Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Ashka

Querida Maya,

No te pediría este favor si no fuera una cuestión de vida o muerte para mí. Necesito que vuelvas al local de Samara y encuentres a un zendar que pueda entregar un mensaje al príncipe Zarek en el oasis de Jara. El mensaje está incluido con esta carta. Puedes leerlo si quieres.

Si no volvemos a vernos, entenderás por qué tuve que despedirme sin decir palabra después de pedirte que corrieras un riesgo tan grande por mí.

Con cariño, tuya para siempre,

Ashka

Para Zarek,

Los frutos que me diste han hecho posible lo imposible. Estoy esperando un hijo tuyo, y en cuanto tenga la oportunidad, huiré de Guardiara para ir a buscarte.

Espero que tus brazos me encuentren de nuevo antes de que lo haga la ira del desierto, o la de mi emperatriz.

Las palabras de los dos mensajes que escribí anoche no dejan de repetirse en mi mente.

Nana salió en secreto durante la noche para entregar las cartas a Maya, y en cuanto pueda, volverá a preguntar si mi amiga logró cumplir la misión que le encomendé.

Lo único que puedo hacer es esperar, calcular cuánto tiempo ha pasado y rezar para que Maya no esté en peligro. Imagino el miedo que mis palabras deben de haber despertado en ella al leerlas, oyendo mi voz en su mente. Y, por último, espero que Zarek reciba mi mensaje.

Sé que no me abandonará. Que encontrará la manera de salvarnos si logro escapar al desierto. Todas mis esperanzas están en sus manos.[2]

Ya es de mañana, y Nana no se ha apartado de mi lado. Se ha sumido en un silencio sombrío que oculta toda su aprensión.

Me siento en la cama y me cuesta tragar la comida que me trajo. La conciencia de la vida que crece dentro de mí me ha dado una nueva fuerza, una nueva esperanza ciega y sorda a cualquier objeción. Es lo único que evita que el pánico me domine.

Mi madre vendrá hoy a llevarme de vuelta con Ivra para enfrentarme a su látigo una vez más. Pero mi única preocupación es proteger al niño que llevo dentro y asegurarme de que salga ileso de la próxima prueba. Tengo que ser fuerte. Por los dos.

—Ashka, tienes que plantearte deshacerte del bebé antes de que sea demasiado tarde.

Me estremezco y frunzo el ceño al volverme a mirarla. Sabía que Nana acabaría sugiriendo esto, pero no tan pronto. No antes de que Maya tuviera la oportunidad de entregar mi mensaje a Zarek.

—No —respondo sin vacilar.

—Ashka, por favor, escúchame —la preocupación en la voz de Nana es desgarradora.

—No cambiaré de opinión.

—¿Cómo crees que vas a escapar? Es una locura. Si no te deshaces de él, ninguno de los dos sobrevivirá.

En ese caso, no merece la pena vivir.

Escaparé de este lugar. Encontraré la manera, aunque tenga que arrodillarme y suplicarles a Ivra y a Craven que me perdonen. No hay dolor ni humillación que no esté dispuesta a soportar para proteger la vida que llevo dentro, para planear mi huida. Solo tengo que ser paciente.

Unos pasos que resuenan en el pasillo nos obligan a ambas a guardar silencio. En la quietud de mi habitación, solo quedan las miradas: mi terquedad enfrentada al miedo de Nana, mientras escuchamos los pasos que se acercan.

Ha llegado el momento del castigo de Ivra. Dejo el cuenco del desayuno en la mesita de noche, lista para enfrentarme a mi madre. Pero no es ella quien llama a la puerta.

—¿Papá?

Victor y Rajiv se agolpan en el umbral, con los rostros crispados por la inquietud.

—¿Qué hacéis vosotros dos aquí? —mi madre les había ordenado que no hablaran conmigo. ¿Ha cambiado de opinión y les ha permitido visitarme?

Rajiv cierra la puerta detrás de ellos. Ambos parecen tensos y reservados. No, definitivamente no están aquí con el permiso de mi madre.

Victor da un paso adelante, estudiándome como si evaluara mi estado.

—Ashka, tu madre nos ha dicho que planea llevarte de vuelta con Ivra hoy.

Rajiv asiente.

—Nunca había llegado tan lejos. ¿Por qué tu madre deja que te haga daño? Has pasado una semana encerrada aquí. Días enteros solo para recuperarte de lo que te hizo.

¿Qué puedo decir?

—Ivra está decidida a castigarme, y lo hará de nuevo —solo estoy exponiendo un hecho—. No hay nada que pueda hacer para que cambie de opinión.

