Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 1
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Guerra de dragones (Lengua de dragones 2)

Guerra de dragones (Lengua de dragones 2)

Por S.F. Williamson

© inepub.com

Capítulo 1

El cielo está oscuro y lleno de dragones.

Voy corriendo por las calles de Londres, con el paraguas inclinado no para protegerme de la lluvia, sino para que no se me vea la cara.

Hay casi tantos Guardias de la Paz por las calles como bolgoriths búlgaros por el cielo.

Un pequeño montón de escombros caídos en los ataques de la semana pasada me corta el paso.

Podría deberse a las bombas de los rebeldes, o al ejército de la reina Ignacia, la reina dragona de Britania.

Ambos grupos están enzarzados en sus propias batallas con la primera ministra.

Pero, a juzgar por el pilar de piedra arrancado desde la base con lo que solo podría ser un coletazo de dragón, me inclino por la segunda opción.

En el momento en que llego a la estación del metro, los primeros rayos de sol se van extendiendo por los edificios grises, poniendo fin al toque de queda nocturno en la capital.

Al fin y al cabo, la rebelión se gesta entre las sombras.

Me subo al metro, con mi pase de clase falso colgado del cuello.

Penelope Hollingsworth

17 años

Primera Clase

Me siento frente a un anciano con el abrigo algo chamuscado.

Me mira desde el otro lado del vagón, bajo unos carteles publicitarios de vivos colores en los que se ven a dos mujeres con uniforme militar cogidas del brazo frente a dos edificios: reconozco la piedra blanca del 10 de Downing Street y los ladrillos rojos de la Academia de Lingüística Dracónica.

En torno a las mujeres hay un mensaje escrito con una letra caligráfica, femenina.

Wyvernmire y Hollingsworth unidas en la lucha contra los rebeldes

Escondo el rostro tras el ejemplar de ayer del Pimlico Bulletin — un periódico oficialista — y me encuentro otro eslogan.

«La verdad respecto a todas las clases», murmuro entre dientes, al ver el titular.

La primera ministra firma la alianza con los búlgaros

¿Dónde está la reina Ignacia? Posibles avistamientos en la página 3

Aparece un dragón del oeste destripado en una granja de Kent y hallan restos humanos en su segundo estómago

Abro por la primera página y veo una foto en blanco y negro de una casa de campo que conozco bien.

BLETCHLEY PARK: ¿UN SECRETO NACIONAL?

Con un nudo en la garganta, tiro el periódico al suelo.

Vuelven los recuerdos: un disparo, sangre bajo mis uñas, un rostro coronado con hojas muertas.

Acerco la mano a la golondrina de madera que llevo colgada del cuello.

Si Atlas estuviera aquí, se reiría de la primera ministra por pensar que puede manipular a los dragones más fieros de Europa para que la ayuden a extender su imperio.

Por pensar que Britania se plegaría ante los dragones que han masacrado a su propio pueblo.

Si Atlas estuviera aquí, estaría yendo de pub en pub, buscando nuevos reclutas para la causa rebelde, valiéndose solo de su propio coraje y de su sonrisa pícara. Pero no está aquí.

Porque está muerto.

Y lo único que puedo hacer yo es seguir con lo que inició en Bletchley.

Dejar de pensar en todo lo demás y contribuir a la causa de la Coalición Humanos-Dragones. Solo una lingüista experta puede obtener el arma secreta que necesitan los rebeldes.

Y si las lenguas son lo que necesito para honrar la memoria de Atlas, aprenderé cien o más.

Ya ha amanecido cuando llego a la Claridge House, residencia de Rita Hollingsworth.

Vive en Mayfair, a solo unas calles de la Academia de Lingüística Dracónica, que fundó cuando solo tenía treinta y cinco años.

Meto la llave en la cerradura de la puerta de servicio.

Una gruesa cola dentada cae por la fachada, sobre mi cabeza.

Pertenece a Clementius, el dragón del oeste del tejado, uno de los pocos dragones británicos que no ha huido ante la amenazante presencia de los búlgaros en Londres, y que se ha convertido en guardia personal de Hollingsworth.

Me dirijo a las escaleras y voy contando los rombos amarillos de la alfombra mientras subo varios pisos.

Hollingsworth siempre insiste en que recorra el camino entre mi casa y la suya antes de la hora punta de la mañana.

Si alguien me reconociera, saltaría por los aires la tapadera de que soy su sobrina y que vengo de visita.

En las paredes hay retratos de toda su familia: primas de bello rostro y tíos de otra época contemplan la casa en silencio.

Oigo a una criada encendiendo las chimeneas y el crujido de los tablones del suelo en la última planta.

Me imagino a la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica levantándose de la cama, con los rulos aún puestos.

La imagen es tan ridícula que se me escapa la risa.

Abro y cierro la puerta del estudio con delicadeza.

La estancia es enorme, con altos ventanales que dan a la calle.

En la pared, tras el gran escritorio, hay un cuadro que representa a un par de dragones de las arenas relajados en la playa, con la luz nacarada de la luna reflejada en delicadas pinceladas.

