Capítulo 30
Zarek
—Rey Zarek, ¿puede oírme?
Rey. ¿Todavía estoy soñando?
—Esto debería ayudarlo a despertar —dice alguien cerca de mí, con tono preocupado. No reconozco la voz—. Pero no creo que sea prudente despertarlo en su estado actual...
—Hazlo de todos modos.
El olor penetrante del amoníaco me invade las fosas nasales y desciende por la garganta, provocándome un espasmo. Abro los ojos de golpe. Xerion, Rudian y Ator están aquí, y quien sostiene un pequeño frasco bajo mi nariz es el médico personal del rey... pero Draconos está muerto.
Lo maté.
—Me alegra tenerte de vuelta, rey Zarek —dice Xerion con una sonrisa de alivio.
Rey. ¿De verdad soy el rey ahora?
—¿Cómo estás, muchacho? —me pregunta Rudian. Es la primera vez, desde que descubrí que no estaba muerto, que lo miro a la cara a plena luz. El hombre que tengo delante es una pálida sombra de la persona que conocí. Aparenta el doble de su edad. Su piel es tan gris y fina que parece casi azulada.
Aunque tampoco estoy yo en posición de juzgar la apariencia de los demás. Mi cuerpo es una sola masa de extremidades pesadas y doloridas. Tengo la lengua pegada al paladar, y la boca se niega a obedecerme...
Tengo que concentrarme para atravesar la niebla que me rodea y evitar hundirme de nuevo en la inconsciencia.
—Ashka —digo. Mis ojos se clavan en Xerion—. ¿La encontraste?
—Encontré la nota que tenía Draconos, pero ningún rastro de Ashka.
La noticia me sume en la angustia, y mis sentidos cobran vida de golpe.
—Hemos buscado a Ashka por todo el desierto y en cada convoy que ha salido de Guardiara, pero nada —continúa Xerion—. Ashka todavía está en la ciudad.
—Ashka está embarazada de mi hijo. Tengo que... —Un jadeo interrumpe mis palabras cuando intento incorporarme. La parte inferior de mi torso está cubierta de vendajes.
—Rey Zarek, por favor —el médico me ruega que me quede quieto—. O reabrirá sus heridas.
—Es un milagro que la hoja de Draconos no te destripara —coincide Ator, entornando los ojos con severidad.
Los ignoro a todos y me incorporo. —¿De verdad soy el rey? —pregunto, atónito—. ¿Cómo sucedió?
Rudian se acerca a mi lado, pasando junto al médico. —Cuando los soldados entraron en el Salón del Dominio y te encontraron a ti y a Draconos en un charco de sangre, lucharon entre ellos. Los que querían llevarte a un médico ganaron.
—De acuerdo. —Entonces puedo hacer uso de nuestros soldados—. Rudian, considérate el nuevo consejero del rey a partir de este momento. Xerion, quiero que veinte de nuestros barqueros tomen posiciones para vigilar las puertas de la ciudad de inmediato.
Xerion me dedica una sonrisa arrogante. —Ya están en su lugar, mi rey. Listos para interceptar a tu chica. Relájate.
Ni siquiera el hecho de que ahora sea rey puede hacer que Xerion sea menos descarado.
Me impulso lo suficiente para poner los pies en el suelo. El cambio de peso desata una oleada de dolor agudo que irradia desde el estómago.
—¿Adónde crees que vas? —espeta Xerion—. ¡Te han apuñalado!
—A Guardiara, en persona, para exigir la liberación de Ashka.
—Zarek, estás medio muerto... —No añade «y te falta una mano», pero su mirada hacia mi muñón lo dice todo—. No puedes luchar ni cabalgar así.
—Entonces no usaré la fuerza. Si la emperatriz no me entrega a Ashka, cerraré cada una de las tuberías que llevan agua a la ciudad.
No permito que nadie me ayude a levantarme. Estoy bien. Tengo que estar bien. No hay tiempo que perder, y no cometeré más errores.
