Capítulo 16
Ashka
Tengo una pesadilla. Estoy en un oasis que parece muerto. Las ramas de las petragemmas están secas y no hay hierba en el suelo. Solo polvo gris, cenizas. Craven me lleva a ver la tumba de Zarek. —Mira —me dice—. Su hermano lo mató. Por tu culpa.
Un tirón y me arrancan la sábana de encima. Me despierto sobresaltada. Estaba gritando en mi sueño y sigo gritando ahora que estoy despierta.
—¡Silencio! —me ordena mi madre.
La puerta de mi habitación está cerrada y ella se cierne sobre mi cama con una mirada salvaje. Solo un hilo de luz se filtra desde el exterior. Apenas está amaneciendo.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, todavía aterrorizada por mi sueño.
—Veo que tu conciencia culpable no te deja dormir en paz. —Sus ojos destellan de furia. Tiene los labios apretados en una línea fina y hostil.
—¿De qué estás hablando?
—Levántate. Ivra quiere verte.
¿Ivra?
—¿Qué quiere Ivra de mí?
—Oh, lo descubrirás. Créeme, lo descubrirás —promete amenazadoramente—. Aunque tenga que arrastrarte hasta allí por el pelo. Me has decepcionado profundamente, Ashka Solarena. Me has humillado. No tengo palabras para describir el asco que me da tu comportamiento.
Mi comportamiento.
—Habla claro, madre. Entras en mi habitación, sin invitación, ¿para acusarme de qué?
Se abalanza sobre mí con rabia y me da una bofetada en plena cara.
—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate! ¡No dirás ni una palabra en esta casa sobre lo que has hecho! ¡Te lo prohíbo!
No necesita decir más.
Está hablando de Zarek.
Craven me ha delatado. Como el buen niño de mamá que es, corrió a informar a Ivra de mi relación con el príncipe y le dejó a su madre la tarea de actuar.
—¡Ahora sal de esa cama y arrastrate de rodillas ante Ivra para pedirle perdón! ¡Te has humillado a ti misma y a su hijo! ¡Después de todo lo que la Doncella de las Melodías ha hecho por nosotras!
—No voy a disculparme con Ivra por nada. Si Craven tiene un problema con eso, que no se case conmigo y punto.
Mi madre abre los ojos de par en par, como si le hubiera clavado un puñal en el corazón. —¿Qué estás diciendo? ¿Te oyes? ¿Estás loca? ¡Estás demente! ¿Tienes idea de lo que pasaría si la emperatriz se enterara de lo que has hecho? ¿Qué crees que será de ti? ¿De todos nosotros?
Odio admitirlo, pero mi madre tiene razón. Los acontecimientos de los últimos días y el dolor de despedirme de Zarek me han nublado el juicio.
—Está prohibido siquiera hablar con esos seres, y tú, tú... —tartamudea mi madre, con el rostro rojo de ira.
—Se llama Zarek. El príncipe Zarek, madre.
—¡No me importa! ¡Cállate! Cállate y vístete.
Ni siquiera tiene la cortesía de salir de la habitación mientras me levanto. La mejilla todavía me arde donde me golpeó, pero no es nada comparado con lo que Ivra me hará. Lo sé tan bien como ella.
El látigo de Ivra y yo nos conocemos bien a lo largo de los años. Cada paso en falso, cada falta contra el decoro que exige mi posición, ha sido castigado con latigazos. Ivra rara vez ha llegado a hacerme sangrar, pero hoy lo hará. Estoy tan segura de ello como de mi propio nombre.
—Ten la decencia de recogerte el pelo —exige mi madre una vez que me he puesto el vestido de doncella—. Pareces una salvaje.
Me está llevando ante una mujer que me hará daño, pero su única preocupación es que tenga el pelo en su sitio. Me sujeto las cadenas del velo bajo la barbilla con movimientos rápidos y furiosos.
¿Cómo es posible que esta mujer sea mi madre? ¿Cómo puede no sentir ni el más mínimo instinto de protegerme?
No soy madre, y preferiría no serlo nunca antes que darle hijos a Craven. Pero si los tuviera, hicieran lo que hicieran, sé que siempre estaría de su lado, que los protegería, aunque eso significara meterme yo en problemas.
Cuando Adara abre la puerta y se hace a un lado, encontramos a mis padres, Victor y Rajiv, en el pasillo.
—¿Está todo bien? —pregunta mi Primer Padre con preocupación. Está claro que los gritos de mi madre se oyeron en toda la casa.
—Nada que os concierna —responde Adara con severidad, imperturbable.
