Guardaré tu última sangre 7 Elsa
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7 Elsa

—Supongo que te debo una explicación.

—No me debes nada.

—Te debo mucho —respondió Elsa mientras andábamos por la acera cerca de mi consulta—, si no fuera por ti seguiría todavía en la cárcel. Es la segunda vez que me ayudas. Buscaste a alguien que me vio en la biblioteca y encontraste parte de los cuadros.

—Tuve suerte.

—Y paciencia y buen ojo.

—¿Eran los que robaron del estudio? —pregunté.

—No, según Daniel esos no estaban en el estudio, así que deben ser los que había en la galería.

—¿Por qué los escondería Marcelo?

—Dinero. Él sabía que si yo me quedaba con ellos no los iba a poner a la venta, y se le había acabado el negocio. Vendiéndolos bajo cuerda tendría la vida resuelta.

—Y Daniel, ¿qué tal está?

—Bien, ya en casa, pero lo ha pasado fatal, tardará en recuperarse. Por cierto, hay algo que me gustaría contarte. ¿Nos sentamos en esta terraza? Te invito a comer.

—No, no puedo, si acaso algo rápido. Tengo trabajo atrasado y a las tres tengo otro paciente.

Nos acercamos a la esquina más alejada para estar solas, nos sentamos y le hicimos una seña al camarero.

—¿Una copa de vino, al menos? —preguntó Elsa.

—Pero solo una, mientras me cuentas lo que tengas que contarme.

—Después de estos días, preferiría compartir la botella entera y sin prisas, para disfrutarte y porque me gustaría contarte mi historia con Daniel.

—Sobre eso no tienes que contarme nada, no tienes ningún compromiso conmigo y además ya lo sabía.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó Elsa extrañada.

Sonriendo, señalé al cenicero que había sobre la mesa.

—Las colillas son un clásico.

—Llevas razón, no había caído, no debería dejar a nadie fumar en casa.

—No pasa nada, yo no te pregunté, tú no me mentiste.

El camarero se acercó en ese momento. Le pedí dos copas de vino blanco bien frío y Elsa asintió con la cabeza.

—La historia con Daniel es complicada —siguió ella.

—No hace falta que me des explicaciones, ya te lo he dicho.

—Lo sé, pero me apetece contártelo.

—Entonces, te cobraré la consulta —dije riendo.

—Te la pagaría feliz.

—Era broma, además el dibujo de Víctor vale más que muchas consultas.

—Daniel y yo éramos pareja en la universidad, pero Víctor se metió por medio.

—¿Dejaste a uno y luego te liaste con otro?

—La verdad es que no, hubo un tiempo que estuve con los dos, pero Daniel no lo sabe, él cree que pasaron unos meses desde que lo dejamos hasta que empecé con Víctor.

—Debió de ser duro para él.

—Muy duro, pero Daniel es muy noble y puso su amistad con Víctor por delante de todo. Conseguimos que no nos afectara, pero supongo que siempre lo ha llevado dentro.

—¿En qué momento volvisteis a estar juntos?

—Como pareja nunca, aunque sí reconozco que me refugié mucho en él después de la separación de Víctor. Pero creo que lo veíamos de distinta manera: para mí; era solo sexo y cariño, nada más, las dos cosas que me faltaban, pero él lo interpretó como retomar lo que habíamos tenido en la universidad.

—¿Por qué no se lo aclaraste?

—Lo hice, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír, y tengo que reconocer que tampoco insistí una vez que lo hablamos.

Quise pensar que él lo tenía claro sin preocuparme de si era así o no.

Para mí era cómodo, yo estaba muy sola y Daniel no me agobiaba.

Él por su parte tenía lo que quería. Ya sabes cómo son estas cosas, acuerdos tácitos.

—Sí, lo sé mejor de lo que te imaginas.

—Nunca sabes si es mejor hablar las cosas o dejarlo estar.

—Siempre es mejor hablar, te lo digo como profesional.

—Yo no lo tengo tan claro.

—Lo que no entiendo es por qué no le pediste a Daniel que te acompañara a comisaría en vez de llamarme a mí, ya que apenas me conocías.

—Porque ocurrió algo la noche antes de su muerte.

Daniel y yo fuimos a cenar con Marcelo y Víctor, que estaba muy nervioso por la exposición y, como suele hacer en esos casos, bebió más de la cuenta.

En esas situaciones tiende a ponerse desagradable, yo lo conozco bien y estoy acostumbrada, pero a Daniel le pilló en un mal momento, llevaba mucho trabajo y muchos caprichos suyos a la espalda, y al final tuvieron un encontronazo.

—¿Qué quieres decir?

—Que se pelearon, pero solo verbalmente.

