Capítulo 26
Zarek
Oscuridad. Nada más que oscuridad. Destellos de lucidez en un páramo de sufrimiento que me arrastra a un estado de locura mórbida. De vez en cuando, oigo a alguien gimoteando el nombre de Ashka. Luego me doy cuenta de que soy yo.
Pero no soy yo quien habla ahora.
—Zarek, despierta. Vamos, muchacho —es Rudian, que también está encerrado en este túnel oscuro y olvidado—. Alguien viene.
Su voz ansiosa aún conserva un rastro de esperanza de que algo bueno pueda ocurrir de verdad.
Los sonidos resuenan por el pasillo de la mazmorra. Se acercan cada vez más, pero no me importa. Estoy lisiado, mutilado, impotente. Ya no espero nada bueno. Ni siquiera la muerte, que sería un alivio a estas alturas y me permitiría olvidar todos los errores que he cometido.
La puerta de la celda se abre con un chirrido áspero. La luz, aunque tenue, invade mi visión y me ciega. Los soldados me agarran y me arrastran fuera de la celda.
El ascenso es un torbellino de sonidos, olores y colores que aturden aún más mis sentidos, desacostumbrados ya a la vida.
Cuando logro distinguir lo que me rodea, descubro que estoy en la Cámara del Dominio, arrodillado sobre el suelo de piedra pálida.
Alguien me arroja un cubo de agua encima, y la niebla que embota mis sentidos empieza a disiparse.
El rostro burlón de Draconos emerge de las sombras frente a mí, rezumando crueldad y poder.
Mi mente confusa intenta comprender el significado de este encuentro, pero si Draconos me ha traído aquí para quitarme la vida, no tengo objeciones. Ya no me queda razón alguna para seguir respirando.
—Apestas como el cadáver de un perro pudriéndose al sol, hermano —se burla, cernido sobre mí—. Estás en un estado verdaderamente lamentable.
Con un brusco gesto, ordena a los soldados que nos dejen solos.
Retrocede hasta quedar cerca de su trono.
El chapoteo de las fuentes a mi derecha capta mi atención.
El sonido del agua corriente me devuelve el recuerdo de Ashka, del baño que tomó después de que la rescataran de la tormenta de arena.
Le había prometido que le enseñaría a nadar…
—¡Zarek! —espeta Draconos—. ¡Presta atención!
Tiene algo en la mano, pero no logro distinguir qué es. ¿Una bolsa? ¿Una pelota? Lo sostiene en alto frente al pecho y lo contempla como si le fuera preciado.
—No era mi intención acortar tu estancia en las mazmorras. Sé que tienes buena compañía allá abajo —se burla—. Pero verás, ha sucedido algo bastante inusual. Y me gustaría que me ayudaras a entenderlo.
¿Ayudarlo? Me duele la parte baja del rostro cuando mis músculos, desacostumbrados al movimiento, fuerzan una sonrisa. Nunca.
Draconos me lanza una mirada cruel, pero no arremete. No me golpea. No desata su ira sobre un despojo al que ya han destrozado una y otra vez. Sonríe.
Él y yo nos parecemos. Tenemos los rasgos afilados de nuestro padre y los ojos de nuestra madre. Pero Draconos nunca ha luchado un solo día en su vida. No sabe lo que significa domar un dunasaurio. Y su físico no es el de un guerrero. Sin embargo, aquí estoy yo, destrozado y de rodillas.
Se acerca hasta quedar a unos pasos de mí y sacude el objeto que sostiene.
—Echa un vistazo a esto antes de decidir.
Lo arroja y golpea el suelo con un ruido sordo y pesado. Rueda hacia mí y me salpica la cara.
Sangre.
Reconozco el olor antes de que mis ojos puedan ayudarme.
La cabeza cercenada se detiene a solo unos centímetros de mis rodillas. Los labios de Naga forman una línea inexpresiva, pero sus ojos vidriosos están muy abiertos y me miran fijamente.
Draconos la mató.
—Te estás preguntando por qué lo hice, ¿verdad?
—pregunta, divertido—. Llevaba tiempo dándole vueltas.
No lo negaré, pero Naga realmente me hizo perder la cabeza.
Lástima que ella acabara perdiendo la suya —hace una pausa, como si le pareciera un chiste genial—.
Cuando una mujer casada se toma la molestia de hacer matar a un mensajero para evitar que entregue el mensaje de otra mujer a un hombre, solo hay una razón: celos.
¿Draconos la mató porque descubrió lo nuestro?
¿De qué mensaje está hablando?
—No derramaré ni una sola lágrima por una puta infiel —continúa—. Y me estoy aguantando las ganas de cortarte la polla también, hermano. Pero quiero que me digas quién es la mujer que te escribió.
