2 Paula
Como a casi todo el mundo, me gusta disfrazarme.
Es una catarsis maravillosa. Cuando trabajas con trastornos de la personalidad te das cuenta de lo peligroso que es no asumir la tuya.
Lo he visto muchas veces en mi consulta.
Cuando estás en guerra con tu forma de ser y no la aceptas hasta llevarlo al extremo corres el riesgo de llegar a la esquizofrenia, la disociación de la personalidad.
Dos personas viven dentro de ti, a veces enfrentadas.
Los disfraces muchas veces son una buena terapia, sobre todo en la cama, donde todas las fuerzas terminan confluyendo.
Mi pelo blanco me encanta, por su color y porque es un recuerdo de algo horrible que quiero tener siempre presente, para no olvidar nunca quién soy y por qué lo soy.
Es lo primero que oculto cuando quiero dejar de ser yo por un rato.
De mi peluca pelirroja me gusta cómo me queda, sería el pelo que tendría si alguna vez me lo tiñera.
Como eso no va a ocurrir prefiero usar un postizo, en la calle y en la cama me transforman.
Una vez más me lo puse y apareció otra mujer en el espejo.
Elegí mi traje de chaqueta más clásico y me puse las gafas con cristales sin graduación, las de salir por la noche.
Otro de los parapetos para esconderme. Me miré al espejo y no desentonaban con el color caoba, y eso que nunca las había combinado con ropa del trabajo, solo para mis escapadas.
Completé la máscara con mi maletín y subí el telón.
Llegué puntual a la hora a la que habíamos quedado, llamé al timbre y esperé.
A lo lejos se oyeron pasos y algún ruido, posiblemente el de un sillón que se coloca en su sitio en el último momento.
Silencio y otra vez los pasos, esta vez acercándose a la puerta que se abre dejando que unos angelicales ojos azules bajo un brillante pelo rubio se claven en mí.
Disfrazarme me gusta, pero odio no decir la verdad; nunca lo hago, pero a veces el fin justifica los medios.
—Buenos días, soy Carla Staton, de la galería Gogosian —mentí.
—Hola, soy Paula Bravo, sí, hablamos ayer por teléfono, pase.
Paula y yo nunca habíamos coincidido juntas salvo en el entierro, pero entre tanta gente esperaba que no me hubiera reconocido. La peluca y las gafas me cambiaban mucho. Su mirada no parecía indicar que desconfiara.
—Tengo la casa hecha un desastre, hubiera preferido quedar fuera, pero ya que ha insistido…
—Quería ver su obra en directo, con una foto es difícil hacerse una idea.
—No tengo mucha, pero algo podré enseñarle, adelante, por favor.
Al cruzar la puerta, lo primero que encontré fue un salón amplio con todas las paredes cubiertas de cuadros y dibujos sin apenas espacio libre. Al fondo, un pasillo que daba al resto de la casa. En el centro del salón un sofá y un sillón rodeaban una alfombra despejada sin ninguna mesa ni adornos.
—Siéntese donde esté más cómoda, por favor.
—Muchas gracias, no le robaré mucho tiempo.
—No se preocupe por eso, tiempo es precisamente de lo que más dispongo ahora. ¿Qué quiere tomar?
—Nada, muchas gracias, estoy bien.
—Yo voy a tomar té helado, lo hago yo misma, si quiere le pongo un poco.
—Buena idea, la acompañaré con el té.
—Perfecto, deme un minuto y lo traigo.
Mientras Paula se dirigía a la cocina dejé el maletín en el suelo y ocupé el sillón.
Desde allí podía ver todos los cuadros y dibujos que había en las paredes.
Me recordaban muchísimo al que me había regalado Elsa, así que supuse que algunos serían de su difunto novio.
Enseguida volvió con un vaso en cada mano.
—Me he tomado la libertad de echarle una rodaja de lima, espero que le guste.
—Sí, buena elección, muchas gracias.
Después de darme el vaso fue a sentarse en el suelo con las piernas cruzadas en la posición de loto y recostada contra el sofá.
—Interesante la obra que tiene en estas paredes. ¿Alguna es de Palacios?
—No, toda mía.
—Me sorprende, el estilo es muy parecido.
—Normal, Víctor era mi maestro.
—Sorprendente. Me gusta mucho lo que veo.
—Gracias, es todo un honor.
—No sé si conoce la galería para la que trabajo.
—Por supuesto, si no la conociera estaría fuera del mundo del arte. Todo el mundo conoce a Gogosian, aunque no tengan sede aquí es posiblemente la primera del mundo en prestigio y ventas.
—Efectivamente, y gran parte de ese éxito es por el tiempo que dedicamos a buscar nuevas aportaciones para sorprender al mercado y a nuestros clientes.
—Buena política, ojalá lo hicieran más galerías.
—Iré directamente al asunto que me trae aquí, señorita Bravo. Estamos buscando a un artista del que se sabe muy poco o nada, y no sabemos cómo encontrarlo.