Víctor insinuó que Daniel y yo éramos unos perdedores y que por eso hacíamos tan buena pareja, y a partir de ahí empezaron los insultos entre los dos.

Daniel le dijo que era un miserable porque le gustaba hacer daño sin motivo, que en sus pinceles había más crueldad que talento y que el único brillo de sus cuadros se lo daba su soberbia.

Víctor se levantó y de un manotazo tiró la copa de vino.

Yo pensé que iba le iba a pegar, pero de pronto se giró bruscamente y se fue al baño y la cosa no llegó a más, pero Daniel en ese momento hizo un comentario desafortunado que oyó Marcelo.

—¿Qué dijo?

—Toda la discusión empezó por los cambios que Víctor le obligaba a hacer una y otra vez en la escultura de su propia cabeza, nunca estaba satisfecho.

Así que mientras Víctor estaba en el baño, a Daniel no se le ocurrió otra cosa que decir que la mejor manera de que todos estuviéramos contentos era cortarle la cabeza a Víctor de verdad y exponerla.

—¿Lo dijo en serio?

—Por supuesto que no, Daniel es incapaz de hacer daño a una mosca.

Si no hubiera pasado lo que pasó luego no habría tenido la menor trascendencia y todos lo habríamos olvidado.

Pero cuando ocurrió lo que ocurrió a Daniel le desquició que Marcelo pudiera contárselo a la policía.

Más incluso si se tiene en cuenta que él fue la última persona que lo vio con vida.

El camarero vino con las copas y, mientras nos servía, Elsa se quedó pensativa. Cuando se fue levantó la suya y bebió antes de continuar la historia.

—Después de lo que pasó, intentó por todos los medios hablar con Marcelo, pero este no le atendía el teléfono, así que empezó a agobiarse pensando que pudiera sospechar de él. Yo le animé a que le buscara y lo aclarara para quedarse tranquilo.

—¿Y por qué no se lo contasteis a la policía?

—Ahora parece lógico después de lo que ha pasado, pero si en ese momento se hubiera sabido habríamos parecido más sospechosos de lo que ya parecíamos, por eso te pedí a ti que me acompañaras la primera vez que me citaron y no a él.

—Te entiendo.

—Quizás a ti sí debería habértelo dicho, pero tampoco te conocía mucho. Sabía que si accedías a acompañarme a comisaría iría más tranquila. Siempre me has dado mucha paz y seguridad —dijo Elsa sonriendo.

—Gracias, me lo tomaré como un halago. Ahora, al menos, con la persona que han detenido y con los cuadros encontrados ya no eres la sospechosa oficial.

—Puede que no del todo, hasta que aparezca el auténtico culpable no estaré tranquila del todo, este tiene toda la pinta de ser alguien a sueldo.

—Y no debe ser el único, no lo olvides —le recordé.

—¿Quién más? —preguntó Elsa.

—¿Ya no te acuerdas de la mujer que grabaron las cámaras de la calle? Aquello no fue casualidad, alguien se tomó la molestia de vestirse como tú para incriminarte o pagar a alguien para que lo hiciera.

—Es verdad, llevas razón —dijo Elsa y cambió la expresión del rostro.

—Además, hay muchas cosas que no encajan —dije categórica.

—¿Como qué?

—Si el que mató a Víctor y a Marcelo fue la misma persona, ¿por qué no estaban todos los cuadros juntos? Todavía faltan los que se llevaron del estudio y el más importante, el cuadro que salía en la foto que mandaron a los periódicos.

—¿Qué estás pensando?

—No lo sé, pero como te he dicho hay algo que no encaja.

—Me gusta cuando te preocupas, subes una ceja, entornas los ojos y te pones muy atractiva.

Elsa consiguió sacarme una sonrisa y romper la tensión del momento. Las dos bebimos después de chocar las copas y dejamos que el brindis fuera nuestro cruce de miradas.

—Tengo que irme, ya hablaremos con más calma —dije apurando la copa.

—Cuando quieras, y recuerda que entre Daniel y yo no hay nada importante.

—Te seré sincera, ya que tú lo has sido conmigo: no creo que se repita lo de aquella noche.

—¿No te gustó?

—Mucho, pero no es eso, es que intento simplificar mi vida, bastante liada está ya como para meterme en historias que la compliquen más.

—No quiero agobiarte, pero solo que sepas que esa puerta queda abierta.

—Te lo agradezco, bueno es saberlo.

—Por cierto, el entierro de Víctor es mañana. ¿Vendrás?

—No creo, al fin y al cabo, ni le conocía ni teníamos ningún tipo de relación, y sobre todo no me gustan los funerales. Allí no pinto nada.

—Apoyarme, acompañarme y al terminar tomar algo juntas.

—No creo que sea buena idea.

—Quizá una última noche de despedida no te complique tanto la vida.