Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Zarek

—Ashka, mi amor, ¿qué te han hecho?

La estrecho contra mí, protegiéndola de la luz. Temo causarle dolor con el más mínimo roce. Su piel... ya no es piel, sino una masa quemada de carne y ampollas.

Está sufriendo, y desearía poder ocupar su lugar. Cargaría con todo su dolor si eso la hiciera sentir mejor.

¿Cómo pudieron hacerle algo tan terrible? Es una mujer embarazada.

Lanzo una mirada enfurecida a los soldados que nos rodean. No nos apuntan, pero están listos para echar mano de sus armas.

—Agua. Ahora —ordeno.

No me bastan las manos para proteger a Ashka del sol con mi capa y darle de beber al mismo tiempo. Xerion acude en mi ayuda y vierte un poco de agua entre sus labios.

—Mójale la cabeza también.

La dejaron expuesta al sol durante tantas horas que es un milagro que siga viva.

Su piel en carne viva arde, y un gemido de dolor escapa de su garganta cuando el agua le moja la cabeza y los hombros.

Las esposas que tenía en las muñecas ahora yacen en el suelo, pero han dejado marcas moradas en su delicada piel.

Siento el impulso de matar, de masacrar a cada soldado que participó en esta atrocidad, de degollar yo mismo a la emperatriz. Pero Ashka necesita sombra y atención inmediata.

Me duele pedirle a Xerion que lo haga en mi lugar, pero me trago el orgullo y le confío a Ashka. —Cógela, volvamos a cubierto.

La emperatriz solo permitió que cuatro de nosotros entráramos en la ciudad: Xerion, Ator, Gundar y yo.

Podría habernos hecho llegar a Ashka hasta el ejército que he desplegado alrededor de las murallas de Guardiara.

Sin embargo, obligada a rendirse bajo la amenaza de que les cortaran el agua, la emperatriz se dio el gusto de ver al Rey de los Zendar desfilar desarmado por su ciudad.

Rudian y mis guerreros insistieron en que me quedara fuera de las murallas a esperar, pero no quise escucharlos.

Temía demasiado por la vida de Ashka, y con razón.

Si hubiéramos llegado solo unos minutos más tarde, habría muerto.

Incluso ahora, su vida pende de un hilo. La suya y la de nuestro hijo.

Cuando regresamos del techo del palacio real, la embajadora Safira nos aguarda. Observa impasible la figura maltratada de Ashka y señala las escaleras, indicándonos que debemos irnos.

—Obtuviste lo que querías, Rey Zarek. Ahora, como acordamos, te irás.

Avanzo bruscamente hacia ella, conteniendo a duras penas el impulso de hundir mis dedos en su cuello como hice con Draconos. Estoy herido y debilitado, pero no tanto como para no poder matar a esta perra.

—Si Ashka no sobrevive —prometo—, todos moriréis de sed.

Mi amenaza basta para silenciarla. Se aparta para dejarnos pasar. Xerion, que lleva a Ashka en brazos, pasa junto a mí hacia la salida.

—Mis padres... Maya...

Es Ashka quien habla. Ha abierto los ojos y extiende una mano hacia mí. Su mirada sufriente y mi incapacidad para consolarla me desgarran el pecho.

—Mis padres... Maya... —repite. No estoy seguro de que pueda verme realmente a través de la neblina que nubla sus ojos.

—Vendrán con nosotros —le prometo. Quizá no pueda verme, pero debe de reconocer mi voz, porque se calma y vuelve a desmayarse.

Me vuelvo hacia Safira, y ella niega con la cabeza. —No es posible. Querías a Ashka, y la obtuviste.

—Me llevaré a cualquier humano que quiera seguirme fuera de aquí —respondo con firmeza.

Safira enrojece de ira. —No tengo permiso para dar una orden así. La emperatriz...

—La emperatriz estará complacida si obedeces. Y rápido. Por cada minuto que me hagas esperar, cortaré el suministro de agua de la ciudad durante un día entero. Manda a buscar a los padres de Ashka y a su amiga, Maya. Inmediatamente.

Safira no tiene más remedio que obedecer. Asiente mostrando los dientes y ladra órdenes a sus hombres, que salen corriendo. Nosotros tampoco nos quedamos quietos. Nos dirigimos a la planta baja y al atrio del palacio real.

Es pleno día, la hora en que la gente se encierra en sus casas para escapar del calor.

Pero la conmoción de nuestra llegada ha atraído a una multitud de curiosos.