—¿Ha pasado algo? —pregunta Victor, dirigiéndose solo a mí.
Mi madre sisea entre dientes, me agarra de la muñeca y me arrastra sin miramientos hacia la entrada de nuestra casa. —¡He dicho que no os concierne! ¿Necesito recordaros a todos cuál es vuestro lugar en esta casa? ¡Ocupaos de vuestros asuntos!
Victor y Rajiv guardan silencio, con la ira y la impotencia reflejadas en sus rostros. Están preocupados por mí. Me quieren, y no es habitual que la siempre serena Adara Solarena estalle en furia de esa manera.
—Todo está bien, papás. No os preocupéis —los tranquilizo—. Si Ivra me denunciara a la emperatriz, ellos también sufrirían las consecuencias de mis actos, y no se lo merecen.
—Vamos, madre. Te seguiré.
***
La casa de Ivra tiene una entrada impresionante.
Paredes decoradas con frescos de escenas florales enmarcan un rincón de jardín con una enorme palmera rodeada de flores amarillas.
El jazmín de nuestra casa palidece en comparación con este pequeño oasis en flor, testimonio del favor de la emperatriz hacia la Doncella de las Melodías.
A estas horas, antes del atardecer, la casa debería bullir de sirvientes atareados, pero solo nos recibe un anciano encorvado como un gancho. El único que no puede contar nada de lo que vea u oiga porque es mudo. Carece de lengua; Ivra ordenó que se la cortaran hace muchos años.
Nos indica con gestos que lo sigamos, y aprieto los dientes. He recorrido este pasillo docenas de veces. A veces con mi madre, a veces sola, pero lo que nunca cambia es lo que me aguarda al final: dolor y humillación.
No hay nada que pueda hacer para escapar de esta situación. No tengo salida. Solo me queda prepararme para resistir y no darles la satisfacción de verme destrozada.
No voy a morir. Habrá un mañana, y luego otro. Solo tengo que aguantar la próxima hora. O quizás dos.
Todas las puertas que pasamos están cerradas, pero la última está abierta. Una boca hambrienta, lista para tragarme entera.
No me detengo en el umbral. Sigo avanzando, aunque me tiemblan las rodillas. No le daré a mi madre la satisfacción de arrastrarme.
Le encantaría hacerlo. Le gusta todo lo que demuestre su lealtad a su antigua colega, su poderosa amiga.
—Ivra, estamos aquí —anuncia mi madre, haciendo una reverencia.
En el despacho, Ivra no está sola tras su escritorio de madera. Craven también está allí, acomodado en el sillón del otro lado. No hace ademán de marcharse ni de levantarse por respeto.
Mi madre me sigue de cerca hasta que llegamos a la alfombra frente al escritorio. Entonces la Doncella de las Melodías le indica que se siente, y ella ocupa el otro sillón vacío.
Solo yo permanezco de pie, como una niña que se ha portado mal y a la que la maestra ha llamado para castigarla.
La madre de Craven irradia una rabia tan fría que resulta inquietante. Está sentada tras su gran escritorio, con el látigo ya al alcance sobre la superficie de madera pulida. Sus ojos claros brillan con malicia.
—Aquí está. Ashka Solarena.
Ivra se levanta, coge el látigo y rodea el escritorio.
—Levántate el velo, Ashka.
Obedezco. No tiene sentido enfurecerla más.
En cuanto desabrocho las cadenas del velo y descubro la parte superior del rostro, el látigo de Ivra se alza.
No retrocedo.
La punta se acerca peligrosamente a la mejilla, pero se detiene justo bajo el ojo sin golpearme.
Craven permanece sentado, observando. Disfruta de la escena.
—¿Te das cuenta de la enormidad de la ofensa que nos has infligido a mí y a mi familia?
He pasado por este tipo de inquisición muchas veces, las suficientes para aprender por las malas que nada de lo que haga o diga aplacará la ira de Ivra. No hasta que sienta que me ha castigado como es debido. La mejor estrategia es el silencio.
—Si no fuera por el buen corazón de Craven, por el afecto y la estima que me unen a tu madre, serías denunciada ante la emperatriz.
Mi silencio continúa, pero esta vez no basta para Ivra.
—¡Di algo, niña!
—Lo entiendo.
Lo entiendo muy bien. Ni Ivra ni Craven me denunciarán, por la simple razón de que la Doncella de las Melodías ya ha invertido demasiado esfuerzo en orquestar nuestro matrimonio.
Gracias a ella soy también doncella, ocupo el puesto que desea para la esposa de su hijo.
Años y años de visitas a este despacho, soportando sus castigos, han servido para moldearme a su antojo.
