Guardaré tu última sangre 3 Enrique
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3 Enrique

Si dos coches de policía llegan a un barrio cualquiera y aparcan delante de una puerta, todos los que pasan por allí en ese momento se paran a ver qué sucede, y a los diez minutos todo el barrio está enterado.

Pero si eso ocurre en una urbanización de lujo, el resto del vecindario ni se entera.

La gente no pasea por las aceras porque no existen.

Las calles no tienen más que muros y muros salpicados de portones que casi siempre se abren y cierran con mandos a distancia.

Por allí nadie camina y los vecinos solo entran y salen de sus carísimas casas en coche, muchos de ellos con los cristales tintados.

El inspector Millán Ariza esperaba junto a su compañero Teodoro y un par de agentes a que abrieran la puerta.

Ya habían llamado y avisado de que tenían una orden de detención contra Enrique Zarza.

Desde que hablaron habían pasado varios minutos y nadie había abierto ni tampoco respondido a las siguientes llamadas.

—Jefe, ¿qué hacemos si no abren? Esto es una fortaleza.

—No creo que se atrevan, debe estar llamando a un abogado o bien destruyendo o escondiendo papeles. Vete a saber.

—Más razón para entrar cuanto antes.

—Vuelve a llamar, Teo, y avisa de que si en dos minutos no abren tendrán también cargos de resistencia a la autoridad y entraremos por la fuerza.

Teo se acercaba de nuevo al interfono cuando se abrió la puerta pequeña y apareció el mayordomo.

—El señor Zarza quisiera hablar a solas con el señor Ariza —anunció.

—Tendrá morro, que se olvide, ya puede ir saliendo —dijo Teo.

—El señor me pide igualmente que les transmita que, si hablan los dos solos, se les dará todo tipo de facilidades, pero que en caso contrario tendrán que tratar directamente con sus abogados.

—Vamos a entrar —dijo Teo acercándose a la puerta.

—Espera, Teo —le interrumpió Ariza—, no perdemos nada por dedicarle unos minutos más.

—No estoy de acuerdo, pero como tú digas, jefe.

Millán Ariza se acercó a la puerta y el mayordomo se hizo a un lado para dejarle pasar cerrando la puerta a su paso.

—El señor le espera en la rosaleda. Sígame si es tan amable, le indico el camino.

Millán siguió al mayordomo por un lateral del jardín hasta un pequeño apartado de parterres repletos de rosas que rodeaban una pérgola de piedra circular en la que destacaba un banco de mármol tallado a mano que ocupaba el centro. Sentado le esperaba el empresario con una copa en la mano.

—¡Qué día más desagradable, señor Ariza! Entierro a un amigo y viene la policía a mi casa.

—Si yo le contara cómo son mis días.

—Me lo imagino, me lo imagino; pero, por favor, siéntese. ¿Quiere tomar algo?

—No, ya sabe que estoy de servicio

—Entonces iré directo al grano. Tengo dos opciones.

Una es acompañarle sin abrir la boca y dentro de media hora estar de vuelta en cuanto mis carísimos abogados y mis amigos de las altas esferas me hayan puesto en la calle y a usted en ridículo.

La otra es que tengamos una conversación privada usted y yo, que siempre negaré que haya existido.

El tiempo justo para acabarme este maravilloso coñac que no ha querido probar. Y luego usted decide.

—La segunda entiendo que es algo que ninguno podrá utilizar en ningún caso.

—Obvio, sería un pacto entre caballeros.

—Bueno, no hay prisa, pero tampoco nos alarguemos mucho, tengo dos coches en la puerta y varios compañeros impacientes.

—¿Eso es un sí a la segunda opción?

—Sí, pero sea breve, por favor.

—Lo seré, porque lo único que quiero decirle es que se está equivocando.

—Y que es usted inocente. Qué poco original, yo esperaba algo más creativo, eso es lo que dicen todos.

—Yo no he tenido nada que ver con la muerte de Víctor Palacios ni con la de Marcelo Fonseca.

—Directamente quizá no, pero indirectamente parece que sí.

—Seré sincero con usted, porque me parece una persona inteligente y porque ha tenido la gentileza de ser flexible.

Es verdad que intenté comprar obra de Palacios una vez muerto, incluido el cuadro que trascendió a la prensa, y es verdad que pagué para que lo encontraran, pero ahí acaba toda mi responsabilidad.

Puede que no haya sido ético, pero desde luego no ha sido ilegal.

—Cuadros que fueron robados han aparecido en poder de una persona a la que usted pagó.

—Sí, es verdad, pero no pagué para que los robara, está mezclando dos robos y dos historias distintas, y por eso no avanza usted.

