Capítulo 34 #2
Victor se aleja, y tras cruzar una entrada cubierta de enredaderas, me encuentro en una sala grande llena de gente. Humanos y zendar trabajan codo con codo. Enseguida localizo a Maya apilando cajas con la ayuda de dos chicas zendar.
—Hola. ¿Puedo ayudar en algo?
Maya se da la vuelta en cuanto oye mi voz. —¡Ashka! ¿No deberías estar descansando?
—Mira quién fue a hablar... —Ella tampoco se ha curado del todo, y a diferencia de mi piel, que se recuperará por completo, sus heridas la obligarán a llevar un vendaje el resto de su vida. Pero a Maya parece darle igual. Su sonrisa es radiante.
—Maya tiene razón —dice una de las jóvenes que está con ella—. El rey Zarek no aprobaría que trabajaras en tu estado, señorita Ashka.
No estoy acostumbrada a hablar con mujeres que me miran a los ojos. Debo admitir que es un cambio agradable tratar con los zendar. Aunque todos se hayan confabulado para dejarme mano sobre mano.
—¿Entonces se supone que solo tengo que mirar?
Maya señala el borde de una fuente de piedra por donde fluye el agua. —Puedes sentarte ahí y ver qué hay en ese cofre.
En vida, el hermano de Zarek acumuló una impresionante colección de objetos valiosos: gemas y joyas, artefactos antiguos anteriores a la Caída y obras de arte.
Pero Zarek no quiere quedarse con nada de eso.
Ha decidido donar todos los objetos valiosos y útiles a los oasis empobrecidos por el régimen de Draconos.
Los de importancia histórica, en cambio, se exhibirán en un museo.
El plan es que yo sea la conservadora de la exposición de los tesoros de Jara.
—Está bien —murmuro mientras me pongo manos a la obra—. Estoy esperando a que Xerion suba a la superficie para ir a visitar a Vortex. ¿Quieres venir?
Maya responde a mi invitación con una mueca. —Paso.
—¡¿Qué?! —exclama Xerion, apareciendo de repente justo detrás de nosotras—. Y yo que venía dispuesto a ofrecerte mi brazo durante todo el paseo.
Maya le lanza una mirada que podría incinerarlo, pero noto el rubor que le tiñe las mejillas con la llegada del guerrero.
—Todavía puedo caminar sola, gracias.
Ni siquiera he tenido ocasión de ser mínimamente útil, pero decido levantarme enseguida y alejar a Xerion antes de que estos dos encuentren la manera de matarse.
En cuanto salimos de los corredores del ala real, los soldados de mi escolta se colocan en fila detrás de Xerion y de mí sin decir palabra.
Bien, Zarek es muy protector. Desde que llegué aquí, si él no está conmigo, no he dado un solo paso sin que unos cuantos guerreros fornidos me vigilen. Pero ¿por qué desplegar tanta seguridad e incluso confiarme a Xerion si no hay nada que temer?
—Entonces, Xerion, ¿cómo de grave es la situación?
El guerrero me lanza una mirada cautelosa y finge no entender.
—¿A qué te refieres?
Señalo con el pulgar a los zendar armados detrás de nosotros.
—A eso me refiero.
Lo oigo murmurar algo entre dientes, pero luego decide responder.
—Su ascenso al trono se produjo en circunstancias que distaron mucho de ser... pacíficas.
Puedo creerlo. Al fin y al cabo, mató a su hermano.
—Pero el pueblo zendar está contento de que sea su nuevo rey.
—El problema soy yo, ¿verdad?
Los ojos iridiscentes de Xerion evitan los míos, y lo veo apretar los dientes.
No necesita responder; su lenguaje corporal ya lo ha hecho.
El problema soy yo, la humana que lleva en su vientre al heredero del trono: un mestizo.
No es de extrañar que el pueblo zendar no esté precisamente encantado con la noticia.
—¿De verdad Zarek teme por mi seguridad? ¿Cree que alguien podría intentar...?
Las palabras hacerme daño quedan suspendidas en el aire cuando Xerion me agarra del brazo y nos detenemos en seco.