—Ahora eres rey, y como tal, esto es tuyo. —Rudian me ofrece la corona. Descansa sobre un cojín de tela roja y es una joya de exquisita artesanía. El oro rosa representa los colores del desierto, y las gemas oscuras, la oscuridad brillante de la noche. Y ahora me pertenece...
Vacilo. Nunca había considerado la posibilidad de llevarla yo mismo algún día, y su peso es algo que no me siento preparado para soportar. No he elegido bien para mi pueblo hasta ahora. No fui capaz de mantener a Ashka conmigo ni de protegerme a mí mismo.
—Ponte esa corona en la cabeza, Zarek —me insta Xerion, percibiendo mi vacilación—. No cuesta nada ser mejor rey que Draconos, y tú serás un rey excelente.
***
Cuando lo veo en su recinto, Vortex no parece haberse resentido por mi ausencia. Está tan enérgico y vigoroso como siempre. En cuanto nota que alguien se acerca, gira la cabeza bruscamente y nos resopla con aire amenazador.
—Nadie pudo montarlo mientras estuviste fuera —me informa Xerion. Está pegado a mis talones, como si temiera que me desplomara en cualquier momento—. Draconos se lo había dado a Nexor, pero no salió muy bien.
—¿Qué le pasó a Nexor?
—Cuando mataste a Draconos, llevaba días postrado en cama porque tu dinosaurio lo había mordido. Ahora está en las mazmorras.
El recuerdo de la cueva estrecha donde estuve prisionero durante días me despierta una oleada de compasión. Pero ahora mismo no puedo ocuparme del antiguo lacayo de mi hermano. Ya decidiré su destino más tarde. De momento, tengo que montar y llegar a Guardiara.
A Vortex nunca le ha hecho gracia que lo ensillen.
Cuando lo llamo, viene, pero sin ninguna amabilidad.
Se ha dado cuenta de que estoy herido. Huele la enfermedad en mí, y ya no tengo mano derecha.
A sus ojos, estoy más débil que nunca. Se detiene y me mira con los ojos entrecerrados. Me bufa, desafiándome.
—Zarek, podríamos enganchar unos dunasaurios a un carruaje…
—No —respondo con firmeza—. No llegaríamos a tiempo.
Ashka me ha enseñado más sobre mi dunasaurio que todos los maestros y entrenadores que he tenido. Miro al gran lagarto a los ojos y le hablo con calma.
—Deja de hacerte el imbécil, Vortex. Tenemos que ir a buscar a Ashka.
Ella le gusta. Con solo mencionar su nombre, la gorguera del cuello se le cierra y sus ojos se vuelven menos feroces.
—Sí, Ashka. Tenemos que ir a buscarla.
Suelta un chirrido ronco, un sonido que casi sería dulce si no viniera de una bestia como él. También echa de menos a nuestra chica. Nadie lo ha mimado ni consentido como ella.
Xerion no da crédito.
—¿Le tiene cariño a Ashka?
El propio Vortex da la respuesta. Se acerca a su arnés, que descansa sobre la valla, deseoso de que lo ensillen.
Una operación que me resultaría imposible con una sola mano si no fuera por su ayuda.
Mete el hocico en el arnés por sí solo y se queda quieto mientras le ajusto la correa de la silla bajo el vientre.
A Xerion se le salen los ojos de las órbitas.
—Increíble. Este cabrón casi le arranca el brazo a Nexor de un mordisco, pero en cuanto dices el nombre de Ashka, se porta bien.
—Ni me lo recuerdes —respondo con una sonrisa—. Mi ego sufría un golpe cada vez que ella lo hacía ronronear como un gatito.
Me cuesta ponerme en pie. He perdido mucha sangre y mis heridas son más graves de lo que quiero admitir.
Pero el calor que nos espera fuera del oasis me ayudará a soportar el viaje e impedirá que sangre de nuevo.
La piel zendar se engrosa para contrarrestar el clima abrasador del desierto.
No sanaré más rápido, pero las heridas no volverán a abrirse ni atraerán a los gusanos de arena.
—No hay tiempo que perder. —Aprieto los dientes y me subo a la silla de Vortex—. Si Ashka intentó escapar y la capturaron, cada minuto que pasa podría costarle la vida.