Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Ashka

Los hombres de Resurra no esperaron a la puesta del sol para salir rugiendo por el ardiente desierto. Sus vehículos van tan rápido que el viento refresca a los pasajeros. Además, los protegen del sol unas capas idénticas a la de Bravo.

Vi cómo el propio Zex envolvía a Elara y luego la ayudaba a subir detrás de él a la silla de una bestia metálica sobre ruedas. Solo los de Guardiara nos quedamos atrás, esperando a que se pusiera el sol para emprender el viaje de regreso a casa.

Ya es de noche, y la vista desde nuestro carruaje vacío, sin Elara, resulta demasiado triste. Estoy sentada fuera, junto a Bravo, contemplando las estrellas.

Mis emociones son como un torbellino furioso dentro de mí. Puede que parezca tranquila por fuera, pero la ira burbujea en mi pecho como lava incandescente. La impotencia me asfixia. La tristeza es una hoja clavada en lo más hondo de mi corazón, imposible de arrancar.

Lo único que puedo hacer es apretar los puños, fingir que todo va bien y contener las lágrimas.

—¿Cuánto tardarán en volver a la ciudad? —le pregunto a Bravo.

Es la primera vez que lo veo conducir nuestro carruaje sin su pipa haciéndole compañía. Él también aprieta los puños, aferrando las riendas de los bueyes con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.

—¿A la velocidad a la que van sus vehículos? Cinco o seis días. No más.

Es impresionante. Sé que a nosotros nos habría llevado el doble de tiempo llegar a Kenora a lomos de los dunasaurios, pero la idea de que esos artilugios con ruedas puedan superar incluso a los Zendar resulta asombrosa.

—No sabía que hubieras estado en Resurra, Bravo.

—En realidad, no he estado.

—¿Tu capa no es de allí?

—Sí, pero se la cambié a un Zendar por un artilugio que encontré en el desierto hace años. En mi vida he pisado Resurra.

—¿Nunca has sentido ganas de ir hasta allí?

Bravo baja la cabeza y se le hunden los hombros.

—Perdí la curiosidad por ver lo que queda del mundo hace años, señorita Ashka. Toda la belleza que queda está aquí fuera, en el desierto.

Ambos guardamos silencio, con la mirada vuelta hacia el cielo.

Nuestros ojos se sumergen en un manto de gemas relucientes, puntos brillantes que iluminan el vacío del infinito.

Las estrellas titilan al compás de la brisa que susurra entre las dunas.

Zarek dice que las estrellas son esperanza, que muestran el camino.

Para mí, sin embargo, parecen más bien deseos no expresados, aferrados al cielo.

Y ahí está. Una estrella fugaz. Se desliza como una lágrima plateada, dejando tras de sí un rastro resplandeciente.

Cae del cielo como una señal del destino, un momento fugaz de asombro que se desvanece en la oscuridad interminable más allá de la cresta de una duna.

Allí aparece la silueta de un guerrero Zendar sobre su dunasaurio.

Zarek.

No hizo falta pedir un deseo. La estrella me concedió lo que quería por sí sola.

Cabalga hacia el carruaje, saluda a Bravo con un breve gesto de cabeza y me tiende la mano para ayudarme a subir a la silla.

No hace falta intercambiar palabras. Ha venido a ofrecerme consuelo, a alejarme, aunque solo sea por un momento, del pantano de tristeza que es este carruaje que me lleva a casa.

Un lugar que ya no puedo imaginar como acogedor ni familiar.

Echo de menos a mis padres, a Nana y a Maya.

Quiero volver para ver si Navika está bien y si ha nacido su bebé.

Pero lo que me espera no es un hogar, ni una vida que merezca la pena.

Ha quedado aplastada bajo mi velo y las exigencias de la corte.

Me dejo caer en los brazos de Zarek y me acurruco contra su pecho mientras galopamos por el desierto nocturno. El aroma de su piel y su cuerpo grande y fuerte cerca del mío me proporcionan algo de alivio, pero no logran ahuyentar la tristeza que me retuerce el estómago.

—No tienes que guardártelo todo dentro, Ashka —dice Zarek, mirándome con compasión. La luz de la luna baila en sus ojos de ópalo y resalta sus rasgos rudos—. Puedes hablar conmigo.

