Guardiara - Doncella en cautiverio (Trilogía Estrellas y arena: un romance postapocalíptico nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Elara

No se me da bien manejar lo inesperado. Hasta hace un par de semanas, la palabra inesperado ni siquiera existía en mi mundo de días monótonos, donde lo más catastrófico que podía ocurrir era encontrar hojas marchitas en alguna de mis macetas.

No soy valiente ni tengo buenos reflejos, así que cuando este bruto barbudo me arrastra con él, cualquier intento de resistirme nace del puro pánico.

—¡Suéltame! ¡He dicho que me sueltes!

No me escucha. No me oye en absoluto. Las manos ásperas que me agarran van a dejarme moratones.

—¡Me estás haciendo daño!

Se detiene frente a la tela que cubre la entrada de una tienda. Afloja un poco el agarre, pero no me suelta.

Sus ojos oscuros me dan escalofríos. Hay demasiada autosatisfacción en ellos.

—Si no armaras tanto escándalo, no tendría que arrastrarte y hacerte daño —dice con calma.

No puedo creer que este... cavernícola vaya a ser mi marido. Es grande, sucio, va mal vestido y no tiene ni pizca de modales. Me manoseó y me besó delante de todos, y luego me arrastró hasta aquí como a un animal de carga.

—¿No podrías ser un poco más educado?

—¿Educado, eh? —repite, como si le divirtiera—. Está bien, pues.

Me suelta solo el tiempo necesario para apartar la tela que hace de entrada e invitarme a pasar con una reverencia burlona.

—Después de ti, princesa.

¿Qué probabilidades tengo de escapar de él antes de que vuelva a ponerme las manos encima?

Miro atrás, hacia sus hombres y el ya distante grupo de ciudadanos de Guardiara. Los Zendar se marchan, rumbo a su ciudad subterránea. Solo Ashka, de pie junto a la embajadora, sigue mirándome. Todos los demás están ocupados con las cajas de oro y plata que usaron para comprarme.

No tengo salida. Solo puedo seguir adelante. Hacia una tienda, a solas con este... ni siquiera sé cómo llamarlo. Desde luego, príncipe no.

Safira me contó muchas cosas sobre los hombres de Resurra, pero al parecer omitió el detalle más importante: son bárbaros sucios y brutos.

—Vamos, entra. No voy a comerte, cariño —dice, pero el brillo hambriento de sus ojos sugiere lo contrario.

A pesar de todas mis esperanzas de que mi prometido no estuviera especialmente interesado en mí, Zex parece muy satisfecho con su reciente adquisición.

Me mira como si fuera una caja de regalo a punto de ser abierta.

Este hombre me considera de su propiedad.

Esto es una pesadilla.

Dudo demasiado. Extiende la mano para agarrarme de nuevo y empujarme dentro, pero la esquivo y entro por mi cuenta.

Los hombres de Resurra debieron de llegar a Kenora con sus vehículos motorizados mucho antes que nosotros. Esta tienda está bien equipada y parece llevar varios días habitada.

Hay cojines y telas de artesanía zendar, así como una mesa con restos de comida.

Alrededor de un poste se amontonan mochilas cubiertas de polvo, junto a un verdadero arsenal: rifles, municiones y bidones metálicos.

El olor acre del vino emana de las copas abandonadas esparcidas por toda la estancia, y arrugo la nariz con disgusto.

—Aquí tenemos toda la paz y la tranquilidad del mundo para conocernos mejor —anuncia el hombre detrás de mí.

Sea lo que sea lo que quiera decir con conocernos mejor, no tengo ninguna intención de averiguarlo. Me alejo de él todo lo que puedo hasta llegar al extremo opuesto de la tienda.

Siempre he sentido curiosidad por el sexo opuesto, probablemente porque los hombres tienen prohibida la entrada a los aposentos reales, y he visto más hombres en este viaje que en toda mi vida.

O quizá sea simplemente que sentirse atraída por ellos es natural.

Sea como sea, ahora mismo no tengo ningún deseo de conocer a ningún hombre.

No cuando mi prometido no tiene nada en común con los hombres de Guardiara.

Tiene tanto pelo en la cara que podría no tener barbilla y yo ni me enteraría.

Una oleada de repulsión me hace estremecer. Todavía se me eriza la piel donde su barba me rozó la cara cuando me robó aquel beso. No permitiré que vuelva a tocarme.

¿Vendría alguien a rescatarme si me pusiera a gritar? La verdad es que no lo creo. Safira se esforzó en explicarme cómo funcionan las cosas en Resurra: las mujeres pertenecen a los hombres, y el príncipe Zephyr acaba de comprarme por una suma considerable.

Por cómo me mira con esa sonrisa burlona mientras me alejo, está claro que me ve como una posesión.

—No hemos empezado con buen pie, ¿verdad? —observa en voz alta, como si hablara consigo mismo. Su amplio pecho se sacude con la risa.

Da un paso adelante y yo retrocedo, asustada.

—No quiero hacerte daño. Relájate.

No me hace ninguna gracia que haya camas aquí, pero dudo que un tipo como el príncipe Zephyr, Zex, necesite algo cómodo donde tumbar a una mujer si quiere forzarla. Para un bruto como él, el suelo basta. Como para los animales.

—Cazarme como a una presa no me ayuda precisamente a relajarme.

—Tienes que dejarte atrapar antes de poder decir eso.

¿Dejarme atrapar? ¿Por él? ¿Para que vuelva a manosearme o intente besarme con esa barba suya?

