Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

Ashka

Hoy, seis días después de despertar, oriné por primera vez. Daba igual cuánta agua bebiera, mi cuerpo absorbía cada gota sin soltar ni una, como tierra reseca que lleva demasiado tiempo sedienta. Mi piel ha mejorado, pero todavía no me he recuperado del todo.

El médico zendar dice que el bebé está bien, pero por precaución, Zarek envió a sus hombres a buscar una comadrona humana para que venga a Jara a atenderme.

—Hoy me siento con fuerzas para subir a la superficie y saludar a Vortex —anuncio emocionada—. ¿Vendrás conmigo?

Zarek acaba de levantarse de nuestra cama y me regala una vista escultural de su cuerpo semidesnudo. Su piel oscura me hipnotiza. Mis ojos recorren su cuerpo, y confirmo que sí, sin duda me encuentro mejor si soy capaz de desearlo con tanta intensidad.

—Tengo una reunión del consejo dentro de poco —dice con pesar mientras se acerca al armario donde estoy—. No podré llevarte hasta que haya oscurecido del todo.

Los zendar son nocturnos. Se levantan justo antes del atardecer y vuelven a la cama poco después del amanecer.

Mi ritmo circadiano ya estaba alterado por el viaje a Kenora, así que este cambio de horario no me afecta.

Pero Zarek sabe lo mucho que me gusta el sol y que, como humana, disfrutar de él en la superficie, dentro de los límites florecientes del oasis, es bueno para mi salud.

—¿Quieres ir sola? —propone—. Puedo pedirle a Xerion que te acompañe. Luego, si quieres volver a visitar a Vortex conmigo más tarde, podemos dar un paseo bajo las estrellas.

La idea de estar a solas con él bajo el cielo estrellado me trae recuerdos de noches ardientes que me secan la boca. La vista de su pecho desnudo no ayuda a distraerme de las imágenes sensuales que desfilan por mi mente.

—Creo que acepto la oferta entera —respondo, mordiéndome el labio.

Una chispa traviesa brilla en sus ojos. Es evidente que sabe adónde han volado mis pensamientos, aunque no estoy segura de si me ha delatado el aroma de mi excitación o la forma en que lo devoro con la mirada. Lo que sí veo es que el deseo también arde en sus ojos.

—¿Y cuánto de pronto es ese pronto del consejo? —bromeo, enrollando un mechón de pelo en el dedo.

—Ashka... —El gruñido profundo de su voz al pronunciar mi nombre suena como una advertencia para que no siga. Pero es él quien se acerca primero, encendiendo todos mis sentidos.

—Mi piel se ha curado y echa de menos tus caricias.

—No tanto como yo echo de menos estar dentro de ti.

El armario a mi espalda me sostiene mientras Zarek me acorrala contra él. Su boca encuentra mi cuello desnudo y deposita un beso que me hace estremecer.

—Pronto, mi amor. Pronto. Todavía no estás bastante recuperada para disfrutar de todo lo que quiero hacerte. —Cada palabra que pronuncia despierta en mí una protesta que lo desafía sílaba a sílaba.

Me pongo de puntillas y aprieto mi cuerpo contra el suyo.

—Déjame decidirlo a mí.

Mis pechos, cubiertos solo por el camisón, se presionan contra su pecho desnudo. Cuando nuestras caderas también chocan y noto lo excitado que está, un gemido ronco escapa de su garganta.

—Ashka... —Mi nombre suena ahora como una súplica—. No me tientes.

—Te estás volviendo demasiado protector, mi rey.

—Eres mi mayor tesoro —susurra sin dejar de devorar mi cuello con besos—. Es lógico que te proteja. Y cuando volvamos a hacer el amor, quiero que tengamos todo el tiempo del mundo.

Todavía no estoy segura de querer soltarlo, pero Zarek no me deja elección. Se escabulle de mi abrazo y recoge el vestido que estaba a punto de ponerme.

—Deja que te ayude a vestirte.

Me ayuda a ponerme el vestido y me ajusta los tirantes. Pero sus dedos me tocan como si quisieran desvestirme, y sus ojos siguen acariciándome con una mirada de pura provocación.

—Para que sea justo —protesto—, ya que tú me lo has puesto, quiero que seas tú quien me lo quite después.

Sus hoyuelos se marcan con picardía.

—Me parece justo.

Luego le toca vestirse a él. Suspiro mientras me despido de sus abdominales esculpidos, que desaparecen bajo la chaqueta.

Me encantaría ayudarlo a vestirse como él me ha ayudado a mí, abrochándole los cierres plateados del cuello o pasándole las armas.

Pero sé que la mano que Zarek perdió lo ha afectado más allá de la herida física, así que me contengo.

Necesita demostrarse a sí mismo que puede hacer todo como antes.

No quiero que un gesto tierno lo haga sentirse un inválido. A mis ojos, es tan fuerte como siempre.

Después de colocar con cuidado sus dagas, una por una, Zarek se pone la corona y se acerca para darme un beso de despedida.

—No siempre será así. Pronto tendremos más tiempo para nosotros...

—Lo sé —lo interrumpo. No tiene que disculparse.

Acaba de convertirse en rey de los zendar, y los gobernadores de todos los oasis vienen a presentarle sus respetos.