No puede estar hablando de Ashka. No me atrevo a temer ni a esperar tanto.
—No tengo ni idea de qué estás hablando.
Draconos frunce el ceño y luego patea la cabeza de Naga con tanta fuerza que sale volando hacia la piscina junto a las fuentes. Después desliza una mano bajo su túnica y saca una carta.
—«Para Zarek» —lee en voz alta—. «Los frutos que me diste han hecho posible lo imposible. Estoy esperando un hijo tuyo, y en cuanto tenga la oportunidad, huiré de Guardiara para ir a buscarte».
Molesto, Draconos baja la nota. Las palabras de Ashka me atraviesan el pecho, una tras otra. No tengo ninguna duda de que fue ella quien escribió ese mensaje. No puede ser un truco cruel de Draconos. Él no sabría nada de ella.
Mi hijo.
Ashka…
¿Ha escapado cruzando el desierto? ¿Viene aquí, a Jara? Se está exponiendo a un peligro terrible, y aquí estoy yo, prisionero y mutilado. Una sombra de mí mismo, incapaz de ir a rescatarla o de protegerla de Draconos.
La mano que ya no tengo me envía una terrible punzada de dolor. Mi cuerpo lamenta su ausencia y anhela con fiereza empuñar un arma y volver a luchar.
—O me dices quién es esa mujer y de qué oasis huyó —amenaza Draconos—, o te castro con mis propias manos y después voy a buscarla yo mismo.
Cree que Ashka es una mujer zendar...
No lo sabe. No puede saberlo porque lo que dice Ashka es imposible: los zendar y los humanos no pueden tener hijos juntos. Pero yo le creo. Los frutos de Rubrossa hicieron posible este milagro. Ella me había preguntado si los frutos podían dejarla embarazada, y yo me había reído de su pregunta.
Otro error más. Si hubiera prestado más atención a su preocupación, Ashka no estaría en peligro ahora. No estaría esperando un hijo que significa una muerte segura para ella.
Draconos se pone en cuclillas para quedar a mi altura. No queda nada natural en sus ojos. Perversión y locura, eso es lo que veo. Están llenos de un odio que arde como fuego negro, aún más oscuro que las gemas de su corona.
—Guardiara no es una ciudad enorme, y su emperatriz estará encantada de ayudarme a deshacerme de una fugitiva zendar escondida entre su gente.
Mi hijo será el heredero legítimo del trono. Pero Draconos jamás permitirá que venga al mundo.
Una furia asesina despierta una fuerza que creía haber perdido. Mi cuerpo ya no está intacto, pero mi mente nunca ha estado más resuelta.
Mátalo, grita cada fibra de mi alma.
Y lo haré. Que mi padre me perdone, pero ya no queda nada que me impida matar a mi hermano, a mi rey.
Solo tengo una oportunidad...
Mantengo la mirada baja y le oculto a Draconos la furia que amenaza con explotar en mi interior. Dejo que crea que estoy destrozado, destruido.
—Entonces, ¿quién es ella?
Draconos siempre me ha subestimado. Cree que si nunca he intentado matarlo es por debilidad.
No puede saber que se necesita mucha más fuerza para cumplir las promesas y refrenar los instintos que para elegir la violencia.
Para él no soy más que un títere vacío ahora, despojado hasta de la última chispa de rebeldía.
Solo tengo una mano, y la uso para agarrarlo del cuello con toda mi fuerza. Hundo los dedos en torno a su tráquea y aprieto. La piel es suave en esa zona y comienza a desgarrarse bajo mis uñas. Draconos deja escapar un grito amargo pero débil, estrangulado por mi agarre.
Usa una mano para intentar liberarse y la otra para alcanzar la daga de su costado. No puedo hacer nada para defenderme; solo puedo apretar más fuerte.
Mientras la hoja se hunde en mi costado, mis dedos se clavan en su carne. El arma de Draconos está alojada entre mis costillas, pero el tajo que he hecho en su garganta significa la muerte.
La sangre brota como vino que se vierte en una copa. El odio en sus ojos vacila, sustituido por algo más: terror. Pero aún tiene fuerza suficiente para extraer la hoja de mi costado.
Se echa hacia atrás para golpear de nuevo, y una última oleada brutal de odio enciende su mirada. No puede hablar, pero puedo leer el mensaje en sus ojos: No moriré solo.
La hoja desciende de nuevo, esta vez donde la carne es más blanda. Me desgarra el estómago y me obliga a soltarlo.
Draconos cae.
Está muerto.
Lo maté. Mi único consuelo mientras me deslizo por el suelo carmesí y pierdo el conocimiento.