Capítulo 27
Ashka
No estás derrotada hasta que crees que lo estás.
Y yo lo estoy. Ya no se me ocurre otra salida.
El sol arde implacable contra las paredes de piedra de la celda, proyectando rayos de luz cegadores a través de las estrechas rendijas de las ventanas.
Hace un calor insoportable aquí dentro, y las campanas acaban de dar las dos de la madrugada.
Maya y yo estamos atrapadas en este infierno, prisioneras de nuestros propios miedos. En cuanto llegamos a la prisión de la Guardia Real, separaron a Rajiv de nosotras y se lo llevaron al ala de hombres. No tengo ni idea de qué le ha pasado.
Nana está muerta, mis padres están bajo arresto, y he arrastrado a Maya a una celda conmigo.
El breve sabor de vida que tuve en el desierto ha traído la ruina a las personas que amo.
Lo peor de todo es que no puedo arrepentirme de verdad porque, a cada instante, mis pensamientos vuelan hacia Zarek. Su ausencia me desgarra el corazón.
—Si te interrogan —le digo a Maya—, tienes que decir que simplemente estabas allí y que te arrastramos con nosotras para evitar que dieras la alarma.
Maya inclina la cabeza hacia un lado con angustia.
—Nunca se lo creerán. Trabajo para ti.
Tengo miedo por ella. ¿Cómo la castigarán por ayudarme a escapar?
El sol se ha desplazado de nuevo desde que estamos aquí. Nos alejamos de la cuchilla de luz que corta el suelo, y las cadenas de nuestras muñecas tintinean. Ambas sudamos profusamente, pero no nos han dado ni una sola gota de agua para soportar la espera.
Las dos nos preguntamos qué nos harán, pero ninguna tiene el valor de expresar nuestros pensamientos en voz alta, como si hablar de nuestros miedos los volviera más reales. Tengo pocas dudas de que seré condenada a muerte, pero en cuanto a Maya…
El tintineo de las llaves al girar en una cerradura nos hace saltar a ambas. El miedo incluso logra hacerme olvidar el calor insoportable.
Pasos pesados resuenan por el pasillo, seguidos de voces ásperas que discuten nuestro destino. Cuando la puerta se abre, una ola de terror me invade.
Los soldados se abalanzan sobre nosotras para separarnos. Pateo, doy codazos, lucho. Pero solo a Maya se la llevan a rastras.
—Tú espera aquí, puta zendar —se burla un soldado, empujándome con fuerza contra la pared—. No te preocupes. Traeremos a tu amiga pronto.
La puerta se cierra con los gritos de Maya mientras se la llevan a rastras. Agarro los barrotes e intento vislumbrarla, pero ya está demasiado lejos. ¿Adónde se la llevan? ¿Qué van a hacerle?
Intento derribar la puerta con el hombro, pero es completamente inútil. Me derrumbo de rodillas y presiono la frente contra el marco de metal, que arde bajo la luz directa del sol.
Solo cuando mi espalda también empieza a arder, me retiro a un rincón en sombras y lloro. Lloro más fuerte de lo que he llorado en toda mi vida.
El tiempo parece alargarse mientras espero ansiosa, con el corazón atenazado por la preocupación. El silencio en el pasillo es ensordecedor, roto solo por mis sollozos ahogados.
—¡¿Quieres callarte de una vez?! —Hay alguien más en una de las otras celdas. No respondo, y la mujer parece satisfecha—. Ya era hora de que te callaras. Estoy harta de oírte gimotear.
—¿Quién eres?
—¿Qué demonios te importa?
—¿Sabes qué van a hacerle?
—No, y me importa un bledo. Ahora cállate antes de que vuelvan los soldados y nos golpeen a nosotras también.
La voz de la mujer es verdaderamente extraña. No es tanto el tono áspero y rasposo lo que hace imposible saber si es joven o vieja, sino su cadencia. Habla en ráfagas cortas y termina cada palabra de forma abrupta.
—¿Por qué estás aquí?
—Desde luego no por haberme follado a un mutante, puta zendar —se ríe con sorna.
Quienquiera que sea, no es una sacerdotisa del templo de la bondad, eso seguro.
De repente, los guardias regresan. Un soldado abre la puerta de par en par y me amenaza con una porra mientras me ordena que me mantenga atrás. Arrojan el cuerpo de Maya al suelo como un saco de basura.
Está inconsciente y cubierta de sangre.
Los guardias abandonan la celda con la misma indiferencia con la que entraron. Me acerco a Maya con un nudo de angustia en la garganta. Intento reanimarla con toques suaves y palabras reconfortantes, pero no despierta.
No puedo distinguir dónde ha sido herida. Tiene el cabello empapado en sangre y se lo aparto suavemente del rostro.
Un grito desgarrador brota de mi garganta.