—¿Qué pasa?
El corredor por el que caminamos es un túnel fresco salpicado de enredaderas que trepan por las paredes. No oigo nada, pero el oído de Xerion es mucho más agudo que el mío.
—Visitantes inesperados —dice, olfateando el aire—. Vienen de Guardiara.
—¿Cómo lo sabes?
—Los humanos que no se bañan apestan.
Cierto.
Xerion reanuda la marcha, alejándose del eco de voces que ahora yo también puedo oír. Pero no lo sigo. Los soldados de nuestra escolta me observan, inmóviles.
Quiero saber quién ha venido desde la ciudad. ¿El embajador? ¿Mi madre y Hiroshi? Quienesquiera que sean, cruzaron el desierto a plena luz del día. Ningún humano haría eso a menos que estuviera desesperado.
—¡Oye! ¡¿Adónde vas?! —Xerion intenta detenerme.
—A ver quién ha venido —respondo mientras sigo en la dirección opuesta.
—Ashka, maldita sea. Le dije a Zarek que te llevaría a ver a Vortex.
—Iremos después.
—Escucha —resopla mientras me persigue—. Si te pasa algo, ¡el rey me cortará las pelotas!
Tras un par de giros, atravesamos una puerta que da a un vasto salón. Lo reconozco enseguida porque Zarek me ha traído aquí antes. Es el Salón de los Ecos. Lo contemplamos desde un lugar apartado de la multitud que se ha congregado alrededor de la inmensa escalinata del centro.
Veo a Zarek rodeado de sus consejeros, y también hay un grupo de soldados que escoltan a una mujer hacia él. Ella también es zendar, pero se resiste. Intenta morder a los soldados y, en un momento dado, logra liberar un brazo. Se da la vuelta y escupe en la cara de uno de ellos.
—¿Dónde están los humanos que mencionaste? —le pregunto a Xerion, desconcertada.
Él parece aún más atónito que yo.
—No lo entiendo... Es esa mujer la que huele a humano.
Incluso desde esta distancia, se ve lo sucia y mugrienta que está. No hay duda de que también huele mal. Pero no es humana. En absoluto. Es varios centímetros más alta que yo y tiene el cabello de un azul pálido. Su piel no es gris del todo, sino que tira a rosa.
—¡Soltadme, bastardos inmundos! —grita—. ¡Mutantes asquerosos! ¡No soy una de vosotros!
Habla en ráfagas cortas con una voz ronca y áspera que reconocería en cualquier parte, aunque nunca haya visto su rostro.
No puede ser...
Mi mirada se detiene en su ropa sucia: una vieja túnica negra manchada y unos pantalones morados, la vestimenta de los condenados a muerte en Guardiara. Es ella, sin duda. Mi vecina de celda.
¿Qué hace aquí? Bueno, eso da igual: ¿es zendar? ¿O es humana?
Paso corriendo junto a Xerion y bajo los escalones.
—¡Ashka! —lo oigo gruñir mientras intenta agarrarme.
Zarek ya nos ha visto. Xerion no tiene más remedio que darse por vencido y suelta un fuerte suspiro.
—He intentado llevarla adonde tenía que ir, ¿vale?
Zarek está bastante sorprendido de verme aquí, aunque ya parecía desconcertado antes de que yo llegara. Está tan perplejo como todos los demás ante la mujer salvaje que jura y se debate presa de una rabia asesina.
—¡Eh, tú! —le grito, furiosa al recordar cómo se rio de la tortura que Maya y yo soportamos—. ¡Vaya, vaya, mira quién aparece!
Zarek parece aún más atónito.
—¿Os conocéis?
—Por desgracia, sí.
Por fin se calma y me mira. Tiene una enorme mata de pelo que le cae sobre la cara, como si jamás hubiera visto unas tijeras.
Bajo un moño enmarañado, sus ojos son claros, pero, a diferencia de los de los Zendar, carecen de ese brillo opalescente.
Un destello de reconocimiento les cruza la mirada, y una sonrisa nada amistosa le tuerce el rostro.
—Tú eres la puta de los Zendar, ¿eh?