Capítulo 4
Zarek
Es imposible cabalgar con este viento. Ni siquiera Vortex podría desplegar las alas con esta tormenta pisándole los talones. No hay huellas ni rastros que seguir en el suelo. La arena lo ha borrado todo.
Ashka tiene que estar viva. Me niego a creer lo contrario. Simplemente no puedo.
—¡¡Ashka!! —grito contra el viento y sigo adelante, con la cabeza gacha, arrastrando por las riendas al dunasaurio que tomé prestado.
—¿Nada? —les grito a mis hombres.
—¡Nada! —responden al unísono, sus voces imponiéndose sobre el silbido de la tormenta que amaina.
Nos hemos dispersado para cubrir el mayor terreno posible. Las chicas debieron de pasar por aquí durante su huida.
—¡Ashka! —grito de nuevo, con la esperanza de que pueda oírme, de que esté viva, oculta en algún lugar bajo la arena.
De repente, oigo el gorjeo de un dunasaurio.
¿Vortex?
El sonido continúa.
—¡¿Vortex?!
Esta vez, recibo como respuesta un gorjeo silbante que reconozco de inmediato: es mi dunasaurio. Está medio enterrado en la arena, pero alerta, aunque no puede moverse. Sin embargo, no hay rastro de Ashka ni de la princesa por aquí.
—¡Encontré a Vortex! —les grito a los demás.
No parece estar sufriendo. Todo lo contrario. —¿Estás herido? —No lo parece. Incluso puede ponerse de pie. No está atrapado en la arena como pensé. Libera una de las alas por sí mismo, y el corazón me estalla... de alivio.
Bajo su ala derecha, refugiadas contra él, están Ashka y la princesa. Se aferran la una a la otra, ambas inconscientes.
No puedo creerlo. Vortex las protegió de la tormenta.
—¿Están muertas? —No sé cuál de mis hombres lo preguntó; no le presto atención. Ya estoy de rodillas, inclinado sobre el rostro sin vida de Ashka.
—¡Ashka! ¡Elara! —Las sacudo a ambas mientras el pánico crece en mí.
—¡Rápido! ¡Ayúdenme! —les grito a mis hombres. Hay que reanimarlas. Han inhalado arena, pero quizá no sea demasiado tarde.
Gundar se encarga de Elara mientras yo hago todo lo posible para que Ashka vuelva a respirar.
Su piel todavía está tibia, pero no le siento el aliento.
No, no, por favor, no.
Ver su hermoso rostro sin expresión, no poder mirarla a los ojos, me destroza. No soporto la idea de no volver a contemplarlos jamás.
De no volver a besarla.
De no volver a escuchar su voz.
Le golpeo el pecho, obligándola a respirar. Le insuflo aire en la boca.
La princesa se ha despertado y vuelve a respirar por sí sola. Pero Ashka no.
Por favor, maldita sea. Por favor.
—Zarek, es demasiado tarde —Xerion intenta detenerme—. Ella...
—¡No está muerta!
No puede estarlo. No así. No ahora. Aún teníamos tiempo para estar juntos.
—¡Ashka!
Le insuflo más aire. La sacudo.
Por fin abre los ojos. Bajo mis manos, que le aferran los hombros, la siento temblar. Aspira aire por sí misma, y los ojos se le abren de par en par un instante antes de que un violento ataque de tos la sacuda.
Está viva.
La atraigo hacia mí y la acuno. El mejor día de mi vida es hoy, ahora mismo, el segundo exacto en que abrió los ojos y sentí que volvía a respirar.
La desgracia que me persigue sin descanso se ha apartado, dejándome conocer a su hermana bondadosa. Si esta es toda la suerte que la vida puede concederme, me basta; me ha devuelto a Ashka.
—Ashka... Ashka... —la llamo, sin dejar de estrecharla contra mi pecho. Pero ella me aparta.