Maya… su… su…
—Le arrancaron un ojo, ¿verdad? —se burla nuestra compañera de celda.
***
Maya se ha despertado, y eso no es bueno.
Mientras estuvo inconsciente, no podía sentir el dolor.
Ahora se retuerce y gime sin cesar. Sus gemidos me rompen el corazón, pero lo único que puedo hacer es sostenerle la cabeza en mi regazo para que esté cómoda y acariciarle el cabello para calmarla. Ni siquiera tengo agua que darle.
He rasgado casi toda la camisa que llevo puesta para cubrir la cavidad de su rostro.
Le arrancaron el ojo con algo ardiente que cauterizó la herida, pero Maya necesita atención médica.
Desinfectante, vendajes limpios, algo para aliviar el dolor y prevenir la infección.
Tiene la mitad del rostro roja e hinchada, y la frente le arde.
Cuando oigo que los guardias regresan, no me engaño ni por un segundo: no vienen a traer nada para tratarla. Han vuelto por mí.
Antes de que lleguen, me quito la capa y cubro a Maya con ella. Hace un calor insoportable aquí, pero estará mejor tapada que expuesta a la luz directa del sol si ya no estoy para cuidarla.
Cuando la puerta de la celda se abre de nuevo, miro con odio a los hombres que han venido a buscarme.
Parecen perros emocionados ante un hueso.
La idea de ver a una mujer castigada, torturada, o peor no les molesta.
De hecho, es un espectáculo que no quieren perderse, como si nuestro sufrimiento fuera una especie de redención personal para ellos.
—Ahora te llevamos ante la emperatriz —dice uno de ellos, tirándome del codo—. Así aprenderás a no abrir las piernas para un mutante, zorra.
Mi rabia ya no teme las consecuencias. —¿Qué dice de vosotros que las mujeres de esta ciudad prefieran a los mutantes?
Una bofetada me cruza la cara, pero el dolor vale la pena por la satisfacción de responder como quería, aunque sea una vez.
La prisión está dentro del palacio real, lo que me ahorra una caminata vergonzosa hasta la Sala de Audiencias. El largo corredor sin ventanas por el que camino está desierto. Y sin rutas de escape.
Un murmullo indignado se alza entre la multitud de espectadores cuando los soldados me empujan a través de la entrada lateral por la que entré. Craven y Marena están en primera fila.
El aire fresco de la Sala de Audiencias, con su techo de invernadero, plantas en macetas y aire acondicionado, ofrece poco alivio mientras comparezco ante el jurado.
La emperatriz está sentada en su trono, rodeada de ramas floridas.
Mi madre, Ivra y Safira están al pie de los escalones, y todas las doncellas de la ciudad han sido convocadas.
La Doncella de las Joyas, la Doncella de las Flores...
cinco vestidos plateados, cinco velos que cubren la mitad de sus rostros, como el que yo llevaba.
Imagino que están aquí para que la emperatriz me use de escarmiento y muestre lo que le sucede a una doncella que la decepciona.
No necesito pensar mucho en cómo actuar. Qué decir. Se acabó. Ya no me quedan mentiras que contar. Nana está muerta, mis padres están arrestados y Maya yace desfigurada en el suelo de una celda.
No bajo los ojos ante la emperatriz. Ya no finjo un respeto que no siento. Estoy a punto de morir, y no lo haré con la cabeza agachada. Pero un golpe de bastón me dobla las rodillas y me estrella contra el suelo. Mis palmas chocan con dolor contra el piso.
Unas manos firmes y nada delicadas me obligan a arrodillarme. Los soldados retroceden y Safira baja dos escalones para acercarse a mí con odio en los ojos. Una mirada que coincide con los labios apretados que asoman bajo el velo de Ivra.
—Ashka Solarena, se te acusa de alta traición y conspiración contra la corona. Has tomado a un zendar como amante, has deshonrado la casa de Ivra Morrigan y has intentado traicionar a tu emperatriz huyendo de esta ciudad.
Sé cómo funcionan los juicios, aunque nunca he visto uno desde este lado. Todos los que tenían algo que decir en mi contra ya han hablado. Me han traído aquí solo para que confiese. Lo haga o no, la emperatriz decidirá mi castigo al final. Y no, no será misericordioso.
—¿Cómo te declaras? —pregunta Safira, siguiendo el protocolo.
—Soy culpable de todo.
Un murmullo colectivo surge a mis espaldas. Los guardias con sus chaquetas verdes se abren paso en la sala para restablecer el orden.
—¿Es cierto que estás esperando un hijo?
—Sí.
—¿De quién es el hijo?
Así que Marena me delató. Me giro para mirarla y la encuentro al lado de Craven, leal como siempre. Un soldado me golpea con el bastón, obligándome a mirar al frente y a responder a Safira.