—¡Pero no tiene derecho! —estalla Victor, tan furioso que Nana da un respingo y retrocede instintivamente.

—O acepto los castigos de Ivra —comienzo con vacilación—, o me espera la ira de la emperatriz.

—¿Qué pasó en el desierto, Ashka? —pregunta Rajiv con preocupación—. Sabes que siempre estamos de tu lado. Por favor, cuéntanoslo.

Mi vacilación hace que Victor desvíe la atención hacia Nana.—Tú sabes lo que pasó, ¿verdad?

—¡No! —lo interrumpo bruscamente. Nana está desesperada, y no confío en absoluto en que vaya a guardar silencio—. Dejad a Nana fuera de esto.

—Ashka —protesta mi niñera—, ellos son tu única esperanza. Diles la verdad.

Tres pares de ojos están fijos en mí, unidos por una sola cosa: el amor que sienten por mí.

—Ashka, Nana tiene razón —susurra Rajiv con dulzura—. Eres nuestra hija. Siempre te ayudaremos.

—Siempre —repite Victor.

Otro pedazo de mi corazón se desprende. Aprieto los puños a los costados, pero mi determinación cede.

—Me enamoré de otro hombre en el desierto, y Craven se enteró.

Ambos están atónitos. —¿Así que Ivra llegó a esos extremos solo por eso? —pregunta Victor—. No tiene ningún derecho. Debes denunciarla ante la emperatriz.

—Craven nos encontró juntos... —añado, avergonzada—. En la cama.

Ni siquiera esta revelación los sorprende, ni justifica a sus ojos las acciones de Ivra.

—La Doncella de las Melodías sigue sin tener derecho a azotarte hasta dejarte ensangrentada —reitera Victor—. Craven todavía no es tu marido, e incluso si lo fuera, no hay ley que te obligue a serle fiel.

—Cierto —confirmo con amargura—. Pero hay otro problema.

Rajiv me mira alarmado, con ojos de animal asustado. Las conjeturas que se reflejan en el rostro de Victor son inquietantes, pero no tanto como lo que digo a continuación: —El hombre del que estoy enamorada es un zendar.

Se les abre la boca al mismo tiempo. Ambos se quedan ahí con los ojos desorbitados, boqueando.

—¿Q-qué?

—¿Un mutante?

Mutante. Oír esa palabra en boca de Victor me tensa la espalda y me pone a la defensiva de inmediato.

—El príncipe Zarek es un hombre. De otra raza. Pero es el hombre más honesto y valiente que he conocido en mi vida.

Pronunciado en los confines de esta ciudad que me tiene atrapada como a una prisionera, su nombre es un dulce bálsamo. Mi lengua lo adora, anhela pronunciarlo cada día, a cada momento.

—Zarek me salvó. Más de una vez. Si no hubiera sido por él, jamás habría regresado con vida.

La pasión con que he hablado de él sacude los prejuicios de mis padres. Se les relajan los músculos tensos de los hombros y el cuello, y la tensión de sus rostros se suaviza.

Rajiv le pone la mano en el hombro a Victor, que parece tener más dificultades para procesar mi confesión. —Mira el lado positivo —dice, tratando de tranquilizarlo—. Ashka no puede quedarse embarazada de un zendar. Si su amante hubiera sido humano, entonces sí podría haber un problema.

Problema.

Que se refieran a nuestro hijo de esa manera me hace apretar los puños. Siento que estoy al borde de un abismo, a punto de caer.

—Ashka... —la voz de Nana es suave—. Cuéntales el resto.

—¿El resto? —repiten los dos hombres al unísono.

No, no puedo. Contarles lo del bebé es demasiado. Me quieren, se preocupan por mí, pero no puedo involucrarlos. No puedo decirles la verdad. No me traicionarán, no me denunciarán, pero intentarán convencerme de que me deshaga de él antes de que sea demasiado tarde.

—Ashka —insiste Nana—, habla con ellos. Necesitas toda la ayuda posible.

—¿Ayuda para qué? —Victor empieza a perder la calma. No soporta quedarse al margen, sin poder actuar.

—Para escapar, papá.

—¡¿Escapar?! ¿Para irte con los zendar? ¿Nos dejarías para convertirte en la amante de un mutante?

Rajiv intenta calmarlo. —Déjala hablar, Victor. ¿Por qué quieres escapar, Ashka? ¿Crees que corres peligro?

De los dos, Rajiv siempre ha sido el tipo de padre capaz de leerme las emociones con solo una mirada. Victor es más del tipo solo dime y lo arreglaré: una roca en la que apoyarte, pero desde luego no el más sensible.

—Si no escapo, moriré. Mi bebé y yo moriremos.