Hombres y mujeres, sanos y bien alimentados, limpios e indiferentes a la suerte de los humanos que no pertenecen a este sector.

No sienten piedad por la muchacha quemada que tienen ante ellos.

Solo quieren ver al Rey de los Zendar llevarse a la mujer condenada.

Cada par de ojos clavados en nosotros me recuerda a los de mi hermano. Ojos que albergan un monstruo hambriento, ávido por desgarrar. Miradas que comparten la misma codicia y el mismo egoísmo.

Los soldados que Safira envió a buscar a los seres queridos de Ashka han regresado con muchas más personas de las que esperaba. Hay tres hombres y Maya, que solo puede caminar con la ayuda de otra mujer que lleva a un niño colgado al cuello.

La embajadora señala a los recién llegados. —Victor, Rajiv e Hiroshi Solarena, los padres de Ashka, y Maya, su sirvienta.

—Con su hermana —añade la mujer que la sostiene—. Y mi hijo. Maya no va a ninguna parte sin nosotros.

Ni podría. Maya parece apenas viva, con un vendaje que le cubre media cabeza.

Oigo a Xerion contener el aliento y emitir un sonido parecido a un gruñido. —¿Qué le han hecho?

—Ayudadlas —ordeno a Ator y Gundar antes de volverme hacia los tres humanos que acaban de llegar. El más alto es sin duda Victor, el padre biológico de Ashka. Los otros dos tienen rasgos y complexiones tan distintivos que resulta evidente que Ashka los ha heredado.

Victor y el hombre de piel más oscura se acercan de inmediato a Ashka, llenos de preocupación. El tercero, de ojos rasgados y cabello negro, se queda atrás, indiferente ante la visión de su hija. Ese debe de ser Hiroshi. Ashka me habló de él.

—No quiero al pequeño —le digo a la embajadora—. Solo Victor y Rajiv vendrán con nosotros.

Los dos hombres, de pie cerca de Xerion y Ashka, levantan la cabeza, sorprendidos de que los reconociera sin necesidad de más presentaciones.

Victor intenta coger a Ashka de los brazos de Xerion; quiere llevarla él mismo. Lo detengo con una mano en el hombro. —Deja que Xerion la lleve. Será más rápido.

El hombre me mira directamente a los ojos y parpadea un par de veces. Luego su mirada se posa en el muñón donde termina mi antebrazo. —Eres Zarek, ¿verdad?

—Ya habrá tiempo para presentaciones. Ahora, vámonos.

No miro a ninguno de los humanos a quienes doy la espalda. Salimos al sol abrasador y me concentro únicamente en ayudar a Xerion a mantener a Ashka cubierta mientras corremos por las calles desiertas de la ciudad.

En las puertas de cada sector, parapetados tras barricadas que los protegen de los rayos del sol, los soldados nos fulminan con la mirada a nuestro paso.

Encargué a Rudian que fuera a los barrios bajos a buscarnos un carruaje para enganchar los dunasaurios.

Veo uno esperándonos justo más allá de la puerta de la ciudad, al frente de mis hombres en sus monturas.

No lo reconozco al principio con las gafas de soldar y la capa ignífuga, pero la voz atronadora que nos da la bienvenida es sin duda la de Bravo.

—¡Por aquí, por aquí! ¡Rápido, a la sombra! —Nos hace señas y abre de golpe la puerta trasera del carruaje.

Este vehículo no se parece en nada al que Ashka y Elara usaron para viajar a Kenora. Es poco más que un carro cubierto con un par de asientos desvencijados. Pero los humanos saltan dentro de inmediato y extienden sus capas en el suelo para tumbar a Ashka, inconsciente.

Xerion la deposita, y cuando Bravo ve su rostro cubierto de ampollas, retrocede horrorizado. —Bastardos inmundos —masculla.

—Agua. Necesita agua —suplica Victor—. Y ungüentos para las quemaduras.

El agua llega de inmediato, junto con el médico real. El doctor tuvo que seguirnos hasta aquí por mis heridas, y espero que se desenvuelva igual de bien con una humana.

No hay espacio para mí dentro del carruaje, así que me aparto para que la puerta se cierre y proteja a Ashka y a los demás humanos de los rayos del sol.

Por favor, que no muera…

—Zarek… —me llama Xerion, pero apenas lo oigo mientras una desesperación ciega me invade.