—Si preguntas si es del general Craven —digo con desprecio a la embajadora—, la respuesta es no, Safira. —El bastón me golpea más fuerte esta vez, castigo por mi insolencia al dirigirme a la embajadora por su nombre de pila.
—Eso no es lo que pregunté, niña. —Nadie me llama Doncella ya. Ya no soy la favorita de la emperatriz.
—No sé de quién es —miento—. Hay más de un candidato. —Me da igual si todos piensan que soy una cualquiera. Mi secreto se irá conmigo a la tumba.
La emperatriz levanta la mano y Safira se hace a un lado.
Sus ojos claros perforan mi rostro impasible.
Me observa en silencio, pensativa, el tiempo suficiente para hacerme estremecer.
Luego su mirada se posa en mi madre. Está pegada a Ivra, como si alejarse un solo paso significara perder su favor.
—Las mujeres son una rareza en estos tiempos —dice la emperatriz—.
Y las fértiles y sanas, aún más. Tu hija será sentenciada a muerte, Adara Solarena, pero te ofrezco la oportunidad de ocupar su lugar.
Si recibes el castigo por ella, podrá dar a luz a su hijo.
Después de que nazca el bebé, le cortarán la lengua y será vendida como esclava. La elección es tuya.
Con cada palabra, mi madre palidece más, hasta que su piel adquiere el color de un cadáver. Me lanza una mirada asustada y luego se vuelve hacia nuestra soberana.
—No. —Decide sin vacilar.
No esperaba otra cosa, pero la decepción aún duele. Puede que sea la mujer que me trajo a este mundo, pero mi verdadera madre fue Nana.
—Ya no reconozco a esta joven como mi hija —continúa Adara sin volver a mirarme—. Es indigna de servirte o de llevar mi nombre. Ha manchado la pureza del velo que llevaba al tomar a un zendar como amante, ha desobedecido las leyes de nuestra ciudad y ya no la considero mi hija.
La lista de mis crímenes destila desprecio y pone toda la distancia posible entre nosotras.
Para Adara, no soy más que un objeto que ha perdido su propósito, un peón inútil y decepcionante.
Pero ya no soy la chica que no tenía valor para levantar la cabeza, escondida bajo su velo.
Ya no soy una sombra cuyo único propósito era complacer a mi madre y a Ivra.
La emperatriz ya ha dictado mi sentencia. La muerte se acerca. Esta vez, no dejaré que me pille desprevenida, asfixiada por la impotencia, con los zapatos aún llenos de piedras por sacudir.
—Tengo más que confesar —digo en voz alta. Si caigo, no lo haré sola. No me iré en silencio.
La mirada helada de la emperatriz se posa de nuevo en mí. Ivra y mi madre se quedan inmóviles.
—Emperatriz... —comienza Ivra, intentando silenciarme. Pero la soberana levanta una mano enjoyada y le ordena callar—. Habla —me insta.
—Ivra Morrigan me denunció solo porque intenté librarme de casarme con Craven. Lleva días sabiendo de mi relación con el príncipe Zarek y no tenía intención de decir nada mientras me casara con su hijo...
Ivra aprieta los puños y avanza hacia mí con gesto amenazante. —¡Emperatriz, no podéis creer las palabras de esta traidora!
Pero ella me anima a seguir. —Continúa.
—Las heridas que su látigo dejó en mi espalda hablan por mí. Ivra lo sabía y estaba dispuesta a encubrirlo todo.
No me atrevo a acusar a mi madre en voz alta. Pero su complicidad resulta obvia para la emperatriz, que les lanza a ambas una mirada capaz de convertirlas en piedra.
—¡Guardias! —llama con ira—. Escoltad a la Doncella de las Melodías y a Adara Solarena a sus casas y confinadlas allí. Consideradlas bajo arresto a la espera de una investigación.
Se las llevan a rastras. Ivra, maldiciendo a voz en grito, y mi madre, mirándome con desdén. Craven y Marena, rojos de ira, observan la escena impotentes.
Permanezco de rodillas, espectadora de mi propia sentencia de muerte. Pero la satisfacción de haberme rebelado, de haber alzado la cabeza por una vez en mi vida, me hace sentir bien y fuerte.
La Sala de Audiencias tarda un rato en calmarse. Cuando la multitud por fin se tranquiliza, la emperatriz da nuevas órdenes.
—Hiroshi Solarena —llama con voz cortante.
Mi tercer padre emerge de entre la multitud y se acerca al trono, casi a rastras.
—Sí, Alteza.
No había reparado en él antes, y si me había estado mirando, desde luego ya no lo hace. Pasa junto a mí como si mi presencia le resultara repugnante.
—Anuncia mi decisión al pueblo —le ordena la emperatriz—. Al amanecer, Ashka Solarena, Doncella de las Eras caída en desgracia, será ejecutada. Expuesta al sol hasta que la muerte llegue.