Capítulo 25
Ashka
Victor está bajo arresto, no hay noticias de Maya, y no tengo manera de saber cuándo Ivra, que ahora está en el punto de mira de Safira, abandonará la idea de casarme con su hijo y me delatará ante la emperatriz.
Solo cuento con la ayuda de Rajiv, la preocupación de Nana y la esperanza de que el mensaje que le di a Maya haya llegado ya a Zarek y de que él venga a mi encuentro cuando huya de la ciudad.
Si es que logro huir.
Mientras hoy Nana y yo permanecíamos encerradas en esta habitación para evitar a Marena y sus preguntas incómodas, Rajiv exploró discretamente la casa de la embajadora.
Conoce a algunos de los soldados al servicio de Safira y le resultó fácil averiguar que por la noche solo hay tres guardias en la casa: uno frente al dormitorio de la embajadora y dos en la entrada del ala de las mujeres.
Su plan es sencillo. Nana creará una distracción mientras Rajiv y yo escapamos por las pequeñas ventanas arqueadas cerca del atrio hacia la terraza lateral de la casa. Desde allí, podremos bajar a la calle sin que nos vean los guardias del exterior.
Sin embargo, esto significa que Nana tendrá que quedarse aquí y que nunca volveré a verla.
—Aquí tienes —dice mientras me entrega la ropa que robó—. La encontré entre el montón de cosas de los sirvientes que hay que remendar.
Si quiero salir de La Ciudadela, necesito ropa de hombre, y la capa verde de la Guardia Real que encontró es justo lo que necesito. Los pantalones me quedan un poco ajustados, pero no tanto como para resultar incómodos.
Nana me observa con las comisuras de los labios caídas.
—No lograrás pasar las puertas del Segundo Sector.
Aprieto los labios. No quiero oírlo, aunque su preocupación está más que justificada.
—Cuando la Guardia Real venga a por mí, no estaré aquí esperándolos.
Despistaremos a cualquier perseguidor en los barrios bajos y encontraremos a un líder de caravana dispuesto a llevarnos a un oasis zendar. Cómo localizar a Zarek en Jara es algo de lo que no pienso preocuparme ahora. Si no logro salir de aquí, ni siquiera será un dilema que deba afrontar.
No fue prudente salir de casa sin dinero.
Pero he llenado una bolsa entera con objetos de valor que logré sustraer de la casa de Safira: una copa de plata con sus platitos, un anillo de ópalo olvidado en el fondo de un cajón, un chal de algodón peinado verde claro, un frasco de aceite corporal de rosas y un paquete de dátiles secos.
No tengo armas, pero Rajiv tiene una daga. En cuanto las campanas de la torre del palacio real den las tres, nos encontraremos en el atrio y huiremos.
Ya casi es la hora, y Nana me abraza.
—Haré todo lo posible por volver a buscarte —le prometo.
—No seas tonta. Si logras escapar de aquí, no mires nunca atrás.
Puedo darle la espalda a mi verdadera madre sin pensarlo dos veces, pero no a Nana. Intenta mantener la calma, pero por dentro está desesperada. Los riesgos que estoy corriendo la aterran, pero sabe que si me quedo aquí, moriré con toda seguridad.
—¿Algún consejo antes de irme? —pregunto.
Una sonrisa hace que se marquen las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos. Recuerda cuando le hice esta misma pregunta, la primera vez que salí de Guardiara.
—¿De verdad quieres alguno? No me hiciste ni caso con el último —responde con sarcasmo.
—En realidad, me aconsejaste que bebiera agua a pequeños sorbos, que vigilara si había serpientes en las botas y que no me enamorara. Los dos primeros consejos resultaron muy útiles.
—Entonces déjame darte tres más. Encuentra a tu zendar y nunca mires atrás. Enséñale a tu hijo bondad y compasión —Nana no se atreve a tocarme mientras habla; de lo contrario, rompería a llorar—. Y por último, vayas donde vayas, recuerda que siempre estaré contigo, deseando que seas feliz.
Nuestro abrazo termina demasiado pronto. Le beso la frente, y el primer tañido de las campanas nos llama a la puerta.
—Adiós, Nana.
—Adiós y buena suerte, niña mía.
Camina delante de mí por el pasillo. Todas las puertas que dan a esta parte de la casa están cerradas. Los únicos sonidos son el zumbido bajo de los aires acondicionados y los pasos de Nana que, aunque amortiguados por las alfombras, resuenan con claridad en la quietud de la noche.
Tiene que atraer la atención de los guardias en la entrada del ala de las mujeres mientras yo me muevo con cautela. Nadie debe verme. Estoy disfrazada de hombre y llevo una bolsa llena de objetos robados. No hay mentira que pueda justificar mi comportamiento: estoy huyendo.
Nana casi ha llegado al arco del final del pasillo cuando me escondo en un nicho detrás de una estatua.
Representa a la emperatriz Zahira, una de las primeras mujeres en ascender al trono de Guardiara.
Menos mal que la esculpieron rodeada de tantas frondas y hojas, porque me ocultan a la perfección.
El sonido de pasos. El rumor de voces masculinas.
—¡Por favor, vengan rápido! ¡Mi señora quiere saltar desde el parapeto de atrás!
