GUERRA A LA DROGAS 3 Capítulo 4
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Capítulo 4

El cuarto día trajo lluvia, de esa que no limpia nada y solo sirve para hacer más visibles las manchas. La ciudad se movía más lento, como si todos hubieran decidido llegar tarde a propósito. En la oficina, el clima acompañaba.

—Si esto sigue así, voy a empezar a sospechar del clima —dijo Thomas, mirando por la ventana—. Siempre llueve cuando no pasa nada.

—Eso es porque cuando pasa algo no miras afuera —respondió Victor—. Estás ocupado contando.

Carol dejó una carpeta sobre la mesa.

—Nuestro amigo volvió a moverse.

King levantó la vista.

—¿Dónde?

—Dos cuadras al sur de ayer. Mismo horario. Mismo recorrido final.

Thomas frunció el ceño.

—Eso ya no es casualidad.

—No —dijo King—. Es insistencia.

Salieron sin prisa. El seguimiento era casi automático. Nadie daba órdenes. Cada uno ocupaba su lugar como si siempre hubiera estado ahí. Victor iba marcando tiempos. Thomas observaba patrones mínimos. Carol se adelantaba apenas, lo suficiente para ver sin ser vista.

El hombre entró en un edificio administrativo. Nada ilegal. Nada interesante. Demasiado correcto.

—Este tipo tiene vocación de fondo —murmuró Thomas—. Nunca protagonista.

—Los de fondo son los que más escuchan —respondió Carol.

Esperaron.

El hombre salió con las manos vacías. No había señales de intercambio ni contacto directo. Pero algo había cambiado. Su paso era más firme. Más decidido.

—Confirmó algo —dijo Victor—. No vino a buscar nada. Vino a verificar.

—¿El qué? —preguntó Thomas.

—Que seguimos aquí —respondió King.

La frase cayó sin dramatismo, pero ajustó el ambiente.

En el coche, el silencio duró poco.

—¿Alguien más siente que estamos siendo evaluados? —preguntó Thomas.

—Todo el tiempo —respondió Carol—. Es parte del trabajo.

—No así —insistió—. No como cuando te miden para decidir si vales la pena.

Victor sonrió apenas.

—Tal vez ahora sí valemos la pena.

King los miró por el espejo.

—No se emocionen —dijo—. Cuando alguien empieza a medir, es porque piensa mover algo.

—O a alguien —añadió Carol.

De vuelta en la oficina, el cansancio era distinto. No agotamiento, sino concentración prolongada. Esa que deja el cuerpo quieto y la cabeza alerta.

—¿Seguimos observando? —preguntó Victor.

—Seguimos —respondió King—. Pero con cuidado.

Thomas se estiró en la silla.

—Echo de menos cuando todo era torpeza y nadie esperaba nada de nosotros.

—Habla por ti —dijo Carol—. Yo siempre tuve expectativas.

King esbozó una sonrisa breve.

—Eso también es nuevo —dijo—. Antes nadie nos esperaba. Ahora sí.

La lluvia seguía cayendo cuando se fueron. El caso no había avanzado un centímetro, pero todos sabían que algo se estaba acomodando en segundo plano.

No era amenaza directa. No todavía.

Era una invitación implícita.

Y alguien, en algún lugar, estaba esperando que aceptaran.