Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 7
19%

Capítulo 7

Ashka

Hemos llegado al oasis de Kenora, el destino final de nuestro viaje.

Nada de lo que había imaginado sobre los hombres de Resurra se parece a lo que veo con mis propios ojos.

Mire donde mire, veo tatuajes, ropa de cuero negro, rostros barbudos, armas y púas.

Uno de ellos incluso tiene un brazo mecánico: una prótesis de metal en lugar de la mano que parece moverse como si fuera la original.

Estos hombres son tan diferentes a los nuestros que bien podrían pertenecer a otra raza.

Una alérgica al agua. Todos son corpulentos, barbudos y sucios.

Cubiertos de polvo del desierto de pies a cabeza.

Llevan chaquetas de cuero sin mangas que lucen manchas brillantes y bíceps llenos de tatuajes. ¿Grasa? ¿Aceite? No sabría decirlo.

Elara está tan impactada como yo; gira la cabeza hacia mí, alarmada. Lleva un velo que le cubre todo el rostro —yo se lo puse— pero no necesito verle la cara para saber que ver a los hombres de Resurra la ha sumido en el pánico. Son, por decirlo suavemente… pintorescos.

Sus vehículos motorizados son amasijos de metal y tuberías sobre ruedas que escupen humo.

Ninguno de los hombres que nos esperan parece un soldado.

Parecen más bien una banda de saqueadores.

No hay ni una pizca de disciplina militar en el descaro con que nos observan o se apoyan contra sus vehículos.

¿Estará el Príncipe Zephyr entre estos brutos también?

Elara, a quien sigo un paso atrás por respeto, vacila, como si quisiera huir. Le tomo la mano y se la aprieto para darle un poco de valor.

La embajadora Safira, flanqueada por los oficiales, sigue avanzando y nos obliga a seguirla. Los Zendar de nuestra escolta y los del oasis de Kenora observan el encuentro desde cerca. Saber que Zarek está en algún lugar por aquí, presenciando la escena, me da un poco más de valor.

Si el Príncipe Zephyr está entre estos hombres, presumiblemente es el del centro del grupo, que nos mira fijamente.

Dos cosas destacan de inmediato en él: los músculos de sus brazos cruzados y su barba espesa y erizada, que le da un aspecto salvaje.

Lleva ropa resistente y raída, desgastada por el desierto, con un halcón cosido en el pecho.

El único toque de color en su atuendo negro es un pañuelo rojo que ahora lleva bajado al cuello.

Definitivamente no es el atuendo que habría esperado de un príncipe.

Safira se detiene y los oficiales se colocan a sus lados, dejándonos a Elara y a mí expuestas a las miradas de los hombres de Resurra.

El hombre que temo que sea el príncipe da un paso adelante, ignora a Safira y clava la mirada en Elara y en mí.

—¿Cuál de vosotras es mi princesa?

No me equivoqué. Es el príncipe.

Elara tiembla y me aprieta la mano con más fuerza. Ese gesto nervioso atrae la atención del hombre hacia ella.

—Princesa Elara —interviene la embajadora—, quítese el velo.

Puedo sentir la resistencia de Elara, casi tangible, pero el príncipe tiene todo el derecho de ver el rostro de su prometida. No puede negarse.

Elara vacila; luego suelta mi mano y la alza para quitarse el velo con ambas manos.

El príncipe —realmente me cuesta asociar un título noble con alguien como él— la mira fijamente, prestándole toda su atención.

Cabello claro, ojos azul profundo y un rostro pálido de proporciones delicadas: esta es Elara. Está claro que Zephyr la aprueba, porque una amplia sonrisa se dibuja bajo la espesa barba del hombre.

—Tu nuevo papi te da la bienvenida, cariño.

Todos los del grupo de Guardiara contienen el aliento, conmocionados. Elara jadea indignada, pero el príncipe hace algo mucho peor que dirigirse a la princesa de forma tan irrespetuosa. La agarra por la cintura, la atrae hacia su pecho y le planta un beso en la boca.

Todavía estoy conteniendo la respiración, atónita, cuando Elara le pisa el pie con tanta fuerza que él la suelta, y entonces retrocede asqueada.