—Tengo miedo de que, si empiezo, no haga más que llorar y gritar sin parar —. Siento que me estoy rompiendo por dentro.

—Eres fuerte, y tienes que serlo —dice con suavidad, rodeándome la cintura con un brazo y acunándome contra él.

Su cálido aliento me roza la oreja mientras me deja pequeños besos en el pelo—.

Sé lo que es tener que aguantar sin poder hacer nada, aceptar lo inaceptable y fingir que todo va bien.

El alma se te va muriendo poco a poco con cada día que pasa.

Pero vendrán tiempos mejores. No pierdas la esperanza.

Saca lo mejor de cada momento y sigue adelante.

Sigue adelante.

Me vuelvo hacia él con los ojos llenos de lágrimas y dolor.

—Adelante. Lo único que me queda es perderte a ti también.

No puede rebatirlo. Su rostro también se nubla de tristeza. Zarek me estrecha con más fuerza y detiene a Vortex.

—Pero ahora mismo estamos juntos. Aquí y ahora. Todavía.

Salta de la silla y abre los brazos para recibirme contra su pecho. Me aferro a él, segura en su abrazo.

Zarek me sonríe con una ternura que me encoge el corazón, pero hay algo práctico y resuelto en su expresión.

—Si no tiene arreglo, no es realmente un problema. Y no deberíamos dejar que la tristeza arruine el tiempo que aún nos queda.

Tiene razón, pero ahuyentar la infelicidad es más difícil que sacudirse la arena de encima. Me siento como si me hubieran enterrado viva.

Apoyo la frente contra su esternón y cierro los ojos, dejando que sus grandes manos calmen la tormenta que ruge dentro de mí mientras me acarician suavemente la espalda. Saboreo el silencio del desierto y me siento aún más cerca de él.

—Todavía estamos aquí, muñequita. Todavía estamos juntos.

Algo se agita dentro de mí y transforma la desesperación en otra cosa, una necesidad desesperada de vida y libertad que me impulsa a echarle los brazos al cuello. Sus labios entreabiertos me llaman, como si solo su beso pudiera darme lo que busco.

—Ojalá pudiera detener el tiempo.

Y de verdad lo intento. Cierro los ojos y me entrego a las sensaciones del beso.

Quiero recordarlas para siempre. Su sabor terroso y masculino, su nariz rozando la mía, mis dedos explorando la textura sedosa de su cabello, y cómo mi cuerpo se estira para fundirse con el suyo mientras nuestros corazones laten uno contra otro.

Necesitamos esto: tocarnos, besarnos, encontrar en el otro el consuelo que todo lo demás nos ha negado.

Zarek extiende su capa para nosotros. Nos tumbamos en el suelo, sobre la arena, aferrados el uno al otro como dos estrellas caídas del cielo que se han fusionado en una sola al estrellarse. Dos almas a la deriva que han perdido su propósito, pero que encuentran consuelo con solo estar juntas.

Ojalá pudiera encontrar las palabras adecuadas para decirle cuánto lo amo.

Para transmitir aunque sea una fracción de lo que siento en mi corazón, pero no las hay.

Él lo es todo. Todo lo que sueño y anhelo.

Es la vida que me fue negada, un hermoso espejismo que fue real durante un tiempo.

Me enseñó que se puede desear algo con tanta intensidad que una desafía todo: leyes, personas, incluso el peligro de ser descubierta.

—Te amo.

Beso sus labios, sus mejillas, sus párpados. Lo abrazo con fuerza, como si mi vida dependiera de ello. Y quizás así sea, porque mi corazón se romperá cuando tenga que dejarlo marchar.

—Yo también te amo, mis dulces labios del amanecer. Yo también te amo —me susurra con su hermosa voz áspera, aún más ronca por la excitación.

Nuestra ropa estorba el deseo de nuestros cuerpos de unirse, así que nos la quitamos. El cuerpo desnudo de Zarek es un paisaje de músculo que inspira mi más profunda reverencia.

Me pierdo en la mera contemplación de él. El tono metálico de su piel gris dorada, la amplitud de su pecho, y el campo de crestas y valles simétricos a lo largo de su vientre plano, hasta su miembro erguido sobre los poderosos músculos de sus muslos.

Podría quedarme aquí y admirarlo para siempre.

