Guardaré tu última sangre 11 Millán
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11 Millán

Arrastrando el cansancio y el hastío, entró en el bar que había al lado de su casa y se sentó en la mesa de siempre. Venía agotado y no prestó mucha atención al resto de los clientes. El camarero se le acercó con paso cansino, una cerveza en la mano y un pincho de tortilla en la otra.

—Hola, jefe, ¿cómo ha ido el día?

—Complicado, muy complicado.

—¿Quiere tomar algo más o con esto ya tiene?

—No, por ahora bien, no quiero nada más

—Se lo digo porque esta noche está invitado.

—¿Y a qué se debe esta generosidad?

—La chica del fondo de la barra.

Millán se giró y me vio levantando mi copa de vino. Él levantó su cerveza y me hizo un gesto para que me acercara. Cogí mi casco y me fui a su mesa.

—Nunca dejarás de sorprenderme.

—No soy nada original, esto de invitar lo he copiado. Lo aprendí de alguien que quería ser amable conmigo, pero que me pilló en un mal día.

—Está bien aprender las cosas buenas de los demás.

—¿Tú crees que un pincho de tortilla es suficiente para que me perdones?

—Por supuesto que no, tendrás que trabajártelo algo más —dijo Millán Ariza.

—No te creas que tengo mucha capacidad para pedir perdón, es algo que me cuesta, así que no abuses.

—Entonces lo daremos por zanjado con la tortilla y el postre.

—¿Qué quieres de postre? —le pregunté sonriendo.

—A ti, que subas a mi casa conmigo.

—Tengo algo mejor.

—¿Mejor que subir conmigo a casa? Lo dudo.

—Puede que haya localizado dónde están algunos de los cuadros robados.

—¿Dónde? —preguntó el policía.

—No es seguro, es una posibilidad, pero si quieres saberlo te propongo un cambio.

—A ver, miedo me das.

—Cuéntame qué has averiguado tú y yo te cuento lo que he averiguado yo.

—Mi policía favorita.

—¿Hay trato?

—Hay trato —dijo el inspector Ariza.

—Tú primero.

—Poca cosa, tampoco han aparecido huellas en la casa de Marcelo, ni testigos, ni rastros.

Al ser un pueblo pequeño no había cámaras ni gente en las calles a esas horas.

Sabemos que Daniel estuvo allí porque hemos rastreado sus llamadas de móvil, pero no tenemos claro si llegó a entrar en la casa o no.

—¿Crees que tuvo algo que ver?

—La verdad, ni idea. Yo ya no sé qué pensar de nadie. La realidad es que se trata de la única persona relacionada con el caso a la que se sitúa cerca del lugar del crimen a la hora en que ocurrió.

—¿Qué dice él para explicarlo? —le pregunté.

—Que había ido a verle porque Elsa y él estaban preo cupados, ya que no sabían nada de él y no contestaba al teléfono.

—Podría ser, Elsa no podía salir de su casa y Daniel era la única persona de confianza que le conocía.

—Por poder todo puede ser, lo que importa realmente es lo que es, no lo que puede ser.

—¿Algo más? —insistí.

—No, solo una visita a Enrique Zarza. Parece ser que una semana antes había estado cenando a solas con Víctor y este le había contado que estaba en época de cambios, que se estaba planteando dejar a su novia y a su galerista.

—¿A su novia también? Yo pensaba que les iba bien.

—Y yo, eso al menos es lo que ella transmite.

—¿Y se lo llegó a decir a los dos?

—Esa es la pregunta del millón, pero no lo sabemos; Víctor solo le transmitió a Enrique la intención de hacerlo. Si luego lo hizo o lo habló con ellos eso ya es otra cosa.

—Perder a Víctor habría sido un buen golpe para Marcelo, si no la ruina.

—Desde luego, una buena razón para quitarlo de en medio. Si hubiera seguido vivo se habría quedado sin su mejor artista, habría perdido la comisión de los cuadros sin vender y la de los que estaban en la exposición.

—Mucho dinero. Esos cuadros y los que robaron del estudio valen ahora una fortuna, mucho más que antes. Eso sin contar con el de la foto, ¿sabéis algo más?

—Nada, sin noticias. Ya sabemos seguro que está pintado con la sangre de Víctor y, si aparece, será el más caro de todos si se confirma que lo pintó él mismo antes de morir.

—Y aunque no lo hubiera pintado, también valdrá una fortuna.

—Supongo, hay mucho millonario loco. Pero ya está bien, me he ganado que me cuentes tú.

—Creo que Enrique Zarza tiene alguna participación.

—Eso no es nuevo, es lo que flota en el aire, pero cómo saberlo.

—Tuvo una reunión en un sitio muy extraño con un tipo que no le pega nada. O sí.

—¿Dónde? —preguntó el policía poniéndose muy serio.

—En la catedral. No es un sitio habitual para verse, ¿no crees?

—Desde luego. ¿Y el otro tipo quién era?

—Ni idea, pero sé dónde vive y, lo más importante, dónde tiene una nave industrial.

—¿Y eso cómo lo has sabido?

—Muy fácil, siguiéndole.

—No me lo puedo creer —dijo el policía con sorpresa.

Puse una hoja de papel encima de la mesa con la dirección de la nave mientras le miraba a los ojos.

—Con esto y la tortilla, ¿tú crees que será suficiente para que me perdones?