Capítulo 3
El tercer día de la semana siempre era el más engañoso. Ni inicio ni cierre. Demasiado lejos del descanso y demasiado cerca de la rutina. King lo sabía y por eso evitaba reuniones largas o discursos innecesarios. Prefería dejar que el trabajo hablara.
Ese día habló poco.
El caso menor seguía sin definirse. El nombre repetido que habían detectado no aparecía donde debía ni desaparecía del todo. Una presencia intermitente, como alguien que camina por un pasillo sin querer ser visto, pero tampoco ocultándose del todo.
—Este tipo no hace nada ilegal —dijo Victor—. Eso es lo que más me molesta.
—Todavía —corrigió Thomas.
Carol revisaba fotografías impresas sobre la mesa. Las colocaba, las retiraba, las volvía a poner en otro orden.
—No está vendiendo —dijo—. Está mirando.
King se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Mirando qué?
Carol levantó la vista.
—A nosotros.
El comentario quedó flotando. No era paranoia. No sonaba exagerado. Era una constatación incómoda.
—¿Por qué alguien miraría a un equipo que no está tocando nada grande? —preguntó Thomas.
—Porque espera que lo haga —respondió King.
Salieron más tarde de lo habitual. No por urgencia, sino por instinto. El seguimiento fue discreto, casi aburrido. El hombre caminó varias cuadras, entró a un café, salió sin consumir nada, se detuvo frente a un quiosco y siguió su camino.
—Ni siquiera disimula —murmuró Victor.
—Eso es lo que lo hace interesante —dijo Carol.
En un cruce, el hombre giró la cabeza y los vio. No aceleró. No cambió de rumbo. Solo los miró y siguió caminando, como si hubiera confirmado algo.
—Eso no me gustó —dijo Thomas.
—A mí tampoco —admitió King—. Pero no mordió.
El seguimiento terminó sin incidentes. No hubo confrontación ni intento de fuga. Solo la sensación persistente de haber sido medidos, no por un criminal desesperado, sino por alguien paciente.
De regreso, el ambiente en el coche era distinto. No tenso, pero más atento.
—Hace un año —dijo Victor—, habríamos intentado forzar algo.
—Y lo habríamos arruinado —respondió Carol.
Thomas sonrió.
—Míranos ahora. Madurando.
—No exageres —dijo King—. Solo aprendimos a no estropear las cosas rápido.
Al llegar, nadie se fue directo a casa. Se quedaron unos minutos más, revisando datos que no parecían llevar a nada concreto. Pero nadie se levantó primero. Esa espera compartida era nueva. Antes, cada uno habría cerrado su parte y se habría marchado.
—Esto va a crecer —dijo Carol al fin—. No hoy, pero pronto.
King asintió.
—Por eso no lo empujamos.
—¿Y si se escapa? —preguntó Thomas.
—No se va a ir —respondió King—. Quien mira tanto no se conforma con observar.
Cuando se fueron, la noche ya había caído. La ciudad seguía igual. Ruido, luces, movimiento constante. Nada indicaba que algo estuviera gestándose.
Pero el equipo lo sentía.
No era peligro inmediato. Era expectativa.
Y eso, en su trabajo, solía ser el primer aviso de que alguien estaba preparando algo que todavía no podían ver.