Capítulo 2
La mañana siguiente empezó con café recalentado y un informe que nadie tenía demasiadas ganas de escribir. No por pereza, sino porque el operativo había sido tan limpio que resultaba casi aburrido ponerlo en palabras.
—Voy a tardar más en explicar lo simple que fue —dijo Victor, tecleando— que en un desastre real.
—Eso es porque te gusta el desastre —respondió Thomas—. Te hace sentir útil.
—Soy útil —replicó Victor—. Ustedes solo corren.
Carol levantó la vista desde su escritorio.
—Corremos bien.
King entró sin anunciarse. No miró a nadie en particular.
—¿Ya terminaron de felicitarse?
—Estábamos a punto —dijo Thomas—. Faltaba el aplauso.
King dejó una carpeta sobre la mesa central.
—Entonces guárdenlo para después. Tenemos algo.
No era grande. No todavía. Una denuncia vieja, mal archivada, que había vuelto a circular tras la caída de algunos puntos menores. Nada que justificara alarma, pero lo suficiente como para levantar una ceja.
Carol leyó en silencio.
—Esto estuvo dormido meses —dijo—. ¿Por qué ahora?
—Porque alguien pensó que ya no importaba —respondió King—. Y alguien más decidió moverlo antes de que se perdiera del todo.
Thomas sonrió apenas.
—Eso suena a error humano.
—Siempre lo es —dijo King.
El trabajo se repartió sin discusión. Nadie pidió explicaciones extras ni intentó lucirse. Cada uno sabía dónde encajaba. Eso, más que cualquier éxito reciente, era lo que marcaba la diferencia.
Horas después, en la calle, la denuncia resultó ser exactamente lo que parecía: pequeña, incómoda, mal organizada. Pero había algo más. Un nombre repetido dos veces en lugares donde no debería aparecer.
Victor lo señaló.
—Este tipo no es importante —dijo—. Pero insiste en estar cerca de cosas que no lo son.
—Como una mala costumbre —añadió Thomas.
Carol observó el entorno.
—O como alguien que escucha demasiado.
El seguimiento no produjo arrestos ni escenas memorables. Solo confirmó una intuición. El tipo sabía cuándo irse. Y eso, en ese barrio, no era casual.
—No es nuestro pez —dijo King al final—. Pero nada solo.
De regreso, el cansancio empezó a aflorar. No físico, sino mental. Ese que llega cuando todo parece bajo control y la mente busca relajarse.
—¿Alguna vez te preguntaste —dijo Thomas— si los malos saben lo aburridos que son cuando no hacen nada interesante?
—No los subestimes —respondió Carol—. El aburrimiento suele ser la antesala de algo peor.
King los escuchó sin intervenir.
—Por eso seguimos —dijo finalmente—. Aunque hoy no pase nada.
Victor cerró la carpeta.
—Mañana pasará.
Nadie discutió eso.
El día terminó sin sobresaltos. Pero la sensación quedó flotando: el equipo estaba cómodo, quizá demasiado. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos lo sabían.
La calma no duraría.