Capítulo 19
Zarek
Mi mente emerge de la turbiedad como si despertara de un sueño vacío, solo para encontrarse rodeada de otra clase de oscuridad. Pero esta vez es real.
Un estremecimiento de lucidez me recorre mientras intento orientarme, pero solo encuentro negrura. Mi mano derecha palpita con un dolor agudo, un recordatorio súbito de la crueldad que me infligieron.
Y entonces recuerdo: mi mano ya no está. Me la cortaron, pero la siento como un peso fantasma, y me duele como si aún estuviera unida a mi brazo.
Estoy sentado y tengo frío. La piedra húmeda bajo mí me cala hasta los huesos. Las paredes devuelven el eco de mis gemidos y los gritos de otros desgraciados como yo, amortiguados por la oscuridad.
Estoy de vuelta en las mazmorras de Jara.
Mi cuerpo está rígido y pesado.
¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Intento ponerme de pie, pero me desplomo de inmediato, sin aliento. Llevo un collar en el cuello, y la cadena que lo sujeta tintinea en la oscuridad.
—Por fin despertaste, muchacho.
No estoy solo aquí.
—¿Quién eres?
—¿Ya no reconoces mi voz, Príncipe Zarek? ¿No te leí suficientes historias cuando eras pequeño?
—¡¿Rudian?!
Imposible. El consejero de mi padre murió hace años. La delegación con la que viajaba fue atacada por gusanos de arena justo antes de la coronación de Draconos.
—En carne y hueso, Príncipe Zarek. Bueno, lo que queda después de años pudriéndome aquí abajo.
—Dijeron que estabas muerto.
—Pues ya ves que no.
Años. Para el resto del mundo, Rudian lleva años desaparecido.
—¿Por qué te hizo esto Draconos?
—¿Por qué no me mató directamente? Creo que vio la muerte como un castigo demasiado rápido por cuestionar su idoneidad para el trono.
Sé de lo que habla. Rudian era el confidente más cercano de mi padre y le había aconsejado ignorar la tradición y entregarme la corona a mí en lugar de a Draconos. Lo sé porque él mismo me lo contó, y está claro que la información también llegó a oídos de mi hermano.
—Lamento lo que te sucedió, muchacho. Cuando Draconos me encerró, temí cada día que terminaras aquí abajo conmigo.
La calidez que percibo en su voz, el afecto de un hombre que significó tanto para mí, abre otra herida en mi pecho. Odio la oscuridad que nos rodea y me impide siquiera ver su rostro, que se desvanece en la niebla del recuerdo.
—No sabía que estabas aquí. Te creía muerto. Si lo hubiera sabido…
—Solo habrías acelerado tu propia llegada —completa él la frase. El encarcelamiento no ha embotado su intelecto—. No puedo verte, pero he olido sangre y enfermedad. Temí que no volvieras a despertar.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Es difícil llevar la cuenta del tiempo. Pero sin duda más de una semana.
Una semana.
—Delirabas de fiebre. No parabas de llamar a una mujer…
Ashka.
—No digas su nombre —le suplico. No puedo soportar escucharlo en este abismo de desesperación.
La oscuridad se vuelve insoportable. La ceguera me hace sentir aún más impotente, atrapado.
Una risa amarga, un sonido inquietante cargado de dolor, brota de mi garganta al comprender el golpe maestro de crueldad que Draconos me ha asestado: encerrarme con Rudian.
Un hombre que creí muerto.
Un amigo al que no hice nada por ayudar.
Algo que, en mi ignorancia, ni siquiera podría haber imaginado.
Rudian lleva encerrado aquí abajo todo este tiempo mientras yo inclinaba la cabeza en obediencia a nuestro rey.
Perdí mi mano derecha. Perdí a la mujer que amaba. Lo soporté todo, creyendo que estaba protegiendo a mi pueblo. Pero solo ahora me derrumbo por completo.
Solo ahora comprendo lo necio que he sido.