En el momento que separe las piezas y compruebe que son dos puzles diferentes, todo va a encajar.

Alguien mató a Víctor y robó los cuadros de su estudio, incluido el de la foto del periódico.

Esa es la primera historia, y la segunda es consecuencia de la primera, pero son distintas y con otros protagonistas.

—Le escucho atentamente —dijo Ariza sin inmutarse.

—Cuando ocurrió lo de Víctor, Marcelo Fonseca vio peligrar su negocio.

A partir de ahora ya no habría más cuadros y de los pocos que quedaban no tenía claro que los herederos quisieran venderlos.

Así que decidió quedarse con los que había en la galería para asegurarse el futuro. Esa es la segunda historia.

—Tiene su lógica, pero eso no explica su participación.

—Es muy sencillo y es lo que le he contado.

He tenido el capricho de comprar un cuadro conflictivo y macabro del que no se sabe quién es el dueño ni el autor, y he pagado para que lo buscaran.

Hasta ahí me declaro culpable. Pero solo de eso.

La persona que lo buscaba puede que no fuera la indicada y que se extralimitara en sus métodos, pero yo en ningún momento pedí que se matara o se robara a nadie.

—Pues esa persona mató y robó.

—Puede que robara, pero está por demostrar que matara y no fuera un fallo cardíaco…

En cualquier caso, como ya le he dicho, yo no tengo nada que ver en todo eso.

Yo ya tengo cinco cuadros de Palacios, ni quiero ni necesito más.

Quizás esta persona decidió quitarse de en medio después de lo que había pasado, y para eso necesitaba dinero o simplemente vio la oportunidad, o ambas cosas, pero siempre por iniciativa suya, como él mismo le confirmará en algún momento en su confesión.

—Pero usted intentó comprárselos, cuando lo supo.

—Digamos que intenté que no salieran del país. Un servicio al patrimonio artístico nacional.

—Según su teoría, la persona que mató a Víctor anda suelta.

—No tenga la más mínima duda.

—¿No fue el mismo que mató a Marcelo?

—Mi opinión es que se trata de dos personas distintas.

—¿Y quién mató a Palacios?

—Esa es la gran pregunta que a usted le toca responder. Y si me pregunta y le soy absolutamente sincero, le diré que no tengo la más remota idea.

—Si Iván pudo matar a Marcelo, también habría podido matar a Víctor.

—Por poder, podría, pero no creo. Antes de que yo le pidiera buscar el cuadro, Iván no tenía ni idea de quién era Víctor Palacios.

—¿Y Marcelo? Si Marcelo fue capaz de robar cuadros también podría haber robado los que había en el estudio después de matarlo.

—Lo dudo mucho —dijo el empresario.

—¿Por qué?

—Porque Marcelo era un cobarde, no tenía tanto valor. Una cosa es escamotear unos cuadros que ya tienes en tu poder, escondiéndolos, y otra muy distinta robar y matar de una manera tan sangrienta.

—Igual le dijo antes de la exposición que prescindía de él.

—Ni en ese caso. Yo conocía bien a Marcelo, era una persona sociable, pero débil y sin empuje. Ya me resulta sorprendente que decidiera llevarse los cuadros, pero estoy seguro de que jamás habría encontrado el valor suficiente para hacer algo tan fuerte.

—Me resulta difícil creerle.

—Amigo Ariza, voy a ir más allá, ya que estamos bajo secreto de confesión. En mi vida he hecho cosas ilegales de las que no me siento orgulloso y de las que seguramente usted habrá oído hablar, pero hay algo de lo que me convencí hace tiempo: que lo ilegal ya no me compensa.

—¿Por qué no le iba a compensar? Estamos hablando de mucho dinero.

—Mire a su alrededor, tengo mucho más de lo que un hombre puede aspirar en la vida.

Ya no soy el jovencito ambicioso que fui.

El coñac que hay en esta copa me cuesta más que el sueldo mensual de mi mayordomo, y no voy a ofenderle detallando el valor de lo que hay dentro de esa casa, solo en la parte que usted conoce, imagínese el resto.

Si dejara de trabajar y empezara a despilfarrar, no tendría tiempo en lo que me queda de vida ni para gastarme una pequeña parte de lo que poseo.

Así que entenderá que tengo mucho que perder y poco que ganar como para meterme en según qué historias.

Menos todavía por unos cuadros de un pintor del que ya tengo cinco.

Si me moviera por dinero y quisiera hacer un buen negocio, solo tendría que esperar unos meses y vender los cuadros de Palacios que ya tengo.