Por no hablar de que, desde que ofreció a Guardiara agua gratuita a cambio de la caída de la emperatriz, ha estallado una guerra civil en la ciudad.

El pueblo zendar está en alerta y todos los guerreros andan ocupados con las consecuencias de la revuelta—.

Tienes cosas más importantes de las que ocuparte.

—Tú eres más importante. Todo lo que hago, lo hago por nosotros. Por un futuro en paz juntos.

—Lo sé.

Zarek declaró su intención de hacerme su reina incluso antes de que me recuperara. En eso es inflexible. Mató a Craven y reconoció la paternidad de nuestro hijo delante de todos, tanto zendares como humanos. Fueron mis padres quienes me lo contaron.

—Venga, ve —lo insto—. Pero no me dejes con Xerion demasiado rato, o él y Maya acabarán apuñalándose.

Mi broma le arranca una sonrisa.

—Debería hablar con él y explicarle cómo se corteja a una mujer.

—¿Ah, sí? ¿La está cortejando? Siempre anda buscando cualquier excusa para discutir con ella.

Zarek se ríe entre dientes. —Exactamente a lo que me refiero. Le vendrían bien algunos consejos.

No estoy segura de estar preparada para ver a mi amiga metida en una relación romántica con Xerion... Es... bueno, no es precisamente la clase de hombre que elegirías para tu mejor amiga.

—Tengo que irme ya —dice Zarek. Mientras atraviesa las puertas de nuestros aposentos, lo oigo hablar con los soldados asignados a mi custodia.

Siempre hay varios apostados fuera de nuestros aposentos.

Zarek está preocupado por mi seguridad, y yo también empiezo a temer en cuántos problemas se está metiendo por mi culpa y por su «apertura» hacia los humanos.

Además de mí, Maya, mis padres, Bravo y Navika con el bebé, hay catorce chicas liberadas del harén del rey Draconos que se alojan en Jara: más humanos de los que jamás se han visto en una de sus ciudades subterráneas.

¿Nos aceptará el pueblo zendar? ¿O estará Zarek alterando a su propia gente? ¿Acabarán rebelándose como hicieron en Guardiara?

La revuelta que Elara anhelaba está ocurriendo de verdad. Espero que esté a salvo, que su vida con el príncipe Zephyr no sea ni de lejos tan terrible como lo que Zarek y yo vivimos.

Tengo esperanza. Incluso optimismo. Es inevitable cuando te sientes tan afortunada.

Estoy en Jara con Zarek, y salvo Elara, todos los que de verdad me importan están aquí.

Mi hijo está bien. He perdido a Nana, y no estoy segura de querer saber qué fue de mi madre y de Hiroshi.

Aun así, nunca he tenido tantas razones para ser feliz a la vez.

Como de costumbre, me he quedado paralizada, perdida en mis pensamientos.

Como he hecho toda mi vida, alargo la mano hacia mi velo antes de salir, pero ya no está. Ya no tengo velo. Ya no soy una Doncella de la Emperatriz.

La sensación de libertad no es solo satisfactoria; va más allá de eso.

Salgo y saludo a los soldados que me custodian.

—¿Le gustaría ir a algún lugar, señorita Ashka?

—Estoy esperando a Xerion, pero me gustaría ayudar en los aposentos reales mientras tanto. No hace falta que me acompañen.

Los cuatro guerreros intercambian miradas desconcertadas. —Señorita Ashka, el rey Zarek nos ha ordenado no perderla de vista jamás. Debemos obedecer.

Aún no he memorizado los nombres de todos los zendar que he conocido, pero para mi escolta, Zarek ha elegido a sus guerreros de mayor confianza: los que lucharon por él tras matar a Draconos. Se nota que se toman muy en serio su deber de protegerme.

—Está bien —digo, cediendo mientras echo a andar.

Zarek y yo seguimos ocupando sus antiguos aposentos, mientras los demás ayudan a vaciar los aposentos reales de todo lo que pertenecía al rey Draconos, su esposa Naga y los miembros más leales de su corte.

Zarek conocía bien a los partidarios de su hermano y los apartó a todos.

Ha nombrado a personas de su confianza para los cargos más importantes y como consejeros, y ahora se están instalando en esta parte del oasis.

En cuanto entro en el corredor que conduce a los aposentos reales, el ajetreo se intensifica.

Si la belleza de la Sala de Audiencias de la emperatriz me dejó sin aliento con sus plantas en macetas y su vegetación, los pasillos subterráneos de Jara son un auténtico paisaje encantado.

A pesar de estar bajo tierra, las plantas crecen por todas partes, y la luz encuentra formas inexplicables de llegar hasta aquí.

He llegado a creer que son las propias raíces de las petragemmas las que reflejan la luz.

Mientras me aparto para dejar pasar a alguien que lleva dos cajas grandes, me doy cuenta de que es mi padre, Victor.

—Buenos días, Ashka —dice. Jadea por el esfuerzo, pero no suelta su carga—. Hoy tienes muy buen aspecto.

—Quizá deberías decir buenas tardes, papá —respondo con una sonrisa—. Fuera ya casi es de noche. No puedes estarte quieto, ¿verdad?

—Es lo menos que puedo hacer para agradecer la hospitalidad. Rajiv y las chicas ya están allí, por si las buscas.