—Vaya, que desilusión, por un momento pensé que estaban interesados en mi obra. Ya decía yo que era demasiado bueno que me llamaran de Gogosian.
—No lo descarte, todo depende de usted.
—¿A quién buscan?
—A la persona que pintó el cuadro de la foto que se envió a la prensa. Todo el mundo da por hecho que era obra de Víctor Palacios, pero yo estoy segura de que no es así.
—¿Por qué está tan segura?
—Como ya sabrá, ese cuadro estaba pintado con su propia sangre, lo cual hace imposible que fuera pintado por él mismo.
—¿Por qué no?
—Según nuestras informaciones, Víctor no podía soportar la visión de su propia sangre, tenía problemas hasta para hacerse un simple análisis.
—¿Cómo saben eso?
—Cuando se va a invertir mucho dinero en algo, es lógico destinar una parte a conocer bien lo que vas a comprar.
—En cualquier caso, no sé cómo podría ayudarles.
—Esa foto que se envió a la prensa no era algo morboso, era una intervención artística del más alto nivel. Su autor quería que trascendiera y se admirara su obra.
—Es una teoría interesante.
—Es de sobra conocido que hay un punto de inflexión en la obra de Víctor en la que su estilo da un vuelco a mejor, y resulta que hemos visto que coincide con el momento en que empezó la colaboración entre ambos.
—Los dos nos influimos el uno al otro, supongo.
—Sí, pero solo uno se llevó el reconocimiento y la gloria.
—Si en algo pude influir, me doy por pagada con lo que aprendí y con los años que pasamos juntos.
—Eso como persona está bien, pero como artista es poco. La obligación de un creador es trascender a la posteridad.
—Puede ser, pero sigo sin saber en qué puedo ayudar.
—Estamos más que interesados en contactar y trabajar con la persona que pintó el cuadro de la foto del periódico.
—En eso difícilmente podría serles de alguna utilidad. Estamos hablando de una persona que podría ser sospechosa de homicidio.
—Usted lo ha dicho, solo sospechosa. Una cosa no implica la otra.
Si esa persona quisiera trabajar con nuestra galería pondríamos toda nuestra maquinaria jurídica a su servicio hasta que se despejara cualquier problema legal.
Esto incluye que, antes de hacerse público todo el asunto, la trasladaríamos a un país que no tuviera acuerdos de extradición, asumiendo nosotros todos los gastos, y también un contrato para hacer una exposición monográfica en nuestra galería de Nueva York.
Por supuesto, con un nombre falso o una marca inventada con la que resulte imposible cualquier asociación.
Todo a cambio de la exclusividad por diez años.
—¿Cómo un nombre falso?
—Igual que Banksy. ¿Lo conoce?
—Claro, empezó como artista callejero y la policía le busca por colgar cuadros falsos en museos y pintar mobiliario urbano y paredes.
—En este momento es uno de nuestros artistas más cotizados, y nadie sabe su nombre auténtico ni dónde se encuentra. La galería le sirve como pantalla legal para que pueda seguir desarrollando su obra sin problemas, aunque lo que haga infrinja la ley.
—¿Puedo ser sincera? —preguntó Paula.
—Por favor, yo lo estoy siendo.
—¿Usted cree que yo he pintado ese cuadro y luego he hecho una foto junto al cadáver de mi pareja?
—Eso es algo a lo que debe responder la persona que buscamos, no yo.
—¿Y qué tendría que hacer ese artista si estuviera interesado en esa oferta?
—Lo primero dejarnos examinar el cuadro, y lo segundo aceptar nuestra oferta.
—Cualquier pintor contemporáneo mataría por exponer en Gogosian.
—Nunca mejor dicho. El arte no tiene límites, querida, y el mercado cada vez pide más.
Ya se han pagado millones de dólares por animales muertos guardados en formol y por excrementos de artista enlatados.
Nos vemos obligados a subir el listón si queremos seguir siendo el número uno.
Estamos seguros de que el artista que pintó ese cuadro mandó esa foto a la prensa para que el mundo del arte pudiera ver su obra, y lo ha logrado, el mensaje nos ha llegado.
Paula se quedó callada y dio un largo sorbo al té helado. Su mirada me atravesó de parte a parte mientras yo permanecía impertérrita intentando que no se me notara la taquicardia.
—Ya que estamos hablando claro, me gustaría contarle algo, pero antes quiero saber si me creería fuera lo que fuera lo que le contase.
—Si usted me dice que es cierto, no tengo ninguna razón para no creerle.
—También necesito su compromiso de silencio con lo que le cuente.
—La discreción es mi trabajo.
—Yo no maté a Víctor.
—Lo siento si mis palabras han sonado como una insinuación de que fuera así.
—Quería a Víctor más a que a nada ni a nadie.
—La creo.
—Entonces, sígame, me gustaría enseñarle algo.
Paula se levantó y se dirigió hacia el pasillo mientras yo la seguía sin perder de vista cada lugar donde ponía las manos.
Al llegar al final sacó una llave del bolsillo y abrió la única puerta que estaba cerrada.