—¡Soy una princesa de Guardiara y exijo que se me trate con el respeto que merezco!

El príncipe frunce el ceño y vuelve a cruzarse de brazos.

—Vaya carácter. Solo intentaba darte la bienvenida a casa, cariño.

—Estamos en medio del desierto.

—Yo soy tu hogar ahora, princesa. A partir de hoy, donde yo esté, estará tu hogar. Porque eres mía.

La furia de Elara flaquea —las palabras del príncipe deben de haberla asustado— y Safira se apresura a rescatarla antes de que la situación acabe en un desastre diplomático total.

—Príncipe Zephyr, por favor, sea comprensivo con la princesa. Es una joven bien educada, pero las costumbres de nuestras ciudades son muy dif—

—Zex —la interrumpe el príncipe, sin apartar los ojos de Elara—. Me llamo Zex. Vicepresidente de los Halcones.

Los Halcones deben de ser la banda de matones que compone su escolta.

—Solo mi abuela me llama Zephyr.

—¿No eres el príncipe? —pregunta Elara, esperanzada.

Él le lanza una mirada tan desdeñosa que resulta casi cómica.

—No hay reyes ni príncipes en Resurra. Ni doncellas ni nada de eso. Solo hay un líder: el Presidente, que es mi padre. Y yo soy su segundo.

La esperanza que había despertado el malentendido de Elara se desvanece. El hombre al que está mirando es, efectivamente, su prometido. Y ahora sonríe triunfante.

—Será mejor que cojas tus cosas y te prepares para subirte a mi moto, princesa.

Elara retrocede, y por un momento temo que se dé la vuelta y salga corriendo del oasis hacia el desierto ya abrasador solo para alejarse de él.

—Príncipe —insiste Safira—. Necesitamos tiempo para discutir los términos del acuerdo. Hay documentos que firmar, y nuestro tesorero tendrá que inspeccionar sus obsequios minuciosamente.

Obsequios. Así los llamó Safira, pero no son regalos del príncipe a la familia de su prometida. Son el precio exacto que la emperatriz exige a cambio de su segunda hija.

—Entonces, ¿cómo queréis arreglar este asunto, señoritas? —Zex sonríe con suficiencia mientras examina a nuestros oficiales. Los ha metido en el mismo saco de sus señoritas, y los hombres detrás de él se echan a reír a carcajadas.

—Aún faltan muchas horas hasta el atardecer —dice la embajadora con voz neutra—. Sugiero que acampemos y descansemos del viaje. La princesa necesita tiempo para prepararse y despedirse de su gente. Mientras tanto, podemos tratar los demás asuntos.

—No vamos a esperar hasta el atardecer para irnos.

Nosotros nos mantenemos fresquitos en nuestros vehículos.

—Safira por fin ha conseguido captar su atención, pero no de la forma que esperaba.

El hombre la fulmina con la mirada—. Esto es lo que vamos a hacer.

Mis hombres entregarán las cajas y observarán mientras las revisáis.

Mientras tanto, la princesa viene conmigo.

Cuando hayáis terminado, estaré encantado de traerla de vuelta para que recoja sus cosas y se despida de quien quiera.

Safira ni siquiera tiene tiempo de responder. Dos de los matones del príncipe se adelantan y dejan caer una pesada caja en el suelo, que se abre al golpear contra la tierra. Oro y plata se derraman con un tintineo y ruedan hasta los pies de Safira.

—¿Tenemos un trato? —pregunta Zex.

—Tenemos un trato —confirma ella.

El príncipe agarra a Elara por la muñeca y se la lleva a rastras.

Nadie se mueve. Nadie hace nada. Soy la única que entra en pánico mientras Elara protesta e intenta resistirse.

—Quédate donde estás, Doncella —sisea Safira, y me clava los dedos en el brazo antes de que pueda ir tras Elara.

—Embajadora, es nuestra princesa. No podemos...

—Podemos —espeta con más dureza aún. El reproche en su mirada me detiene en seco. No siente ni una pizca de lástima, empatía o compasión por Elara. Lo único que le importa ya está a sus pies: oro y plata, exactamente lo que nuestra emperatriz exigió.