Capítulo 11
Zarek
Desde que dejamos a la princesa en Kenora, Ashka ha estado melancólica. Entiendo por qué. Puede que no conociera a Elara desde hacía mucho, pero ser compañeras en un viaje tan peligroso y traicionero las unió de una manera que jamás habría sido posible en otras circunstancias.
Durante los primeros días del viaje de regreso, ambos contuvimos el aliento, temiendo que la Embajadora Safira le asignara a Ashka una nueva compañera de viaje. Pero, afortunadamente, eso no ocurrió. De lo contrario, pasar la noche juntos habría sido imposible.
Y me habría vuelto loco.
Pero Craven no nos está poniendo las cosas fáciles para disfrutar del tiempo que nos queda juntos.
Desde que amenacé con contarle a Ashka lo de su amante, sus hombres tienen órdenes de vigilarme.
A partir de la primera noche del viaje de regreso, no ha habido forma de acercarme al carruaje de Ashka y llevármela al desierto.
Tengo que adelantarme a la caravana, esconderme en la arena y saltar al convoy en el momento justo.
Solo podemos estar juntos dentro del carruaje o en breves momentos robados en las paradas de los oasis.
Ni Ashka ni yo, mientras nos abrazamos en su catre, tenemos muchas ganas de hablar esta noche. Ya han pasado diez noches, diez largas travesías que devuelven a Ashka a su hogar, lejos de mí y a los brazos de Craven.
Todo lo que tenemos está entre las paredes de este carruaje que nunca deja de avanzar, meciéndonos suavemente mientras rueda: nuestros cuerpos pegados, el aroma de su cabello en mi nariz y la franja de cielo brillante en la pequeña ventana abierta sobre nuestras cabezas.
Ashka también está mirando las estrellas.
—Son tan hermosas. Tan brillantes. Casi las odio.
—¿Por qué?
—Porque son libres. Están ahí arriba, observándonos sin ninguna preocupación. El mundo ha muerto y renacido, pero ellas simplemente siguen ahí, observando. Sin hacer nada.
Apoya la frente en mi barbilla, y la beso. Respiro hondo y contengo el aliento, saboreando su dulce aroma a jazmín.
—Una tormenta de arena pasa, pero las estrellas permanecen. Es un dicho de mi pueblo. Las estrellas nos guían en el desierto y nos dan esperanza.
—Entonces eres como una estrella para mí. Deseo que todo lo demás desaparezca para poder verte de nuevo.
Pero no tenemos esperanza. La única oportunidad que tengo de verla una vez que volvamos a Guardiara es en los barrios bajos. Y para la Doncella de las Eras, la esposa del General Craven, sería demasiado peligroso que la descubrieran yendo allí.
Si los dos somos estrellas, entonces pertenecemos a extremos opuestos del cielo. Destinados a no tocarnos jamás.
Nunca más.
El roce de su pecho contra mi costado y su pierna entrelazándose con la mía despiertan el deseo que siento por ella. Quiero volver a hacer el amor, sentir que es mía una vez más y borrar en sus brazos la tristeza que me desgarra el pecho.
Me coloco encima de ella y la beso. De inmediato. Con desesperación. Con fiereza. Y ella me corresponde con la misma pasión.
Esta noche es diferente. Hay algo conmovedor entre nosotros; es el sabor de una despedida inminente.
Diez noches más y nuestros mundos volverán a separarse. Esta vez, para siempre. Su cuerpo y sus besos ya no serán para mí. Ni siquiera tendré la oportunidad de contemplar su rostro desde lejos para asegurarme de que está bien. Ojalá tuviera más tiempo. Ojalá tuviera más de ella.
Follo a Ashka como si quisiera meterme dentro de ella y quedarme allí. Embisto, la aprieto y la penetro de nuevo con furia.
No podemos hacer ruido dentro del carruaje, solo suspiros y gemidos, sofocados por el miedo a que nos descubran. Sin embargo, estoy demasiado encendido para mantener el control esta noche. La hago rodar encima de mí para que quede a horcajadas sobre mis caderas.
—Empieza a moverte. Hazme el amor, Ashka.
—Solo si tú también me lo haces a mí.
Comienza a balancearse, moviendo las caderas para recibirme más profundamente. El pecho le tiembla mientras jadea, sus pechos llenos y deliciosos rebotan con cada embestida. Tiene los labios apretados para que no se le escapen los gemidos.
Es hermosa, y me arde la garganta con la necesidad de decir las palabras que me arañan el pecho.
—Te quiero. Te querré siempre.