4 Teo
El coche del inspector Ariza dio un frenazo frente a la puerta del bloque de viviendas que se oyó en toda la calle. Del asiento del copiloto se bajó el subinspector Teodoro Saldaña.
—¿Este es el edificio?
—Pero no tenemos las llaves.
—No las necesitamos.
—Teo, a veces pienso que eres peor que la gente que detenemos.
—No tengas la más mínima duda, jefe, gracias a eso voy por delante de ellos.
Justo en ese momento unos niños salían por el portal. Teo se adelantó hacia ellos.
—Esperad, no cerréis la puerta, que subimos.
—Y encima con suerte.
Los dos policías entraron en el edificio y tomaron el ascensor.
—¿Cómo has conseguido que el ruso cante?
—No quieras saberlo —respondió mientras apretaba el botón del quinto piso.
—Quiero saberlo.
—No te conviene. Dejémoslo en que soy persuasivo.
—Teo, uno de estos días no voy a poder ayudarte.
Al llegar a la planta, los dos policías salieron y se encontraron intacto el precinto de la policía.
—Perfecto. Llegamos los primeros.
—¿Me vas a contar al menos qué buscamos?
—Pruebas de quién pagaba al ruso —dijo Teo mientras metía una ganzúa en la cerradura y abría la puerta como si nada.
En ese momento un vecino salió de la puerta de al lado y se les quedó mirando con asombro.
—Policía —dijo Millán enseñando la placa.
—Perdone, ya me iba —respondió el vecino mientras se montaba en el ascensor a toda prisa.
Los dos policías separaron con mucho cuidado la cinta adhesiva y entraron en la casa. Todo estaba en orden y en silencio.
—Se supone que esta mañana han revisado esta vivienda de arriba abajo.
—Las casas tienen muchos recovecos, jefe, siempre hay alguno que pasa desapercibido.
Teo se fue directo a la cocina. Se acercó al frigorífico, lo sujetó con fuerza y tiró hasta apartarlo medio metro de la pared.
—¿Alguna vez has visto una pared tan limpia detrás de un frigo?
—La verdad es que no.
—Eso es señal de que vamos bien.
Teo se acercó a las baldosas blancas que alicataban la pared y fue tocando una por una, hasta que al llegar a la segunda fila una de ellas sonó de una manera distinta a las demás, como a hueco.
—Creo que lo he encontrado. ¿Me acercas un cuchillo?
Millán rebuscó entre los cajones hasta dar con uno que tuviera el borde fino.
Teo lo metió entre la rendija de las dos baldosas y sin apenas hacer presión saltó una de ellas.
Detrás había un agujero en la pared, y dentro un sobre con dinero, el recorte de prensa con el cadáver de Víctor sobre el cuadro y un fajo de billetes junto a un trozo de periódico con una nota escrita a mano.
Teo le acercó todo a Millán y sonrió de oreja a oreja.
—Si el ruso decía la verdad, en esa dirección hay alguien ahora mismo con un millón de dólares esperando a que lleguen los cuadros que había en la nave.
—¿Te ha dicho quién le espera?
—No, pero seguro que se trata de alguien que trabaja para el que ha organizado toda esta mierda.
—¿En quién estás pensando? —preguntó Ariza.
—En el mismo que escribió esa dirección de su puño y letra, Enrique Zarza.