—Todo lo que eres. Todo lo que tienes. Me lo debes a mí. ¿Y me insultas arrojándote en brazos de un mutante?
Mutante.
El término despectivo me hace tensarme.
—Un salvaje. Un zendar inmundo —continúa Ivra, implacable. Su expresión hosca acentúa el laberinto de arrugas que enmarcan sus ojos furiosos.
Puedo soportar el dolor. Puedo fingir que estoy dispuesta a aceptar mi castigo. Pero no puedo tolerar que insulten a Zarek.
El rostro me arde y la rabia me sube desde las entrañas. Me muerdo la lengua para no responder, pero mis ojos hablan por mí.
—¡No te atrevas a mirarme con esa insolencia!
El látigo chasquea y me golpea en el costado, donde la carne es más sensible. Incluso a través de la tela del vestido, el dolor me desgarra y me hace estremecer.
Ivra explota. Como un animal poseído por un frenesí sanguinario tras el primer mordisco, me golpea de nuevo, y otra vez.
—¡Estúpida! ¡Tonta! ¡Niña insolente!
—Ivra, el vestido…
Lo único que preocupa a mi madre es que el látigo pueda rasgarme el vestido, y tendría que volver a casa con aspecto «desaliñado» bajo la mirada de todos.
Pero Ivra se calma. Deja de golpearme y señala el escritorio con el látigo.
—Ve allí y descúbrete la espalda.
No es la primera vez que me da esa orden.
A veces sus castigos se han centrado en las piernas, otras en los brazos o la espalda.
Pero nunca hasta hoy he tenido público para mi castigo.
Cuando mi madre estaba aquí, esperaba justo al otro lado de la puerta, hirviendo de rabia, lista para llevarse a su decepcionante hija en cuanto su amiga terminara de castigarla.
Instintivamente miro a Adara, pero ella evita mi mirada, indiferente. También miro a Craven, pero él no se avergüenza de nada. Solo se complace en verme humillada.
Un latigazo agudo en el costado me hace gritar.
—¡Al escritorio!
Que así sea…
Doy un paso adelante y les doy la espalda. Me desabrocho el vestido y lo bajo, dejando la espalda al descubierto.
—Pon las manos sobre la mesa.
La madera bajo los dedos está fría. Pulida. Fina. Limpia. No encuentro ni una sola mota de polvo en la que concentrarme mientras me preparo para lo que viene.
El primer latigazo contra la carne desnuda es una revelación dolorosa. Me hace saltar y me arranca un siseo de dolor.
Giro la cabeza justo cuando el látigo golpea de nuevo y capto un destello de excitación en los ojos de Craven. Se deleita con cada latigazo que cae sobre la espalda, con cada grito de dolor.
Le gustaría oírme gritar. No siente lástima por mí, igual que su madre. Hace restallar el látigo con violencia creciente, frustrada de que no grite.
—No eres más que una mocosa mimada y desagradecida.
El látigo golpea de nuevo. Y otra vez. Elige nuevos puntos. Todos mis miembros están tensos, rígidos a la espera de otro destello cegador de dolor. Mi piel está empapada de sudor frío.
—Te enseñaré a mostrar respeto.
El último golpe ardiente viene acompañado de un calor húmedo. Mi piel se desgarra y la sangre brota, pero Ivra no afloja.
Golpea y me reprocha, implacable. Pero ya no puedo oír ni uno solo de sus reproches.
El dolor es ensordecedor ahora. Abruma todos mis sentidos.
Es frío y ardiente al mismo tiempo. Ya no puedo soportarlo más.
Grito. Lloro. Me desplomo sobre el escritorio y retuerzo el cuerpo para evitar que el látigo alcance donde más duele.
—Sujétala —ordena Ivra a su hijo.
Craven rodea el escritorio. Sus manos se cierran en torno a mis muñecas y me inmovilizan, sin dejarme escapatoria.
El látigo cae donde mi carne ya está abierta. Un grito inhumano surge de mi garganta, pero no hay piedad en esta habitación. Ni de Ivra, que sigue azotándome. Ni de Craven, que me sujeta. Ni de mi madre, que observa sin mover un músculo.
Cuando todo se vuelve insoportable, mi mente emprende el vuelo, se aleja de mi cuerpo y escapa como puede.
Lo último que oigo es la voz de Ivra, que se dirige a mi madre.
—Dentro de exactamente una semana, quiero que me la traigas. Cada semana hasta su Debut. Con este tratamiento, quizás para cuando se case con Craven haya aprendido a comportarse como es debido.
Luego solo hay oscuridad, rebosante de odio y tristeza.