5 Paula
No me gustan los funerales, pero me encantan los cementerios.
Los funerales son algo desagradable: personas que sufren acompañadas de gente que no sabe qué hacer ni qué decir.
Siempre he pensado que las penas es mejor pasarlas en soledad, puedes desahogarte, llorar, gritar o hasta pegarles a las paredes sin que nadie te vea.
Supongo que hay gente que prefiere sufrir en compañía, pero para mí eso hace que el sufrimiento sea mayor.
Los cementerios sin embargo dan paz, tranquilidad, sosiego…
Una vez que llegas allí ya no hay liturgias como en el funeral, solo silencio y esperar a que alguien cierre el nicho. Mucho más llevadero.
En esta ocasión me salté el funeral y fui directamente al cementerio. Alrededor del nicho no cabía un alfiler, así que era fácil pasar desapercibida. Me quedé en un lado, bien situada para ver cómo reaccionaba la gente.
Junto al féretro estaba Paula, la novia de Víctor, traje de chaqueta, sin maquillaje y con los ojos totalmente enrojecidos. A su lado Daniel, su mejor amigo, también hundido. Mas allá Elsa, con un vestido largo y un abrigo negro, la más entera de los tres, pero también con el dolor en la mirada.
Alrededor muchas personas, algunas de las cuales me resultaban familiares, aunque no supiera quiénes eran.
Supuse que se trataba de coleccionistas, amigos, compañeros, periodistas y alguna representación oficial.
Entre todos ellos pude reconocer a Enrique Zarza, en segunda fila, con la mirada imperturbable, acompañado de una rubia oxigenada que le sacaba un palmo.
Al fondo mi mirada se cruzó con la de Millán Ariza.
Me pareció ver que esbozaba un leve gesto de complicidad hacia mí, pero no sé si fue real o las ganas que tenía de ver algo cálido entre tanto frialdad.
El operario del cementerio terminó de poner la lápida y los asistentes empezaron a disgregarse. Por un momento dudé en acercarme para darle un beso a Elsa, pero al final pensé que para los familiares es mejor que todo acabe cuanto antes.
Millán vino hacia mí dando un rodeo.
—Empieza a ser una costumbre encontrarnos en sitios poco acogedores.
—Eso parece —dije, intentando ser cordial.
—¿Cómo has venido?
—En moto, como siempre.
—Era por llevarte.
—No hace falta, muchas gracias.
—Te acompaño hasta donde la tengas aparcada.
—Eso es lo que se llama salir de un cementerio escoltada por la policía.
—Los que viven aquí no son peligrosos.
—¿Como os va con el detenido?
—Mal, se niega a contar nada, lo he dejado en el hospital con Teo. No hay rastros en casa de Marcelo y nada que pruebe que los cuadros estaban allí cuando murió. Por ahora solo le podemos acusar de robo e intimidación a un policía. Poca cosa.
—Bueno, algo es algo.
—No lo suficiente.
Mientras nos dirigíamos a la salida, Paula, la novia de Víctor, echó a correr alejándose del grupo y rompió a llorar junto a un árbol.
Todo el mundo se quedó sorprendido y sin saber qué hacer ante aquella reacción tan rara.
Solo Daniel tomó la iniciativa de acercarse a consolarla.
En el momento en que la rodeó con el brazo ella se separó y caminó hasta uno de los coches que había aparcados, sacó las llaves y con la mano izquierda lo abrió, se metió dentro, arrancó y se alejó sin despedirse.
—Pobre, ha perdido a su pareja y el trabajo a la vez —dijo Millán.
No respondí. Me quedé mirando cómo el coche se alejaba mientras los demás del grupo cuchicheaban entre ellos y seguían dispersándose.
—¿Hay alguien ahí? —me pregunto Millán—. Te estoy hablando.
—Perdona, pero tengo que irme, luego te llamo.
—¿Y esas prisas?
—Nada, de repente acabo de recordar un tema importante y tengo prisa.
Sin perder más tiempo le di un beso en la mejilla, me acerqué a la moto y la arranqué.
—¿Esta noche tienes planes? —le pregunté a Millán ya en la moto.
—No —dijo sorprendido.
—Pues no hagas, te invito a cenar.
—Vale, luego me dices dónde.
—¡Ah! Un último favor antes de irme. ¿Podrías enviarme al móvil una imagen de la cámara de seguridad donde salía la chica que llevaba los cuadros?
—¿Para qué la quieres?
—Simple curiosidad. Luego nos vemos.
Arranqué y salí del cementerio a toda velocidad mientras el resto de la gente empezaba a llegar a los coches y se despedían unos de otros. Fue en ese momento cuando Millán Ariza buscó su teléfono para volver a conectar el sonido y vio las diez llamadas perdidas de Teo.