Jamás.

Retrocedo de nuevo y él me sigue. Me lanzo hacia la puerta de la tienda, hacia la salida...

pero no llego lejos. Se mueve tan rápido que está sobre mí en un instante.

Me agarra por la cintura y me levanta del suelo.

Mi espalda queda completamente pegada a su cuerpo, sus brazos gruesos como troncos aplastándome.

—¡Suéltame! ¡Suéltame ahora mismo!

Mis protestas solo lo convencen de darme la vuelta. Ahora estamos cara a cara. Yo, aterrorizada, y él, alegre, como si verme aterrada le resultara muy divertido.

Es mucho más alto que yo, y tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. No me gusta nada su sonrisa. Es demasiado engreída y no presagia nada bueno.

—No escaparás de mí, princesa. Cuanto antes lo aceptes, mejor.

—No tienes derecho a tratarme así.

Su sonrisa se desvanece, pero sus ojos siguen tranquilos.

—Tengo todo el derecho del mundo. Te compré, y ahora eres mía.

No me da oportunidad de protestar antes de que su boca barbuda se estrelle contra la mía.

La conmoción me paraliza, me convierte en un bloque de madera, pero enseguida recupero el sentido.

Empujo y pateo, me debato con todas mis fuerzas.

Es como luchar contra un muro de músculo.

La fuerza bruta anula todos mis intentos de resistir.

Cuanto más lucho, más me domina mientras sigue presionando sus labios y su barba contra mí.

Apunto con la rodilla a sus partes bajas, lista para golpear, pero él atrapa mi pierna entre sus muslos y aprieta. Mi golpe queda neutralizado.

—¡Ya basta!

Su tono amenazante suena como un gruñido. Me levanta y me arroja sobre una cama, inmovilizándome con fuerza debajo de él.

El pánico me invade.

—¡No!

Me agito con violencia, pero él no se mueve ni un centímetro. Tardo un momento en darme cuenta de que está completamente inmóvil.

—¿Vas a calmarte?

—pregunta con suavidad.

Su pregunta me convence de abandonar mi lucha, que de todos modos era inútil. Solo hay una manera de quitármelo de encima: persuadirlo de que lo haga por su cuenta.

Lo miro directamente a los ojos, haciendo un verdadero esfuerzo por calmarme.

—Me estás asustando.

—No tienes por qué tenerme miedo.

—Me besaste otra vez sin mi consentimiento. Y sigues inmovilizándome.

Me mantiene clavada bajo su cuerpo, presionado contra el mío de un modo en el que ni siquiera quiero pensar. Nunca en mi vida me he sentido tan invadida ni tan impotente.

—Cariño, no necesito tu consentimiento.

Escupe esa última palabra como si le pareciera ridícula.

—Eres mía. Si quiero algo de ti, lo tomo. Y lo que quiero, ya verás, también es mejor para ti.

Jamás he oído una forma de pensar tan grosera y machista.

—Soy un ser humano y tengo derecho a decir que no.

—A mí no. Ahora eres mi mujer.

El tono del príncipe es casi dulce, orgulloso. Sigue aplastándome debajo de él, y una de sus grandes manos se mueve en amplios círculos sobre mi cadera. Me acaricia como si intentara calmarme, pero sus ojos tienen una intensidad que dista mucho de ser pacífica.

—¿Q-qué estás haciendo? ¿Por qué me tocas así?

Sonríe.

—Para demostrarte que tengo razón.

Me besa de nuevo. Esquivo el beso girando la cara hacia un lado, y sus labios acaban en la piel desnuda de mi cuello. Son cálidos, suaves, ligeramente húmedos, y su barba me raspa.

Con una mano me inmoviliza las muñecas por encima de la cabeza mientras sigue acariciándome las caderas con la otra. Sus muslos presionan con fuerza contra los míos, intentando abrirse paso entre ellos.

¿De verdad cree que podría disfrutar siendo tratada así?

—Mírame, cariño.

No quiero darle la oportunidad de besarme en la boca, pero su tono, su voz áspera e intensa, me obliga a mirarlo.

—Te compré, y pronto una ceremonia te declarará mi esposa, te guste o no —dice—. Cuidaré de ti y haré todo lo posible para que las cosas funcionen entre nosotros.

—Bien. ¿Podrías soltarme, por favor?

Un destello de decepción le cruza el rostro.

—No. Quiero que me beses.

—¡Estás loco!

—grito. La distancia cortés que había intentado mantener se derrumba bajo el peso de mi repugnancia.

Sus ojos oscuros se nublan con una mezcla de ira y decepción.

—Tengo derecho a un beso tuyo. Pronto seré tu marido.

Parece encantarle decir la palabra marido.

—Nunca he besado a nadie, y no estoy segura de querer hacerlo ahora.

—¿Nunca?

—Nunca.

No pensé que esa información pudiera envalentonarlo, pero así es.

—Entonces te enseñaré.

—No, gracias.

Lo oigo soltar un suspiro frustrado. Tan pegados como estamos, soy consciente de cada respiración que da.

—¿Quieres que crea que no te gusto ni un poco, cariño?

Un destello de orgullo le ilumina los ojos. Estoy segura de que él se considera muy atractivo.

¿Tendrá razón?

Alarmada, dirijo la mirada a la barba oscura que le cubre la parte inferior del rostro. No tengo ningún deseo de que todo ese pelo me roce la cara. Pero el resto…