No tengo valor para mirar a Nana mientras sigue a los dos soldados que corren por el pasillo. Pero en cuanto estoy segura de que no se darán la vuelta, salgo de mi escondite y corro hacia la salida.
Espero que la distracción que hemos ideado me conceda unos valiosos instantes antes de que los soldados se den cuenta de que no deberían estar buscando un cadáver destrozado en los tejados del Segundo Sector, sino a una fugitiva.
Mi padre se esconde cerca del atrio. Cuando aparece, veo el alivio en sus ojos, incluso con la luz tenue.
Sin decir palabra, nos dirigimos directamente a las pequeñas ventanas que dan a la terraza.
Rajiv me ayuda a subir primero y me da un empujón bastante torpe para que pase por el borde.
Cuando caigo al otro lado, él me sigue sin esfuerzo.
Los primeros gritos de alarma llegan de la casa, pero no distingo las palabras. La terraza da a una caída de más de siete metros, y la pared es irregular. Está hecha de grandes bloques de piedra apilados con grietas dentadas entre ellos.
—No mires hacia abajo y confía en tus pies —me aconseja Rajiv, tomando mi bolsa de objetos robados.
Es el primero en saltar el parapeto y descender.
Casi hace que parezca fácil. Cuando me toca a mí, descubro que no lo es en absoluto.
Las grietas son tan pequeñas que solo puedo encajar las puntas de los pies, y siento que los dedos de las manos me resbalan mientras tanteo en busca del siguiente apoyo. Empiezo a mirar dónde pongo el pie…
—¡No mires! Perderás el equilibrio —me regaña Rajiv—. Un par de centímetros más y encontrarás la grieta.
Nunca me había alegrado tanto de ser alta. Un centímetro menos y no habría podido alcanzar.
Milagrosamente, llegamos abajo. Solo cuando el terror a caer se desvanece puedo oír los gritos por encima de nosotros.
—¡Vamos, vamos! —Rajiv tira del borde de mi capa, pero no puedo apartar los ojos de la escena en lo alto del parapeto. Soldados de la Guardia Real con las armas en alto, apuntándonos.
Los primeros disparos de pistola resuenan mientras Rajiv me arrastra a cubierto. Pero los rifles son más precisos que las pistolas a larga distancia. Mi mirada aterrorizada se cruza con la del hombre a punto de apretar el gatillo… y Nana lo empuja.
Se lanza contra él con todas sus fuerzas, empujándolo con la fuerza suficiente para que pierda el equilibrio, falle el tiro, me falle a mí.
Entonces otro soldado se da la vuelta y dispara a Nana.
El caos del momento se detiene. Ella cae y mi corazón se congela.
—¡Nana! —Mi grito se eleva en la noche como un eco vacío, un lamento interminable—. No, no, no.
—Ashka, tenemos que irnos. —Las manos de Rajiv son lo único capaz de obligarme a moverme, a apartar los ojos del cuerpo inmóvil de Nana en el suelo.
Nana está muerta.
«Nunca mires atrás» son las palabras que ella misma me dijo hace menos de diez minutos, y son las que me convencen de correr. Las balas vuelan sobre nuestras cabezas, los gritos frenéticos y las llamadas de alarma despiertan a toda la ciudad, pero logramos llegar al Segundo Sector.
—¡Por aquí! ¡Los vi ir por aquí!
Los gritos resuenan cada vez más cerca, pero nadie abre la puerta para averiguar qué pasa. Nadie está dispuesto a arriesgarse a recibir una bala perdida.
Rajiv me arrastra tras él, instándome a correr más rápido por los intrincados túneles de este sector, pero tengo muy pocas esperanzas de que no nos atrapen.
—¡Ashka!
El grito me sobresalta. ¿Maya?
—¡Por aquí! ¡Rápido! —Maya señala una pequeña puerta bajo una escalera, y los tres nos agachamos para meternos en el diminuto espacio.
Estoy sin aliento de tanto correr y no tengo valor para hablar por miedo a que los soldados del callejón nos oigan. Mis manos buscan las de Maya y las aprietan con gratitud. Tiemblo más de alivio que de miedo.
—¿En qué lío te has metido? —me pregunta en cuanto los pasos de los soldados se alejan lo suficiente.
—¿Cómo supiste…? ¿Por qué…? Tienes que salir de aquí inmediatamente. —Estoy tan nerviosa que apenas puedo articular una frase coherente.
—Los soldados empezaron a disparar en mitad de la noche. Supe enseguida que eras tú.
Rajiv nos mira, confundido.
—Esta es Maya, papá. Una amiga. —La miro, tratando de distinguir sus rasgos en la oscuridad de nuestro escondite—. Y no quiero que se meta en problemas por mi culpa.
Nana está muerta por mi culpa, pero a Maya no le pasará nada malo. Bajo ninguna circunstancia.
—Salgamos de aquí, y tú vete directa a casa —le ordeno.
—Conozco estos callejones mucho mejor que tú. Puedo ayudaros… —Mi padre le tapa la boca a Maya con la mano . Ha oído algo.
Descubro qué enseguida: arrancan de cuajo la pequeña puerta de nuestro escondite.
Media docena de armas nos apuntan.
—Sal de ahí, Ashka Solarena. Quedas detenida por alta traición, por orden de la emperatriz.