—Visto así, tiene su lógica, pero entenderá que tengo que detenerle. Una persona que trabajaba para usted ha confesado que estaba con Marcelo en el momento de morir.

—Querido Ariza, no tiene nada. Conozco bien a Iván y, sin saber lo que ha pasado, estoy seguro de que lo que haya dicho no se lo han sacado por métodos legales.

En el momento en que termine el aislamiento y pueda enviarle un abogado dirá lo contrario, los acusarán a ustedes de malos tratos y tortura.

Al final, en vez de solucionar un problema tendrá otro más.

—Tenemos un papel con la dirección de su puño y letra donde tenía que recoger el dinero y la persona que le estaba esperando.

—No sea ingenuo, usted conoce a los jueces mejor que yo. Una nota en un trozo de periódico no es nada. La persona que tenía el dinero dirá que era suyo, que no esperaba a nadie y no lo sacarán de ahí. Iván cambiará su versión en cuanto le dejen ver a un abogado. ¿De verdad cree que tiene algo?

—Le pillamos con los cuadros.

—Exacto, eso es lo único que tiene, el detalle de que estaba en el almacén.

Pero eso no lo relaciona necesariamente con nada más, podría decir que Marcelo Fonseca le había pedido que los guardara y que no sabía ni el origen ni para qué.

Se asustó cuando entró alguien sin autorización y por eso sacó la pistola que nunca disparó.

—¿Cómo sabe eso?

—Mi trabajo es saber cosas, ya se lo he dicho otras veces. La información es lo que de verdad vale dinero. Tendría que ser usted quien se hiciera a sí mismo esa pregunta o se la hiciera a sus jefes. ¿Cómo sé todo eso?

—Aun así tengo que llevarle conmigo.

—Voy a seguir siendo sincero con usted, más que nada para evitarnos problemas a los dos.

Una vez que termine esta conversación, y si es un caballero, de lo cual no tengo duda, tendrá que salir de nuevo a la calle y volver a llamar.

En vez de salir un mayordomo a ofrecerle una copa de coñac saldrá un abogado para decirles que no estoy en casa, cosa que ya será verdad en ese momento, y que no pueden pasar salvo que tengan una orden de registro.

Usted se irá sin nada, y a ese mismo abogado, una vez que se vayan, le faltará tiempo para ir a poner una demanda contra su compañero Saldaña por allanamiento, malos tratos y destrucción de obras de arte.

Así que, dicho esto, volvemos al principio de la conversación, tiene usted dos opciones y le dejo elegir cuál.

Millán Ariza no respondió, encajó la mandíbula y apretó los puños sin hacer nada.

—Querido amigo, no se ofusque —siguió diciendo el empresario—, con quien tiene que estar molesto no es conmigo, es con esa mierda de políticos que mandan en el jefe del jefe de su jefe.

—Todo es una puta mierda.

—Lo sé, y de las grandes, pero permítame un consejo de alguien mayor que usted.

No empiece una guerra que no pueda ganar.

Confíe en mí, la persona que mató a Víctor Palacios está ahí fuera y no tiene nada que ver conmigo.

Aparte de ser una buena inversión, yo apreciaba a Víctor.

De Marcelo no puedo decir lo mismo, pero puedo asegurarle que dentro de las cosas malas que he hecho en mi vida nunca ha estado matar por dinero, y menos a estas alturas.

Solo soy culpable de tener un capricho de coleccionista de arte nada más y contratar a la persona equivocada. Créame.

—Me lo pensaré de aquí a la puerta.

—Está en su derecho, pero hágase un favor, no vuelva a llamar a ese timbre salvo que sea para aceptarme la copa que ha rechazado ya en dos ocasiones.

El inspector Ariza se levantó y, sin saludar ni despedirse, se fue por el mismo camino por el que había venido.

Echó un último vistazo a la casa que se ocultaba detrás de los muros y recordó el suelo romano que tenía a la entrada, pensó en las traiciones y maldades que habrían pasado por encima a lo largo de la historia.

En ese momento sonó el teléfono y vio en la pantalla el nombre de Ana Dema.

Descolgó y se quedó un rato hablando y, sobre todo, escuchando lo que le decía bajo la mirada atenta e impaciente del mayordomo que le acompañaba.

Muy serio, colgó, llegó hasta la puerta y salió donde todavía le esperaban los demás.

—¿Qué ha pasado, jefe? —preguntó Teo.

—Luego te cuento. Ahora nos vamos.

—¿Sin llevárnoslo?

—Agente, hemos terminado por hoy, gracias por el servicio —dijo al otro coche.

—Millán, ¿qué coño está pasando?

—Cállate y arranca, sal de esta puta urbanización y después te diré adónde vamos.