6 Teo
El inspector Millán Ariza salió dando un portazo de la última habitación de la cuarta planta del Hospital Central.
Al instante se volvió a abrir la puerta y le siguió el subinspector Teodoro Saldaña.
Junto a la entrada, el agente de policía que estaba sentado se levantó de la silla, pero los dos policías le tranquilizaron con un gesto de que se volviera a sentar.
—Jefe, no dejes que te saque de tus casillas ese hijo de puta.
—Le pillamos con cuadros robados asociados a dos asesinatos, amenaza con una pistola a un policía y encima se niega a hablar. Este tío es tonto, le van a caer años para aburrir.
—Puede que no sea tan tonto —dijo Teo más calmado.
—Hasta le hemos ofrecido negociar una reducción de condena si habla.
—Quizá tiene muy claro que va a salir mejor parado si guarda silencio.
—Solo nos quedan diez horas de tenerle incomunicado —dijo Ariza—. Justo lo que va a tardar en caer sobre nosotros un aluvión de abogados pagados por el fulano que lo haya contratado.
—Tenemos tiempo suficiente —insistió Teo.
—La putada es que no había ni una huella en la casa de Marcelo ni podemos probar que esos cuadros estaban en el mismo lugar del asesinato. Ni siquiera tenemos agresión o intento de homicidio porque no llegó a dispararte.
—Seguro que algo encontrarán en la nave o en su coche los de la científica.
—Puede, pero de momento no tenemos nada y en una hora tengo que hacer un primer informe —se lamentó Ariza.
—Hagamos una cosa, vuelve a comisaría y déjame un rato más con él, si consigo que me diga algo te aviso antes de que entres a ver a los jefes.
—No puedo, tengo que ir al entierro de Palacios. Quédate aquí, pero no te pases, que bastante tengo con explicar por qué entramos sin orden judicial.
—Riesgo de fuga. Es fácil.
—No jodas, Teo, que llegó después que tú.
—Pero eso no lo saben los de arriba.
—Ya veremos qué digo, me lo pensaré por el camino.
—Ánimo, jefe, que esto ya casi está solucionado.
Millán Ariza se fue por el pasillo negando con la cabeza. Al pasar al lado del agente este le saludó cordialmente llevándose la mano a la frente.
—Que no entre nadie en esa habitación hasta que yo vuelva, salvo vosotros.
—A sus órdenes —dijo el agente.
Mientras se alejaba, Teo volvió hacia la habitación.
—Ya has oído lo que ha dicho el jefe. Que no entre nadie en la habitación, sea quien sea, ni los médicos, que tenemos que hablar el calvo y yo.
—Entendido, Teo, no te preocupes.
Teodoro Saldaña llevaba muchos años en el Cuerpo Nacional de Policía y había visto mucha gente detenida con las manos en la masa.
La mayoría se derrumbaban al instante y confesaban, pero siempre había unos pocos a los que todavía les quedaban arrestos para negar la evidencia.
Estos eran los que peor llevaba. El cinismo le sacaba de sus casillas.
Al entrar otra vez cerró la puerta y acercando una silla la atrancó apoyándola contra el pomo.
—Estos hospitales no respetan la intimidad, mira que no tener llave las puertas.
—No tengo nada que decir, ya se lo he dicho antes.
—Mi jefe es un buen tío y le has cabreado, pero es que quien cabrea a mis amigos me cabrea a mí.
—Quiero un abogado.
—Y yo quiero un barco, por querer que no quede.
—Tengo derecho a un abogado.
—Y lo tendrás, no te preocupes, lo tendrás, pero hasta dentro de diez horas solo tienes derecho a estar conmigo. ¿No te caigo bien?
—No le conozco, no me cae ni bien ni mal.
—Pues para no caerte mal, me apuntaste con una pistola anoche.
—Usted entró en una propiedad privada.
—Te voy a decir algo: que me apunten con una pistola me pone muy nervioso, ya viste lo que pasó, mira el agujerito que tienes en el hombro.
—Yo no pensaba disparar.
—O no te dio tiempo… Pero, a lo que íbamos, hay una cosa que todavía me pone más nervioso que me apunten.
Iván se quedó callado mirando al policía.
—Que me tomen por tonto.
Teo dio la vuelta a la cama y acercándose al cable para llamar al médico lo retiró del alcance de Iván colgándolo de la lámpara.
—¿Qué hace?
—Evitar que nadie nos moleste, el médico ha dicho que necesitas reposo ahora.
El policía cogió una de las muñecas del herido y de un golpe le puso unas esposas que ancló al cabecero de la cama.
—No puede hacer esto, tengo derechos.
—Y yo también tengo mis derechos, y uno de ellos es que no intentes escaparte.
—No intento escaparme.
—Pues a mí me ha dado la impresión contraria.
Rodeando la cama, el policía le puso otras esposas en la muñeca que le quedaba libre y una mano en la boca para que no gritara.
—Ahora vamos a ver qué tal está esa herida.