Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Ashka

Cuando me traen de vuelta a la celda, Maya no está.

—¿Qué le hicieron? ¿Dónde está Maya?

Nadie responde. Solo recibo muecas sarcásticas y un empujón que me hace caer de bruces sobre el suelo inmundo.

En cuanto los soldados se van, me aferro a los barrotes y llamo a la otra prisionera.

—¡Eh, tú! ¿Sabes qué pasó? ¿Adónde se llevaron a mi amiga?

No responde, y temo que también se la hayan llevado.

—¿Puedes oírme? ¿Qué le pasó a Maya?

—Deja de gritar —suelta con esa voz tan extraña—. La dejaron ir, y ya está.

—¿Se fue por su propio pie? ¿Podía caminar?

—¿Y yo qué sé? ¿Eres estúpida? Estoy encerrada al otro lado del pasillo. No puedo ver una mierda.

—Gracias de todos modos.

Su respuesta es un gruñido gutural y despectivo que viene a decir que me meta las gracias donde no da el sol. No sé qué hizo esta mujer para acabar encerrada aquí, pero estoy bastante segura de que algo tuvo que ver.

Retrocedo y me siento, sola con la sentencia que pesa sobre mis hombros. Expuesta al sol hasta que llegue la muerte. ¿Sobrevivirá Maya a sus heridas?

Nunca lo sabré.

Si Nana estuviera aquí, le habría llevado a Navika todo lo necesario para cuidar bien de Maya. Pero Nana ya no está.

Debería estar llorando. Por Nana, por Maya, por mis padres, por mi hijo, por la indiferencia del resto de mi familia, por Zarek, por el simple miedo al final.

Pero no puedo. Es como si me observara desde lejos, como si nada de esto tuviera ya que ver conmigo.

Sé cómo debería sentirme, pero es como si todas mis emociones estuvieran atrapadas detrás de un cristal.

Puedo verlas, pero estoy separada de ellas.

Quizá esto es lo que se siente cuando ya no puedes más. Algo dentro de mí se ha roto, y mi mente me protege de la única manera que sabe. Estoy aturdida.

Mis ojos se centran en lo único bonito que pueden encontrar en esta celda: el cielo más allá de los barrotes de mi prisión. Al principio solo había luz cegadora, pero lentamente, a medida que pasan las horas, se vuelve menos intensa, el cielo se torna azul y aparecen las primeras estrellas.

La última vez que me detuve a admirarlas, estaba en brazos de Zarek, la noche en que Craven nos sorprendió y nos separó para siempre.

Zarek dijo: Las estrellas nos guían en el desierto y nos ofrecen esperanza. Ya no me queda esperanza, pero contemplarlas de algún modo me reconforta. Perderme en la dulzura de un recuerdo es lo único que aún me queda, así que sueño que todavía estoy allí.

El sol aún no ha salido cuando los guardias regresan para llevarme. No reconozco ninguno de sus rostros —ha habido un cambio de turno—, pero los recién llegados no son más amables que sus colegas.

Me arrancan la ropa mientras uno de ellos me inmoviliza la cabeza bajo el antebrazo. Dedos sucios se entretienen manoseándome, arrastrándose sobre mi piel como gusanos. Pero su lujuria no va más allá.

Me sueltan y arrojan a mis pies la ropa para mi ejecución: una túnica vieja y negra y un par de pantalones morados manchados y malolientes. El atuendo de los condenados a muerte.

El sol está a punto de salir cuando me escoltan afuera. Desde el pasillo de la prisión, me empujan por una escalera estrecha que conduce al tejado del palacio real. A los mástiles de aquí arriba es donde atan a los condenados.

Cuando salgo al aire libre, el cielo ya está cambiando de gris a azul, despertando al mundo entero. Desde esta altura, el desierto ofrece una vista magnífica que reduce mi tragedia personal a un simple grano de arena en la interminable marea naranja que lo cubre todo.

Un soldado me empuja hacia adelante, hacia el borde del tejado y el mástil central, justo encima de la plaza.

Mi ejecución es pública, como cualquier otra. La gente se ha reunido bajo las columnatas de la plaza; pasean, charlan y ríen mientras esperan a que los soldados me aten al mástil. Algunos incluso intercambian créditos y apuestan cuánto aguantaré.

Medio día bajo el sol abrasador es una tortura que un hombre fuerte y sano podría soportar. Pero nadie ha aguantado nunca un día entero hasta el atardecer.

El borde del tejado está justo frente a mí, un salto al vacío, doce o catorce metros en caída libre sobre la plaza de piedra de abajo. Una muerte rápida, seguramente menos dolorosa que lo que me espera.

La idea de saltar batalla con mi última y desesperada esperanza de que Zarek venga a salvarme. No tengo el valor de hacerlo, y ahora ya ni siquiera tengo la opción. El soldado a mi derecha, con dientes tan amarillos como la arena, tira de mí hacia atrás.

—¿Crees que eres la primera que quiso tirarse de cabeza?