Capítulo 3
Ashka
Mire hacia donde mire, el desierto parece tragarnos.
El sol brilla despiadado en el cielo, convirtiendo el desierto en una alfombra ardiente de oro.
Cada grano de arena refleja el calor abrasador del día, y las gotas de sudor me resbalan por la frente, obligándome a entrecerrar los ojos cuando me caen en los párpados.
Mientras Vortex se desliza entre una duna y la siguiente, escruto la arena a nuestro alrededor. Ni rastro de gusanos de arena. Pero sigo absolutamente aterrorizada.
Jamás he estado tan lejos de otro ser vivo. Aquí afuera, bajo el sol abrasador, solo estamos Elara y yo. Y Vortex.
Nuestro viaje desde Guardiara nos ha llevado muy al sur, y el calor aquí, incluso a primera hora de la mañana, es terrible. Y Elara, aferrada a mi espalda, no ayuda precisamente.
La capa de Bravo es bastante grande para protegernos a ambas de los rayos del sol, pero tengo las manos y los pies expuestos y me arden tanto que empiezan a dolerme. Si no nos damos prisa, mi piel enrojecida pronto se cubrirá de ampollas.
A Vortex no parece afectarle mucho el calor ni el sol, y por suerte obedece mis órdenes.
Ahora que se me ha acabado la carne seca para sobornarlo, no está muy contento de tenerme como jinete.
Aun así, parece haber comprendido que cuanto antes nos lleve adonde queremos ir, antes podrá disfrutar él también de algo de sombra.
Me echo la capucha hacia atrás para ver mejor el horizonte.
A lo lejos, el acantilado que mencionó Zarek se alza majestuoso ante mí, testigo silencioso de una época en la que las olas del océano danzaban a sus pies.
El agua ya no es más que un recuerdo lejano, y la extensión interminable de arena a sus pies solo amplifica la sensación de soledad y grandeza.
Calcular la distancia hasta el acantilado es todo menos fácil. El sol se refleja en las dunas creando extraños destellos a veces cegadores, y el calor envía ondas invisibles a través del aire que distorsionan la vista a medida que oscilan.
Hace menos de tres semanas estaba en los archivos de la corte, bajo mi velo de doncella. Y ahora aquí estoy, guiando a un dunasaurio a través del desierto abrasador, con la segunda princesa de Guardiara aferrada a mi espalda y el corazón roto.
Vaya si el destino sabe sorprenderte. Sin duda alguna.
—¿Estás bien, Elara? —pregunto en voz baja. Aquí, en el desierto, solo nos hemos hablado en susurros, procurando hacer el menor ruido posible para no atraer a los gusanos de arena.
—Estoy bien —responde Elara con la voz amortiguada por la capa de Bravo—. ¿Y ahí fuera?
—Bien aquí también.
Teniendo en cuenta que no tuve tiempo de planificar ni de pensarlo bien, y que sabía que necesitaría una buena dosis de suerte, el comienzo de nuestra huida va mejor de lo esperado. Hemos conseguido que Vortex nos lleve a las dos, y ningún monstruo asqueroso ha intentado comernos.
Incluso el sol parece más soportable ahora, no tan intenso como antes…
Espera… ¿Se ha atenuado el sol?
Me vuelvo y lo busco en el cielo a nuestra espalda, pero no lo veo por ninguna parte.
El horizonte está negro. Una cortina oscura como lodo avanza rodando hacia nosotras.
Tardo un instante en comprender qué estoy viendo.
—¡Una tormenta de arena! —clavo los talones en los costados del dunasaurio—. ¡Vortex, vamos! ¡Muévete, muévete!
—Ashka, ¿qué pasa? —Elara asoma de debajo de la capa, pero estoy demasiado concentrada en espolear a Vortex para prestarle atención. Sé que está gritando, pero el corazón me late tan fuerte en los oídos que ahoga todo lo demás.
El viento nos alcanza, Vortex se tambalea y la arena voladora me rasguña la cara.
Nunca llegaremos al acantilado a tiempo.
La oscuridad nos engulle por completo.
—¡Para, Vortex! Para —tiro de las riendas con fuerza—. ¡Quieto!
—Ashka, ¿qué haces?
—Tenemos que parar. Dejar que la tormenta pase por encima.
No debe de ser la primera tormenta a la que se enfrenta Vortex. Cuando consigo que pare, sin que yo diga nada, se agacha sobre las patas traseras, se acurruca y esconde la cabeza bajo el ala.
—¡Peguémonos a él!
Elara y yo solo tenemos la capa de Bravo para protegernos de la arena. Nos acurrucamos contra el costado de Vortex, abrazándonos con fuerza.
Sé con certeza que así es como se sobrevive a una tormenta de arena. Lo leí en el manual de los soldados de la Guardia de la Ciudad. Quedaremos enterradas en arena, pero si conseguimos mantenernos agachadas y no respirar demasiado polvo, saldremos de esta.
Ya casi estamos dentro. No queda luz. Parece de noche.
—¡Tápate la nariz! —grito por encima del rugido del viento.
El viento casi nos arranca la capa tres veces antes de que quede cubierta de arena suficiente para mantenerse en su sitio.
Pero no hay alivio. La siguiente ráfaga es como un puñetazo lanzado desde el cielo que nos aplasta contra el suelo.
Cuando amaina, se lo lleva todo: la arena, la capa, y casi a nosotras también.
—¡Ashka!
Me aferro a una de las patas de Vortex con una mano y sujeto a Elara tan fuerte como puedo con el otro brazo. El viento es brutal. Es como si llovieran piedras sobre nosotras. He perdido el velo con el que me cubría la cara, y la arena se me mete en la nariz y me rasguña los párpados.
La tormenta parece interminable. No cesa.
Si soltara la pata de Vortex, el viento nos arrancaría del suelo y nos arrastraría.
Empiezo a toser y la arena se me mete también en la boca.
Una vez más, la Dama Infortunio se acerca con las tijeras en la mano, lista para cortar el hilo de mi vida.
¿Me parece bien que sea hoy?
No. Rotundamente no.
No puedo morir con tanta amargura en el corazón. Por Elara, por mí misma. No puedo morir sabiendo que el único sabor de vida que de verdad probé es el mismo que me destruyó.
Zarek.
Mi estupidez.
Mi amor desencaminado.
Un fragmento de sueño arrancado de la arena que resultó no ser más que mentiras. Un espejismo.
Incluso hoy, si muero, partiré sin apenas orgullo de mí misma. El único hombre al que he amado es el mismo que selló mi destino. Moriré intentando escapar de aquel de quien me enamoré.
No te enamores. Cuando te enamoras, tomas decisiones estúpidas. Pensándolo ahora, el consejo que Nana, mi antigua niñera, me dio antes de emprender mi viaje era más que sensato: era profético.