Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Ashka

La espera de que Elara regrese me está matando. Necesito ver que está bien, que el príncipe no le ha hecho daño, que no está alterada o, peor aún, herida. Pero tengo pocas esperanzas de que así sea.

¿Y si el príncipe la violó?

Imágenes del día en que salimos de Guardiara me cruzan la mente: Elara al borde de un ataque de pánico, el rostro surcado de lágrimas, los ojos hinchados de tanto llorar.

¿Estará en el mismo estado ahora que se encuentra con Zex? ¿Y qué le estará haciendo?

No puedo quedarme quieta, no soporto esta impotente espera. Lo único que puedo hacer es retorcerme las manos.

Safira, que está cerca, aparta la mirada de los hombres que cargan cajas en los carruajes y me lanza una mirada severa.

—Ashka, tu preocupación es inapropiada.

Marena sonríe con suficiencia, complacida de ver cómo me regañan.

—La embajadora tiene razón, Ashka —interviene Craven mientras se acerca—. Haga lo que haga el príncipe Zephyr con la princesa Elara, tiene todo el derecho según las leyes de su ciudad.

Lo dice de una manera que me da ganas de gritar. No está resignado ni preocupado. Suena casi envidioso de que los hombres de Resurra puedan comportarse como animales.

Zex arrastró a Elara sin el menor cuidado. Incluso la besó sin importarle si consentía o no. No hace falta ser un genio para imaginar qué otras libertades se estará tomando cuando no hay ojos que los observen.

En algún lugar de mi interior, debe quedar todavía un destello de la contención que me ha permitido obedecer órdenes, tolerar leyes y castigos, exigencias y restricciones. Pero ahora mismo no logro encontrarlo.

No puedo fingir, no puedo aceptar sentirme impotente ante la indiferencia de esta... gente. Me cuesta ver a Safira y Craven como verdaderos seres humanos. Creen que son mucho mejores que los Zendar, pero ¿cómo? Si ser humano significa sentir empatía, no tienen ni una pizca.

Lo único que les importa es complacer a la emperatriz y alcanzar un alto rango, influencia y poder. Vivir sin sufrir nunca calor ni sed, rodeados de lujo, y mirar hacia otro lado cuando algo malo le pasa a alguien que no sea uno de ellos.

Exactamente como están haciendo ahora.

Temo implosionar, arrancarme el velo y gritarles a la cara que son repugnantes e inhumanos, que esto no es vivir.

—¡La princesa! —El grito, además de evitar que explote, me hace girar en seco.

Elara está volviendo. Camina por su propio pie. No tiembla. Sigue a unos pasos del príncipe Zephyr, que la conduce hacia nosotros. Se ha vuelto a poner el velo sobre el rostro y no puedo distinguir su expresión ni saber si está llorando.

—La princesa ha venido a despedirse. Carguen su equipaje —ordena Zex a Safira.

Elara da un paso adelante, con la voz bastante segura.

—Solo quiero despedirme de Ashka. A solas.

Sea lo que sea que haya pasado dentro de la tienda, debe haberle causado buena impresión a Zex, porque asiente con aprobación.

—Te esperaré aquí.

Elara no ha sido precisamente cortés, pero no la culpo en absoluto. Ignoro la mirada fría de Safira y tomo la mano de Elara.

—Vamos —dice, y se dirige hacia un lugar apartado.

—¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —pregunto en cuanto estamos a solas.

Se quita el velo rápidamente. Sin lágrimas. Sin ojos hinchados.

—Fue amable... más o menos.

No tengo ni idea de qué pasó entre ellos, pero Elara parece mucho más tranquila ahora que cuando él la arrastró. En aquel momento, habría dado igual que fuera un gusano de arena en lugar del príncipe.

—Es un bruto, está sucio, es tosco y su tienda parece una pocilga. Pero no creo que sea malo.

—¿Intentas tranquilizarme o de verdad crees eso?

Mi pregunta la hace sonrojarse.

—¿Qué pasa?

—Creo que... podríamos llevarnos bien. Con un poco de esfuerzo.

¿En serio? ¿Qué pasó en esa tienda para que esté tan optimista? ¿De qué hablaron?

Ojalá pudiera hacerle un millón de preguntas. Ojalá tuviera el poder de detener todo y cambiar el destino mismo para no tener que dejarla marchar, pero nuestro tiempo se agota. Elara baja la cabeza con tristeza.

Esto es todo.

—Gracias, Ashka. Gracias de todo corazón por todo lo que has hecho por mí.

—¿Incluido casi conseguir que nos maten? —pregunto, aunque ni siquiera mi broma logra ocultar la emoción que me quiebra la voz.

Estamos a punto de despedirnos. Para siempre.

—Elara... ha sido un placer tenerte como amiga, aunque haya sido por poco tiempo. Te voy a echar de menos.

—Y tú a mí, Ashka. Y tú a mí. No pasará un día en que no piense en ti al menos una vez y te desee la mejor de las suertes.