Guardián de Talon Mountain (Hombres de Talon Mountain nº 4) 13 #3
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El rifle de Sarah truena desde la línea de árboles, un disparo seco y definitivo.

Uno de los hombres de Crane cae; la sangre salpica oscura contra la nieve blanca.

El fuego de respuesta estalla de inmediato, el aparcamiento convertido en caos.

Giro el rifle hacia el operativo que se acerca a la posición de Sarah, aprieto el gatillo.

El retroceso me golpea el hombro, familiar y violento.

El hombre se tambalea, agarrándose la pierna.

—¡Mara, muévete! —la voz de Gabe atraviesa el caos, mezcla de orden y preocupación.

Ya estoy corriendo. El instinto anula el miedo.

Me parapeto tras las formaciones rocosas mientras las balas rebotan en el granito con chirridos de metal contra piedra.

La camioneta parece a kilómetros, al otro lado del terreno descubierto.

El rifle de Alex responde desde algún punto de la cresta: disparos precisos, controlados, que mantienen a los hombres de Crane agachados y a la defensiva.

Gabe y Sarah convergen en mi posición, se mueven como partes del mismo organismo. Somos menos, pero tenemos el terreno y ellos están al descubierto.

—¡Retiraos a la camioneta! —ordena Sarah—. ¡Retirada con fuego de cobertura!

Nos movemos como una unidad, una danza que nunca hemos ensayado pero que de algún modo conocemos.

Gabe dispara, yo corro. Yo disparo, Sarah corre.

Sarah dispara, Gabe corre. Avance alternado: siempre alguien disparando, siempre alguien en movimiento.

El rifle me pesa en las manos, extraño a pesar de años de práctica.

Esto no son blancos de papel en el campo de tiro ni ciervos en el bosque. Son personas que intentan matarnos.

Una bala impacta en la roca a quince centímetros de mi cabeza. Las astillas de granito me acuchillan la cara, me sacan sangre. Disparo hacia el fogonazo, solo para hacerles agachar la cabeza, hacerles dudar.

La camioneta está a nueve metros. A seis. Lo mismo daría un kilómetro.

El todoterreno negro que bloquea la salida estalla en llamas: obra de Caleb desde algún punto de la cresta. La onda expansiva me tira al suelo, me vacía los pulmones. Los oídos me zumban con un pitido agudo que ahoga todo lo demás.

Unas manos me levantan: el rostro de Gabe, la boca que se mueve, palabras que no puedo oír. Me arrastra hacia nuestra camioneta, medio en volandas. Sarah ya está en el asiento del conductor, el motor rugiendo.

Me lanzo a la parte de atrás. Gabe se arroja a mi lado, me cubre con su cuerpo. Sarah no espera: la camioneta arranca de golpe, las ruedas patinan en vacío antes de encontrar agarre en la nieve compactada.

Atravesamos los restos del todoterreno en llamas, metal contra metal, la pintura que se arranca en tiras largas. La camioneta colea salvajemente, pero Sarah la domina a fuerza de voluntad y acelera por el estrecho camino de montaña.

Los disparos nos persiguen: las balas perforan la compuerta trasera con chasquidos secos, una agrieta la luneta.

Me quedo agachada. Gabe me cubre con su cuerpo, su peso sólido y real.

La camioneta toma una curva cerrada demasiado rápido, derrapa hacia el borde del precipicio, las ruedas rozan el vacío antes de agarrarse y arrancarnos del abismo.

Kilómetro y medio montaña abajo, Sarah por fin reduce la velocidad. Los disparos han cesado, sustituidos por el viento, el ruido del motor y mi propia respiración entrecortada.

Los oídos todavía me zumban, el mundo amortiguado como si estuviera bajo el agua. Pero la voz de Gabe se abre paso, urgente y preocupada. La respiración de Sarah, rápida pero controlada. El motor de la camioneta, forzado, algo dañado pero aún en marcha.

—¿Todos bien? —pregunta Sarah, la vista fija en el camino, los nudillos blancos de apretar el volante.

—Sí —dice Gabe—. ¿Mara?

Flexiono los dedos para comprobar si hay daños. No hay sangre salvo los cortes del granito en la cara. Nada roto.

—Estoy bien.

—Alex, Rhett, Colton, ¿situación?

Un chisporroteo de estática, luego la voz serena de Alex:

—Despejado. Crane se retira a reagruparse. Cuento tres hostiles caídos, dos heridos de gravedad, fuera de combate. Caleb tiene a uno inmovilizado en la cresta, pero le dije que lo dejara escapar.

—Buena decisión. No somos verdugos.

—Recibido.

La voz de Rhett irrumpe, algo jadeante:

—Estamos fuera de Anchorage. Los federales llegaron en masa, pero ya nos habíamos ido. Ni siquiera llegamos a la entrada del banco.

—¿Las pruebas?

—Las tenemos. Usamos una vía alternativa que Sarah preparó hace dos días. La caja de seguridad lo contenía todo. Memorias USB, documentos, el paquete completo. Todo está aquí.

Suelto el aire de golpe, un suspiro que no sabía que retenía. Lo hemos conseguido. De algún modo, imposiblemente, contra todo pronóstico, lo hemos conseguido de verdad.

—¿Punto de encuentro? —pregunta Sarah mientras toma otra curva cerrada con soltura.

—El refugio —dice Gabe—. Nos reagrupamos, comprobamos que los archivos llegaron a Tommy y luego decidimos qué hacer. Esto no ha terminado: Crane está herido, pero no muerto.

La camioneta nos lleva montaña abajo, de vuelta hacia algo que podría ser seguridad o solo una breve pausa antes de la próxima pelea. Las manos han dejado de temblarme. El rifle descansa en mi regazo; ya no es el arma de la abuela, no realmente. Ahora es mío. Bautizado en sangre.

Tres días. Eso es lo que ha bastado para que todo cambie.