Al lado de la mesa hay un aparatoso espejo y, por un momento, observo mi reflejo.

Llevo la densa melena tan corta que apenas me roza las escápulas, y tengo unas sombras oscuras bajo los ojos, lo que hace que la piel se me vea más pálida de lo habitual.

Camino por las alfombras de color caoba hasta la puerta de la esquina, pasando junto al escritorio, cubierto de cajetillas de cigarrillos vacías y libros sobre los dragones búlgaros, uno de ellos abierto por una página del índice donde se leen las palabras sangre, diamante azul, bolgorith .

Algo me llama la atención. Un boceto en tinta negra, medio escondido bajo la máquina de escribir Remington.

Soy yo.

Y, debajo, un título.

Vivien Featherswallow, traductora dracónica

Los dedos se me quedan flotando sobre el papel, pero no lo toco.

No acabo de creerme que sea real. El retrato me muestra diferente respecto a los carteles de busca y captura impresos por el gobierno, los que Hollingsworth va recogiendo y quemando a diario, antes de que nadie los pueda ver.

Aquí estoy más guapa, tengo los ojos grandes, como de cierva, mientras que en los carteles de busca y captura aparezco con una larga trenza y el ceño fruncido.

Ninguno de los dos dibujos es correcto del todo, ya que ambos cuentan una historia que no es cierta.

— Para los periódicos de la Coalición — dice una voz.

Me giro y veo a Hollingsworth en el umbral, con un vestido de seda azul y un cinturón con un bordado de dragones plateados.

Me mira de arriba abajo como hace cada mañana desde hace tres meses, observando mi gabardina de hombre y mis zapatos de cuero calado de segunda mano, como si esperara que llegara con un brazo cortado o el cabello en llamas.

No entiende muy bien que prefiera vivir por mi cuenta en lugar de hacerlo aquí, con ella.

— Buenos días — saludo, ruborizándome de pronto, al darme cuenta de que probablemente pensará que estaba curioseando en su escritorio —. Se supone que debo permanecer oculta. ¿Por qué quiere que los periódicos rebeldes publiquen un retrato mío?

Aprieta los labios y sonríe.

— Una rebelión debe tener un rostro, ¿no te parece? La gente necesita saber que está en buenas manos.

Arqueo las cejas, sorprendida. ¿Yo, el rostro de la rebelión? ¿Es que se le ha olvidado que hace apenas unos meses estaba intentando traducir un secreto, un lenguaje dracónico ultrasónico llamado koinamens, para ayudar a la primera ministra Wyvernmire a ganar la guerra?

— No lo publicaremos hasta que estés a salvo, fuera de Londres — asegura, con una voz profunda como la melaza.

«A salvo, fuera de Londres».

¿Significa eso que por fin considera que estoy lista?

Me quedo mirando las palabras al pie de la imagen y suelto un pequeño suspiro.

Traductora dracónica. Es el título que he deseado toda mi vida.

Resulta extrañamente reconfortante ver quién soy impreso en negro sobre blanco, contar con una definición clara de mí misma, una casilla en la que encajo, entre todo el caos en que se ha convertido mi vida.

La puerta del rincón da a mi espacio de trabajo, una oficina anexa a la de Hollingsworth en lo que antes era un trastero.

Dejo mi cartera sobre mi minúsculo escritorio.

Las cuatro paredes que me rodean, como la jaula de un dracovol, están cubiertas de papeles de mis investigaciones: mapas de varias islas, guías de pronunciación escritas a mano y listas de hábitos alimenticios.

Y encima de todo hay un dibujo rudimentario que me hizo Hollingsworth: tres bolgoriths búlgaros, dos negros y uno rojo. El general Goranov y sus dos hermanos.

Desde el año pasado, Britania está sumida en una guerra civil a tres bandas entre el gobierno humano, los rebeldes y la reina Ignacia.

Y ahora que la primera ministra se ha aliado con los bolgoriths búlgaros — traicionando su promesa de paz con la reina Ignacia — apenas pasa un día sin que se produzca un ataque rebelde en Londres.

Yo conozco una bolgorith, pero esta nació en Britania.

Chumana, la dragona rosa que prendió fuego al 10 de Downing Street antes de seguirme hasta Bletchley Park.

— Si eliminamos a Goranov y sus hermanos — me dijo Hollingsworth hace unas semanas — los dragones búlgaros se vendrán abajo y abandonarán Britania.

Los criados y la secretaria de Hollingsworth creen que he llegado aquí aprovechando la ocasión que se me ha dado de trabajar con la idolatrada rectora de Britania en lugar de coser camisas para los soldados, como otras chicas de primera clase.

Y no es falso del todo: trabajo para Hollingsworth, pero el verdadero motivo de mi presencia aquí, mi misión, no es ayudar a Britania a combatir a los rebeldes, sino ayudar a los rebeldes a combatir a la primera ministra Wyvernmire y su ejército de bolgoriths.

Ayudar a descifrar el lenguaje de los guivernos de las Hébridas.