10 Teo
Después de colgar se quedó pensativo. Ahora tenía dos opciones.
La primera y la más lógica pasaba por obedecer a su jefe, ir al juzgado de guardia y perder media vida en conseguir una orden de registro de la dirección que le acababa de dar Millán Ariza y donde era más que posible que estuvieran los cuadros robados. O dos, hacer las cosas a su manera.
Si fuera un poco más temprano quizá seguiría el procedimiento, pero a estas horas, y con las copas que llevaba en el cuerpo, no estaba para muchas tonterías. Para Teodoro Saldaña los jueces no eran una ayuda, eran un problema más, así que decidió hacer lo de siempre.
El polígono industrial a esa hora estaba muy concurrido, los que salían de trabajar se cruzaban con los que llegaban para el turno de noche.
Las aceras estaban repletas de mujeres ligeras de ropa y las calles de clientes indecisos.
Perfecto para pasar desapercibido. Localizó la nave con facilidad, aparcó a una distancia prudencial y apagó las luces.
Después de un rato nadie entró ni salió, y no había el más mínimo rastro de luz en el interior. Todo apuntaba a que ya estaría vacío a esa hora. Se bajó, se acercó a la puerta y con una ganzúa la forzó como quien abre una lata de cerveza.
Entró y cerró tras de sí. La oscuridad le envolvía y esperó para que los ojos se acostumbraran y pudiese comprobar que nadie le había oído entrar. La nave no era muy grande y estaba vacía, salvo por unos restos de maquinaria oxidada amontonados al fondo y cajas y bultos apilados contra la pared.
Teodoro sacó una linterna diminuta del bolsillo y dirigiéndola hacia las paredes vio que casi todo eran cajas abandonadas y restos de maquinaria de lo que alguna vez fue una fábrica de vete a saber qué.
En una esquina vio un bulto mayor que los demás, y sobre todo era distinto porque no tenía polvo acumulado. Era grande y rectangular y estaba tapado con una gran manta. Se acercó y al levantar el envoltorio de una esquina vio que debajo había varios lienzos cubiertos de plástico.
Desató las cuerdas que lo envolvían y quitó el embalaje con mucho cuidado.
El primer cuadro de la pila tendría unos dos metros de alto y estaba vuelto del revés, así que tuvo que darle la vuelta para poder verlo.
Una vez que lo hizo se separó unos pasos para dirigirle la linterna y poder mirarlo bien en su conjunto.
A Teodoro Saldaña el arte le importaba una mierda y sabía de pintura tanto como de física cuántica, pero ya había visto suficientes cuadros de Víctor Palacios en los últimos días como para saber que aquel que tenía delante era uno de ellos.
Lo volvió a cubrir con los plásticos y la manta para dejarlo tal y como se lo había encontrado. Volvió a atarlo todo y llamó con el móvil a su jefe, era un poco tarde, pero sabía que nunca lo apagaba. Sonó y sonó, pero no lo cogió.
«Hostia puta, Millán, por tus muertos, coge el teléfono», pensó mientras lo oía sonar.
Por un momento dudó sobre qué sería más arriesgado, si salir o esperar allí dentro.
Volvió a mirar a su alrededor y no le pareció que tuviera pinta de que fuera a llegar gente a trabajar a esa hora, así que decidió esperar un poco para volver a llamar.
Se sentó en una caja de madera y sacando un cigarro se lo puso en la boca. Lo encendió y le dio una larga calada.
Fuera seguía el trasiego habitual de esas horas en el polígono y, entre idas y venidas, un monovolumen oscuro aparcó en la acera de enfrente de la nave donde estaba Teo.
El conductor estaba a punto de bajarse del coche cuando reparó en una luz que se reflejó en los cristales de la parte alta de la nave, como una cerilla o una linterna.
Apenas el instante suficiente para delatar que dentro había alguien.
Del interior de la chaqueta sacó una pistola y de la guantera un silenciador. Con cuidado de que nadie le viera, lo enroscó en el cañón y, sin hacer ruido, salió del coche y con paso decidido se acercó a la puerta trasera de la nave.