganar esta guerra.
«Todo eso también me lo ha dicho — pienso, arrugando el gesto —. Y sin embargo aquí sigo, en Londres, sin tener ni idea de por qué son tan importantes esos guivernos».
«No puedo enviarte con los guivernos hasta que los encontremos», me dice ella cada vez que le pregunto por qué no puedo ir a Canna enseguida.
No veo la hora de estar allí, de incorporar a los guivernos a la causa y de ver el rostro de Wyvernmire cuando los rebeldes acaben con ella y con sus bolgoriths búlgaros.
Ella es la causa del sufrimiento de la tercera clase, de la segregación de humanos y dragones, de esta guerra que ya ha matado a cientos de personas.
Ella es la causa de que Atlas esté muerto.
Hollingsworth me entrega una hoja de papel.
Es mi última traducción para la Academia: hago unas cuantas al día, por si algún día se presenta un inspector militar y pregunta por el trabajo de Penelope Hollingsworth.
Se trata de un texto escrito en drageoir enviado desde Francia, en el que se condena la alianza de Wyvernmire con los dragones búlgaros.
Hollingsworth ha cogido un bolígrafo rojo y ha tachado y subrayado algunas palabras.
—¿Qué le pasa? — pregunto.
— Tu traducción es demasiado literal, Vivien — dice, tocándose los rizos plateados —. Tal como está no podemos pasarlo.
—¿Demasiado literal? — Me quedo mirando sus correcciones.
Los dragones de la Tercera República Francesa están indignados decepcionados por la alianza británica con los inmorales controvertidos dragones de Bulgaria.
— Pero... ha cambiado el significado — protesto —. Ha alterado el sentido.
— Lo he interpretado de forma diferente, lo cual es prerrogativa del traductor.
Me la quedo mirando fijamente, en busca de algún indicio de humor en su rostro, algo que me diga que me está poniendo a prueba.
— El deber del traductor es traducir el contexto, darles a las palabras el sentido que se buscaba en la lengua de origen, o al menos acercarnos todo lo que podamos — le digo —. La Academia está obligada a traducir y publicar cualquier comunicación que llegue de dragones de otros países.
— Olvidas que ahora mismo la Academia está controlada por el gobierno de Wyvernmire — señala Hollingsworth —. Su definición del deber no es la misma que la tuya.
— Entonces, ¿va a entregarlo así? — pregunto, tirando el papel a la mesa.
— Si quiero mantener las apariencias, debo hacerlo.
Hollingsworth vuelve a su escritorio, se sienta y se queda mirando el dibujo de mi rostro.
— El lenguaje es un arma, Vivien. Wyvernmire lo está usando y muy pronto tú también lo harás. De hecho, puede que sea la última arma que les queda a los rebeldes.
—¿Cuándo va a enviarme a Canna? — pregunto —. He aprendido la lengua de los guivernos lo mejor que he podido. ¿Los rebeldes ya los han encontrado?
La rectora le da un sorbo a su té y hace una mueca.
— Está frío — murmura.
Rebusca por entre un montón de papeles, haciendo caso omiso a mi pregunta, y siento un calor en el cuello de la rabia. ¿Es que se le ha olvidado lo que me dijo cuando me trajo a este lugar? «Tus capacidades lingüísticas son la mejor oportunidad que tiene la Coalición».
Vuelvo a centrarme en el diario. Mis años de estudio, mis idiomas, mis traducciones...
, todo se ha encaminado hacia esto: a establecer contacto con los guivernos de las Hébridas y salvar Britania.
Atlas creía que vuelco todo mi amor en los idiomas, y una vez papá me dijo que eso era lo que me salvaría.
Así pues, ¿qué es lo que está esperando Hollingsworth?
Quiere que trabaje para la Coalición, y sin embargo me trata como a una niña.
La vista se me va a la nota de Hyacinth y no puedo evitar pensar si mi falda y suéter negros podrían servir como ropa de fiesta.
Si lo que quiere Hollingsworth es una rebelde, es lo que tendrá.