8 Iván
El hombre calvo rodeó la nave hasta llegar a la puerta de atrás.
Con mucho cuidado introdujo la llave en la cerradura y muy despacio giró hasta abrirla.
Con un solo movimiento abrió la puerta lo justo para entrar rápido y cerrarla tras él sin que le delatara la luz.
Una vez dentro esperó a estar seguro de cuántos había.
Pasaron unos minutos y solo oía a alguien hablar por teléfono en voz baja.
Se escondió detrás de unos bultos para ver todo el interior de la nave sin ser visto. Cerca de los cuadros solo había un hombre sentado en una caja de madera mirando la pantalla del móvil. No esperó más y se le acercó hasta ponerse a su espalda y encañonarle.
—No se mueva ni se vuelva, levante las manos despacio, le estoy apuntando con una pistola —dijo el hombre alto.
Teo obedeció y levantó las manos sin hacer ningún movimiento brusco.
—Soy policía, si está armado está cometiendo un error. Me voy a volver —dijo el policía.
—Si quiere seguir vivo le recomiendo que no lo haga y que siga con las manos levantadas. Y no me tome por tonto, la policía no entra en las propiedades privadas sin autorización.
—Le puedo demostrar que soy policía, pero tendría que bajar las manos.
—Ni se le ocurra. ¿Tiene una orden de registro?
—No la necesito.
—Ya veo. Ahora ponga atención a lo que le voy a decir y no haga ninguna tontería. Baje despacio la mano izquierda y busque en su bolsillo la cartera. Sáquela muy despacio y tírela al suelo.
Teo hizo lo que le pedían, bajó la mano con mucho cuidado y sacó la cartera donde tenía la placa, tirándola al suelo detrás de él. Iván se acercó muy despacio sin dejar de apuntarle, se agachó y la examinó.
—Será policía, pero lo que está haciendo esta noche es ilegal.
—Más ilegal es robar obras de arte.
—Mala cosa, haber visto esos cuadros no es nada bueno para usted.
—Voy a volverme, así que no haga ninguna tontería.
—Si se gira me obligará a matarle.
—Matar a un policía es algo muy grave, no se lo recomiendo.
—Sería grave si me atraparan, pero no lo van a hacer.
En ese justo momento se oyó a lo lejos el sonido de sirenas de policía.
—¿Está seguro de eso?
Iván se volvió a mirar la puerta y se quedó callado un instante. Teo aprovechó para tirarse al suelo y sacar su revólver mientras rodaba. Al girarse, Iván pudo ver cómo le apuntaban con un arma. Teo no se lo pensó dos veces y disparó desde el mismo suelo varias veces.
Al ruido de los disparos siguió un grito de dolor.
Teo se incorporó en el momento en que se encendieron las luces.
Detrás de un par de agentes entró el inspector Ariza para encontrarse a Teo de pie, con el revólver en la mano, y a unos metros un hombre tumbado junto a una pistola con silenciador y con la mano sujetándose una herida en el hombro.
—Que nadie se mueva.
—Tranquilos, este creo que ya no se moverá mucho —dijo Teo.
—¿Quién coño es ese? —preguntó Ariza.
—Ni idea, estaba a punto de averiguarlo cuando ha empezado la fiesta.
—Llamad a una ambulancia, rápido.
Los agentes se acercaron al hombre tirado en el suelo y de una patada alejaron la pistola. Se agacharon a inspeccionar la herida y a registrarlo.
—No tiene más armas, solo un cuchillo.
—¿Tiene documentación? —preguntó Ariza.
—No lleva nada encima aparte de un móvil y unas llaves —dijo el agente que estaba junto a él.
—Por el acento, no parece de aquí, me parece que es de algún país del Este de Europa —dijo Teo.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Ariza.
—Quiero una ambulancia y un abogado —dijo Iván retorciéndose de dolor.
—La ambulancia está en camino, del abogado ya hablaremos.
—No pienso decir nada.
—También de eso hablaremos —dijo Teo.
Mientras los agentes le taponaban la herida, Millán miraba la nave.
—¿Dónde están los cuadros?
—Allí, debajo de aquella manta —señaló Teo.
Millán se acercó y poniéndose unos guantes levantó el embalaje y los examinó de cerca.
—¿Dónde estabas tú? —preguntó a Teo
—Un poco más allá, sentado en aquella caja.
—Pues creo que no solo le has dado al calvo, también has disparado a los cuadros, si es lo que está ahí debajo.
—¿Qué dices?
—Mira —dijo Millán señalando un agujero en la manta—, esto creo que es de bala.
—Joder, iba armado, y me iba a disparar.
—No, si no era un reproche, era solo para tu información.
Millán quitó los plásticos y debajo aparecieron varios cuadros. Sacó los primeros y los fue alineando uno a uno contra la pared.
—Yo no entiendo mucho, pero juraría que son de Víctor Palacios.
—¿Los del estudio o los que había en la galería?
—Por el número, creo que son los que tenía Marcelo Fonseca en su galería, porque en el estudio no había tantos, pero tenemos que confirmarlo.
El sonido de otra sirena se fue acercando cada vez más y enseguida varias personas vestidas de blanco y verde, con maletines y una camilla entraron, por la puerta.
Se agacharon donde estaba Iván, lo examinaron y rápidamente le taponaron la herida y le abrieron una vía con suero antes de subirlo a la camilla.
—Acompañadlo y no le perdáis de vista en ningún momento —dijo Millán a los agentes.
Mientras se lo llevaban, Teo se acercó a los cuadros para verlos de cerca.
—Es verdad, todos tienen un agujero de bala en el mismo sitio.
—Te lo he dicho.
—Si te soy sincero, tampoco se pierde gran cosa, son bastante feos.
—Explícale eso al juez, amigo.
—Él se puso delante de los cuadros, no tenía otra opción.
—Tranquilo, solo has disparado a obras por valor de varios millones de euros.
—Mi gran aportación a la historia del arte contemporáneo.