Guardaré tu última sangre 9 Millán
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9 Millán

En el momento del orgasmo una oleada de placer reventó en mi interior mientras le cabalgaba. La luz que entraba por la ventana de su casa reflejaba su cara de éxtasis y cómo su cuerpo resistía. Yo aproveché lo que le quedaba de fuerza para seguir alargando el mío.

Su teléfono volvió a sonar y vi que ponía gesto de cogerlo.

—Ni se te ocurra —le dije.

Cuando ya empezaba a desfallecer me tumbé encima de él y todavía exprimí los últimos espasmos de placer que me daba sentir su cuerpo debajo.

Poco a poco fui parando hasta quedarme acoplada a su vientre y a su pecho.

Con una dulzura inesperada, me rodeó con sus brazos y me besó delicadamente.

El momento de felicidad duró lo que tardó en quebrarlo el sonido del teléfono.

—Lo siento, debería haberlo apagado —dijo Millán.

—Si hubiera estado a mano lo habría tirado por la ventana.

—Debería mirar quién es. Si insisten es que algo grave ocurre —dijo Millán.

—Más razón para apagarlo.

—Quizá esté teniendo problemas Teo con la orden judicial.

—Nada que no podáis arreglar mañana.

En ese momento volvió a sonar el teléfono de Millán y sin que yo pudiera hacer nada se levantó de un salto a cogerlo.

—Es Teo, lo que me imaginaba —dijo mirando la pantalla.

—Me voy a la ducha mientras hablas.

—No puedo hablar ahora, Teo, ¿algún problema?

—Jefe, he encontrado los cuadros —dijo Teo en un susurro al otro lado de la línea.

—¿Estás seguro?

—Sí, totalmente, hay cinco o seis.

—¿Quién está contigo?

—Nadie. Estoy solo.

—¿Cómo que estás solo?

—No había nadie disponible hasta dentro de un par de horas y no tenía ganas de esperar.

—Pero, Teo, ya sabes lo que dice el protocolo cuando se lleva una orden judicial de registro, que tienen que ser al menos dos las personas que estén presentes.

—No te enfades, jefe, por eso no hay problema porque tampoco tengo la orden judicial, pensé que no iba a encontrar nada y no quería perder el tiempo.

—No me jodas, Teo, sin orden judicial ninguna prueba que encuentres servirá para nada.

—¿Para qué queremos pruebas? Tenemos los cuadros.

—No hagas nada, voy para allá echando leches.

—Te espero.

Cuando salí de la ducha Millán se estaba poniendo los pantalones.

—¿Adónde vas?

—Llevabas razón, tu sitio era bueno, allí están los cuadros.

—¿Cuáles, los que había en el estudio o los que estaban en la galería?

—Por el número, creo que son los que tenía Marcelo.

—¿Puedo acompañarte?

—Por supuesto que no.

Millán me cogió la cara entre sus manos y me besó con más pasión que antes.

—Soy una buena investigadora.

—Eres buena en todo.

—Y todavía no has visto nada.

—Me voy, te llamo luego y te cuento. Muchas gracias por todo.

—¿Por encontrar el sitio donde estaban los cuadros?

—Y más por el postre.