Al cruzarla vi que se trataba de un espacio amplio con las paredes y los suelos en bruto, y había un portón metálico que daba a la calle.
Era el garaje, y dentro había un coche, así como muchos cuadros amontonados sobre las paredes.
—Este era mi estudio antes, pero desde que empecé a trabajar con Víctor ya no lo uso apenas, solo como almacén.
Todos los cuadros que había eran nuevos para mí, aunque me resultaban muy parecidos a los que había visto de Víctor Palacios, pero había en ellos más fuerza, estaban mejor acabados y sus colores eran más armónicos.
—¿Alguno de estos es de Víctor? —pregunté.
—No, todos los que ve son míos.
—¿No tiene nada de Víctor?
—Sí, algunos que me regaló, pero no están a la vista, son aquellos de allí, pero están sin montar en bastidor —dijo señalando un rollo apoyado contra la esquina.
El frontal del coche estaba muy pegado a la pared, ella se subió, arrancó y dio marcha atrás para separarlo todo lo que permitía el espacio del garaje.
Apagó el motor, pero dejó encendidos los faros, que iluminaban una gran tela que tapaba la pared.
Se bajó del coche y, dirigiéndose a la pared, retiró la protección dejando a la vista uno de los cuadros más impactantes que había visto en mi vida.
Era el mismo de la foto que se envió a los periódicos, pero estaba acabado, como si aquel solo fuera el cuadro a medio hacer y este el original terminado.
Un gran cuerpo postrado y sin cabeza. Tenía delante de mis ojos el horror más bello que haya podido contemplar en mi vida.
Como si la peor pesadilla que uno pudiera tener resultase placentera a la vista.
No podía articular palabra, sobrecogida por algo capaz de ser tan siniestro y hermoso a la vez.
—¿Esto es lo que estaba buscando?
—Supongo que sí.
—¿Qué le parece?
—Impresionante —acerté a decir con toda sinceridad.
—Víctor tenía mal beber y el día antes de la inauguración se le había ido la mano con las copas.
Me llamó muy agitado y me pidió que fuera al estudio.
Cuando llegué ya se había ido Daniel. Venía muy descontento con el montaje de la exposición y empezó a echarme a mí la culpa del resultado.
Discutimos, se puso muy nervioso y empezó a dar vueltas por el estudio muy agitado.
En un momento dado resbaló con disolvente que había en el suelo y se cayó hacia atrás, con tan mala fortuna que se dio un golpe en la nuca con unas cajas.
Debió morir al instante, porque cuando me acerqué ya no tenía pulso.
Me quedé paralizada sin saber qué hacer y no alcanzo a saber el rato que permanecí así.
En esos momentos de confusión recordé algo que le había oído decir los días anteriores.
Que la mayor expresión de arte sería que todas las cabezas cortadas fueran reales, incluida la suya, y que si tuviera valor acabaría su carrera pintando un cuadro con su sangre, cortándose la suya y exponiéndola.
Miraba a Paula totalmente hipnotizada, el impacto de la salvaje belleza del cuadro había dado paso a la fascinación con que la oía narrar la muerte de Víctor como si tal cosa.
Era tan incapaz de hablar como de interrumpirla.
Ella debió interpretar mi silencio como una aceptación tácita del estado de las cosas y siguió con su historia.
—En ese momento tuve la revelación de que estaba ante un momento único en la historia del arte.
Poder materializar un deseo de culminación de trayectoria así de brutal.
Del resto no voy a entrar en detalles, pero ya puede imaginárselo.
Este cuadro es el último homenaje de admiración a mi gran amor y maestro.
—No tengo palabras —dije.
—Las palabras siempre se quedan cortas cuando se habla de arte. No hace falta que diga nada.
—El cuadro es distinto a como me lo esperaba.
—¿Peor?
—Infinitamente mejor —le respondí con absoluta sinceridad.
—Era lo que buscaba y lo ha encontrado. No quiero que se pudra escondido, quiero compartirlo y que la gente lo pueda ver y saque sus propias conclusiones.
—Perdone, creo que me llaman, déjeme que apague el móvil.
Metí la mano en el bolsillo y saqué el teléfono para enviar un mensaje que ya había escrito previamente y había dejado a un golpe de dedo para que llegara a su destinatario.
—Ya está. No quiero que nos molesten —continué.
A partir de ahí solo pasaron segundos hasta que llamaron a la puerta.
—¿Viene con alguien? —dijo Paula sorprendida.
—No, ya ha visto que he venido sola.
Paula volvió a correr la tela y a apagar las luces del coche.
—Volvamos al salón, voy a ver quién es.
Salimos las dos del estudio. Apagó las luces y volvió a cerrar la puerta con llave.
Yo me quedé junto al sofá y ella se acercó a la puerta abriéndola sin mirar antes por la mirilla.
En el rellano se encontró de bruces con varios agentes de policía, entre ellos el inspector Millán Ariza, que le apuntaba con una pistola.
—Policía, levante las manos y no se mueva, queda detenida.