Puedo soportar cualquier cosa, pero no que ella me abandone cuando estoy a solo unos pasos. No cuando la esperanza de haber llegado a tiempo todavía arde en mi alma, y las murallas de la ciudad de la que la salvé nos observan con rencor.

—Zarek… ¿Ordeno a los hombres que se pongan en marcha? ¿Quieres que deje un escuadrón atrás para bloquear el camino?

Xerion teme que los humanos hagan algo verdaderamente estúpido, como atacarnos mientras nos retiramos.

La ira se apodera de mí. Mis ojos buscan a los soldados escondidos bajo sus capas, que nos espían desde lo alto de las murallas. Entre ellos está el general Craven.

—¡Te estás llevando a una puta a casa! —me grita con las manos en bocina—. ¡Ashka lleva el hijo de otro hombre! —me advierte con malicia.

Idiota pomposo, hasta el mismísimo final…

¿Cree que puede robarme un poco de mi felicidad en mis propias narices? Necio ignorante. ¿De verdad cree que puede arrastrar el nombre de Ashka por el fango delante de mí?

Mi rabia explota. Abre un abismo en mis entrañas. Tiene dientes y muerde, garras, y se traga incluso la luz cegadora del sol que nos golpea. Este sentimiento y yo somos viejos conocidos, pero hoy ya no tengo razón para contenerlo.

Avanzo por la arena y me acerco al soldado más cercano. —Dame tu lanza.

Es solo un poco más joven que yo. Abre los ojos con incertidumbre, pero obedece sin vacilar.

Craven me ve agarrar la lanza con mi única mano.

Sus ojos también se abren de par en par.

Pero para cuando se da cuenta de lo que está pasando, ya es demasiado tarde.

La lanza ya ha salido de mi mano. El lanzamiento es perfecto.

He vertido toda mi rabia en él, e incluso he calculado el salto sobresaltado de Craven en la trayectoria.

Retrocede medio paso —ni siquiera puede dar un paso completo— y la punta de la lanza le atraviesa el pecho. Baja la mirada, atónito, hacia el asta que lo atraviesa de lado a lado. El horror que se apodera de su rostro llena el abismo en mi pecho de pura satisfacción.

Todos enmudecen: los soldados aterrorizados en las murallas y los Zendar atónitos a mi alrededor.

Los rifles y pistolas que habían permanecido inmóviles ahora se alzan y nos apuntan mientras el cuerpo sin vida de Craven se desploma en los brazos de otros dos humanos.

No retrocedo. Ni un centímetro.

—No iniciarán una guerra que no pueden permitirse.Mi voz es clara, fuerte, llena de una autoridad que ni siquiera sabía que poseía. Los humanos se quedan inmóviles, se miran unos a otros con confusión, pero uno por uno, bajan las armas.

—Joder —exhala Xerion, soltando el aire que había estado conteniendo—. No ha sido precisamente sutil, mi rey.

Hay una cosa más que debo hacer antes de irnos.

Al abrir la boca para hablar de nuevo, la corona en mi cabeza adquiere un nuevo peso, me recuerda su presencia y confiere una nueva solemnidad a cada palabra que pronuncio.

—Ashka Solarena se convertirá en mi esposa, mi reina —declaro—.

Y el hijo que lleva es mío. Mitad humano, mitad Zendar.

La noticia deja mudos a hombres de ambas razas. El silencio atónito parece viajar por el desierto interminable que nos rodea, como si pudiera alcanzar cada ciudad que queda en este mundo de arena.

—Vuestra sociedad está podrida, corrupta y decadente hasta la médula —digo, dirigiéndome a los soldados de Guardiara—.

No hay humanidad ni justicia en vuestras leyes.

Vivís bajo el yugo de una tirana que condena a todos los demás a vivir como animales para privilegio de unos pocos.

¡Alzaos! Matad a la emperatriz. Derribad los sectores.

Y os juro que ni un solo humano en esta ciudad tendrá que pagar por agua nunca más.

Estas son más que palabras. Son una promesa de revolución.

La confusión se extiende por los rostros de los humanos que me miran, pero la semilla ya está plantada.

La idea de una revuelta se infiltra en sus mentes.

Dejarán este lugar y se lo contarán a otros, que a su vez se lo contarán a otros.

Las murallas de esta ciudad pueden ser fuertes y sólidas, pero son impotentes contra una rebelión que crece desde dentro.

Me retiro y doy la espalda a la ciudad.

—Ahora podemos irnos —le digo a Xer—. No necesitaremos escuadrón en la retaguardia.