No hace falta decir más.

—¡Imposible! —estalla Victor—. Los zendar y los humanos no pueden tener hijos.

—Pues estoy embarazada. Y no he estado con nadie más que con Zarek.

Mis padres guardan silencio, con los ojos llenos de preocupación, ansiedad, negación.

—¿Estás completamente segura, Ashka? —pregunta Rajiv.

—¡Papá! Zarek fue el primero y el único.

La ira y la vergüenza me abrasan el rostro. Seguro que me he puesto roja.

Rajiv levanta las manos en señal de rendición. —No quería ofenderte. Solo quería...

—Y he dicho que no. Zarek es el padre de este bebé.

Victor ha empezado a inquietarse y pasea de un lado a otro de la habitación, sumido en sus pensamientos. Casi puedo oír cómo le dan vueltas los engranajes en la cabeza mientras intenta encontrar la manera de sacarme de este lío.

—Si vas a sugerirme que me deshaga de él —lo interrumpo—, mi respuesta es no. No mataré a este bebé. Jamás.

Victor se detiene en seco, se le ensanchan las fosas nasales y suelta un suspiro de frustración. —Me imaginé que lo rechazarías de plano. Tienes que escapar. Tienes razón. Necesitas llegar hasta tu zendar.

—Zarek —lo corrijo.

—Para sacarte de aquí —continúa—, necesitamos tiempo. Tenemos que contactar con el príncipe zendar y asegurarnos de que pueda sacarte a salvo. En secreto.

Rajiv niega con la cabeza, abatido. —No hay tiempo. Ashka tuvo fiebre y estuvo inconsciente casi dos días después de la última vez que Ivra la convocó. ¿Cómo va a escapar si la torturan otra vez?

Victor asiente. —Entonces encontraremos el momento. Ashka no volverá a caer en las garras de esa mujer.

La seguridad en su voz me arranca una respuesta incrédula. —¿Y cómo piensas hacerlo?

—Solo hay una forma de protegerte de Ivra: ponerte bajo el amparo de alguien más poderoso que ella.

—¿La emperatriz? —Suena descabellado. Sobran razones por las que nuestra soberana me condenaría a muerte sin pensárselo. Quiero mantenerme lo más lejos posible de ella.

—No hace falta llegar tan lejos —me corrige Victor—. Con la embajadora Safira bastará.

—¿La embajadora? —Mi padre ha perdido el juicio. Safira nunca me ha tenido simpatía. Quería que otra fuera la doncella, y solo la rivalidad entre ella e Ivra basta para que me deteste.

—¿Por qué iba la embajadora a ofrecerme protección?

—Porque odia a Ivra. Y tú le ofrecerás algo a cambio de que la denuncie ante la emperatriz.

No lo entiendo.

—Le mostrarás a Safira las heridas de tu espalda. Le dirás que ya no quieres casarte con Craven y que Ivra te obliga. La Doncella de las Melodías no tiene derecho a castigarte, y tu madre no tiene derecho a ser su cómplice.

Es un plan audaz, pero podría funcionar. Aun así, hay un problema. —En cuanto Safira denuncie a Ivra ante la emperatriz, también me denunciará a mí. Le hablará a la emperatriz de Zarek…

Y lo más probable es que me condenen a muerte.

—No llegará a eso. Antes de que ocurra, ya te habremos sacado de Guardiara.

Los ojos de Nana van de uno a otro, sin saber dónde posarse. La idea de un bebé zendar ya había alterado a mi anciana niñera, pero lo de involucrar a la embajadora Safira la obliga a acercarse y sentarse en la cama.

—Dios mío… —susurra, llevándose la mano a la boca.

—Yo mismo te llevaré ante Safira —continúa Victor—. Soy oficial y tengo autoridad para hacerlo. Ella te mantendrá a salvo, y así ganaremos el tiempo necesario para planear tu huida.

Parece un plan sólido, pero tengo una objeción. —Mi madre también se meterá en problemas.

Victor me sostiene la mirada sin un ápice de preocupación. —Para cuando la emperatriz actúe, ya habrás huido de Guardiara y retirarán las acusaciones.

Miro a Rajiv y veo la misma determinación. Si hay que elegir entre mi seguridad y la de mi madre, él tampoco duda de cuál valora más.

—Papá… —sollozo, embargada por la emoción.

—No hay tiempo, Ashka. Vístete y recoge algunas cosas —me apremia Victor—. Tenemos que ir a ver a Safira. Ahora.

—¡¿Ahora?! —pregunto, atónita.

—Ahora. Tu madre viene de camino para llevarte ante Ivra. Y cuando llegue, ya te habrás ido.