Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Zarek

No fue mi mano lo que Draconos cercenó de mi cuerpo; fue mi voluntad de vivir. He descubierto que cuando a uno le arrebatan sus ilusiones, deja de existir. No muere. No exactamente. Se hunde en un sufrimiento interminable, con la única compañía de la larga lista de sus errores.

Solo ahora lo comprendo: para el pueblo zendar, cualquier cosa es mejor que seguir bajo el yugo de Draconos. Incluso una revuelta contra la corona, con todas las bajas que conlleva. Al final, el reinado de mi hermano cobrará muchas más víctimas, y fui demasiado necio para verlo a tiempo.

Debería haber matado a Draconos cuando tuve la oportunidad. Debería haber aceptado el plan de Xerion: huir y liderar la revuelta. Nunca debería haberme despedido de Ashka. Debería haberla llevado conmigo al desierto.

Renuncié a todo por la ilusión de que estaba protegiendo a mi pueblo, y me equivoqué. Lo que siento ahora no es dolor, sino un tormento que devora mi alma y me roba la cordura.

Estoy encerrado, herido, mutilado, relegado a la oscuridad con un collar de hierro ciñéndome el cuello. Solo deseo la muerte, pero no se digna a venir por mí.

Mi cuerpo es fuerte y sano, y sana pese a estas condiciones. Pero mi mente es otro asunto. Nunca he estado tan lejos de la lucidez. Estoy perdido en un laberinto oscuro, sin esperanza de encontrar la salida.

La realidad se difumina con la ilusión, y cada día es un tormento sin fin.

Ya no hay distinción entre la vigilia y el sueño, ni entre el frío de estos muros de piedra y la calidez de los recuerdos que me envuelven cuando mi Ashka viene a visitarme.

Soy un prisionero, atrapado en un ciclo eterno de anhelo y desesperación, y en cada imagen veo su rostro.

Ashka.

¿Cómo pude ser tan necio como para sacrificar nuestro amor? ¿Cómo no luché por mantenerla conmigo? ¿Cómo pensé que entregarme a Draconos la protegería a ella y a mi pueblo?

Desearía poder ahogarme en un sueño que apagara el tormento que me desgarra el corazón.

Un sueño que me llevara lejos, al desierto infinito, el mismo desierto donde Ashka y yo nos amamos bajo las estrellas.

Pero en el abismo oscuro de esta prisión solo hay sombra y dolor.

Una desesperación tan espesa que roba hasta la dulzura del recuerdo.

La imagen de Ashka se escurre hacia la oscuridad como arena entre mis dedos.