Vuelve a acercarse y se tumba encima de mí; su brillante trenza plateada cae sobre un hombro y roza mi piel desnuda. Inclina el contorno afilado de su barbilla para succionar un pezón.

Nos tocamos con avidez, robándonos suspiros y gemidos que apenas podemos contener. Guío su sexo entre mis muslos, hasta que la cálida punta de su erección roza mi clítoris. Los ojos de Zarek se abren de par en par ante mi urgencia.

—No necesito más preliminares. Te deseo ahora.

Su punta se desliza contra mi abertura, que ya está húmeda y lista para recibirlo.

—Joder, Ashka.

Un gemido ronco, denso de placer, hace vibrar su amplio pecho. Los músculos de su espalda se tensan bajo mis dedos. Embiste hacia delante y mis paredes se abren para recibirlo. Una sensación de plenitud se extiende desde mi vientre hasta mi corazón.

¿Podré recordar la calidez que despiertan sus caricias cuando ya no estemos juntos? ¿La sensación de caída libre que me envuelve cuando se hunde por completo dentro de mí?

—¡Zarek!

Mi grito de éxtasis se derrama en la noche. Alcanza las estrellas que nos observan desde el cielo y sirven de telón de fondo al hermoso rostro de mi guerrero mientras embiste y se retira, impulsado por su intención de destrozarme.

Con cada embestida, encuentra una nueva forma de deshacerme. Sus ojos me persiguen, observándome con una intensidad devastadora, decidido a dármelo todo: corazón y placer.

—Muéstrame cómo te corres —dice, inclinándose para dejar un beso, casi un mordisco, en la suave piel de mi cuello—. Muéstramelo.

Es tanto una orden como una súplica. Sus manos agarran mis caderas y me atraen hacia las suyas, embistiéndome con tanta fuerza que miles de pequeñas chispas explotan detrás de mis ojos.

—Quiero sentir cómo te corres a mi alrededor.

El placer se eleva dentro de mí como el eco de una onda expansiva que se acerca cada vez más.

Se extiende desde mi vientre, se hincha por mis piernas y mi pecho, y cuando alcanza los confines más lejanos de mi cuerpo, explota.

El placer más sublime me recorre, un placer que sé que solo sentiré con él. Me aferro a sus hombros.

Cuando el mundo centelleante que explotó detrás de mis párpados se desvanece, abro los ojos y busco su rostro.

La expresión de Zarek está tan retorcida por el placer que roza la agonía.

Y es hermosa. El pliegue feroz de sus cejas, cómo aprieta los labios, conteniendo los jadeos que brotan de su pecho cada vez más frecuentes.

—Córrete tú también para mí —le suplico. Necesito sentir su cálida semilla inundándome, llevar a Zarek dentro de mí de una forma completamente nueva.

Aprieto mis músculos a su alrededor, saboreando su placer como una espectadora privilegiada.

Ahora me embiste con furia, los músculos de sus brazos y hombros tensos e hinchados, temblando con cada embestida.

Entonces, hundido por completo entre mis muslos, se sacude y se queda inmóvil.

Un gemido ronco escapa de su pecho, amortiguado contra la curva de mi cuello, y su semilla se derrama en chorros calientes dentro de mí.

Absorber su placer es un momento de dicha que borra todo excepto a nosotros dos.

Su maravilloso cuerpo vuelve a respirar con normalidad, y cuando sus ojos, tan parecidos a joyas, se encuentran de nuevo con los míos, llegan hasta lo más profundo de mi alma.

Zarek toma mi mano y la presiona contra su corazón.

—Estarás aquí para siempre. ¿Entendido? Para siempre.

Soy incapaz de pronunciar una palabra. Cualquier cosa que dijera se convertiría en lágrimas. Lo atraigo hacia mí y lo estrecho entre mis brazos hasta sentirme aplastada bajo su cuerpo mucho más grande.

Seguimos entrelazados, unidos por los restos de nuestra pasión. Permanecemos así en el silencio de la noche, acunándonos en la calidez de nuestros cuerpos aún desnudos.

Dejo que mis lágrimas se mezclen con la brisa nocturna. Ellas también se convertirán en un recuerdo que atesoraré. Zarek me dejará con el corazón destrozado, pero también con el recuerdo de un amor tan vasto que desafía todo: el tiempo, las leyes y la comprensión humana.