Guardaré tu última sangre 12 Oriol
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12 Oriol

La puerta exterior de la casa de Enrique Zarza se abrió en el mismo momento en que llegaba el taxi, y estuvo abierta el tiempo justo para que este entrara.

El coche llegó hasta la puerta de la casa donde el mayordomo esperaba.

Oriol de Luca bajó del coche con un traje gris oscuro, zapatos italianos y una pajarita con el nudo hecho a mano.

—El señor le espera.

—Gracias.

Oriol siguió al mayordomo hasta un salón en tonos azules y blancos donde la chimenea, que ya estaba encendida, era lo único que aportaba calidez.

—¿Qué desea tomar el señor?

—Coñac, por favor.

—¿Frapin Cuvée le parece bien?

—Perfecto.

Mientras el mayordomo desaparecía por la puerta, Oriol volvió la vista a las paredes para estudiar los cuadros. Le llamó la atención el que estaba junto a la ventana. Se acercó para verlo más cerca.

—Pensaba que no te gustaba Matisse —oyó que le decían a su espalda.

Enrique Zarza entró por la puerta con dos grandes copas de balón en cada mano ofreciendo una a su invitado.

—Y no me gusta, pero siempre admiro una buena imitación.

—Eres el mejor, Oriol, siempre lo he dicho.

—¿Y el original? Pensaba que era tuyo.

—Y lo es, pero está a buen recaudo, demasiado dinero para dejarlo a la vista en una fiesta. Tengo que pedir que lo suban. ¿Quieres verlo ahora?

—No, muchas gracias, conozco ese cuadro, no te molestes, en otra ocasión —dijo Oriol tras hacerse con una de las copas.

—Gracias por venir.

—El coñac lo merece.

—La otra noche en la fiesta no encontré el momento para que hablásemos.

—Te entiendo, no hay que mezclar el placer con los negocios.

—Eso nunca, y las fiestas damos por hecho que son negocios, ¿no? —dijo Enrique.

—Por supuesto, qué simpleza hacer una fiesta para divertirse. Se me ocurren miles de opciones mejores y más baratas. Espero que cerraras asuntos interesantes.

—Algunos, los más importantes, y el resto encarrilados. Balance positivo.

—Bien entonces, brindemos por ello.

—Brindemos.

Oriol levantó su copa y se la llevó después a los labios, cerrando los ojos y saboreando el licor.

—Desde luego, Enrique, no sé si yo soy un experto en arte o no, pero no hay duda de que tú lo eres en coñac.

—Intento tener lo mejor.

—Tú que puedes, afortunado de ti —dijo el invitado.

—Siéntate, por favor, esta copa se merece saborearla relajado.

Oriol se desabrochó el botón de la chaqueta y se sentó cerca de una mesita donde dejó la copa. Cruzó las piernas y las manos encima de estas.

—Tú dirás —siguió Oriol.

—Ya sabes que me gusta ir directo al grano.

—Y a mí que lo hagas.

—¿Qué opinas del cuadro que salió en prensa junto al cadáver de Palacios?

—Interesante pregunta, supongo que ya sabes lo que dijo el catedrático Pedraza en televisión.

—Me interesa más lo que pienses tú.

—Creo que no andaba desencaminado, es sin duda su estilo y recuerda mucho a los de la exposición de la feria de arte.

—¿Crees realmente que lo pintó Víctor antes de morir?

—Pintarlo después es tarea complicada.

—No seas huidizo, me interesa mucho tu opinión y te pido que te mojes.

—Muy difícil sin verlo, Enrique, tendría que examinarlo en directo y de cerca.

—Eso no parece posible por el momento.

—No, salvo que alguien lo haya comprado ya y lo tenga en su casa.

—Ya sé lo que estás pensando y te digo que no, que no lo he comprado, aunque me gustaría.

—Lo de Marcelo Fonseca ha sido una gran pérdida.

—Oriol, no sabes cómo te admiro. Aparte de tu buen gusto para el arte y para todo en general, eres una de las personas más sagaces que conozco.

—Tampoco hay que ser muy listo para intuir que si ese cuadro saliera a la luz el camino lógico sería a través de Fonseca, nadie como él conoce a los coleccionistas de Palacios.

—Ahora, con su muerte, el problema es que tardará en aparecer.

—Es de esperar.

—Como experto en arte, ¿cuánto crees que valdría ese cuadro si de verdad fuera de Víctor y saliera a la venta?

—Si de verdad fuera de Víctor, mucho.

—¿Cuánto?

—Imposible saberlo, seguramente entraría en la vorágine de las subastas y los caprichos de coleccionista con tres factores añadidos: lo primero y más obvio, que ya no habrá más cuadros suyos a la venta que los que existen actualmente.

—¿Lo segundo?

—El morbo del papel que ha jugado en su asesinato y la historia de por qué lo pintó.

—¿Y lo tercero?

—Lo tercero es un rumor y como a todos los rumores no hay que hacerle mucho caso.

—¿Te refieres a lo de que puede estar pintado con su sangre?

—Veo que tú también estás bien informado.

—Lo intento.

—Esas tres cosas harían que el precio pudiera dispararse hasta niveles estratosféricos. Hay coleccionistas muy excéntricos y más que sobrados de petróleo o rublos que pagarían lo que fuera si esa historia se confirma.

—¿Crees que podría llegar a los diez millones?

—En estas historias la lógica del mercado no existe, puede llegar a ese precio o mucho más, quién sabe.

—¿Qué escenario económico ves más posible?

—El segundo, que lo sobrepase con mucho.

—Me alegra que me confirmes mis impresiones.

—Ya que eres directo, sería una descortesía que yo no lo fuera.

—Por favor, Oriol, no espero menos.

—¿Estás planteándote arriesgarte y comprarlo ahora, antes de que se confirme si es suyo o no?

—Es una opción. Siempre sería más barato que cuando se confirme.

—¿Quieres mi consejo?

—Siempre quiero tus consejos, Oriol.

—Yo no lo haría.

—¿Por?

—Hay dos variables que tardarán en despejarse, aparte de la autoría.

—¿Cuáles?

—Qué el cuadro esté bloqueado como prueba en un proceso judicial que seguro que va a ser muy largo.

—Sí, contaba con eso.

—Y lo más importante: despejar quién es el propietario de la obra de Víctor.

—Eso es lo que menos me preocupa. Ese cuadro estaba pintado antes de su muerte y por lo tanto podía estar vendido antes. Difícil reclamación, y menos si termina en un palacio de un emirato o en la dacha de un multimillonario ruso.

—¿Ya tienes el comprador definitivo?

—No, pero no faltarían. Si supieras las obras de arte que hay en Siberia o en las arenas del golfo pérsico.

—Puedo imaginármelo.

—¿Esa es la opinión que querías de mí?

—Sí, y te la agradezco porque me ha sido de mucha utilidad.

—Enrique, esa opinión tú no la necesitabas, ya sabes lo suficiente del mercado del arte como para conocer perfectamente los precios de las cosas y lo que te iba a decir.

—Pero siempre viene bien una opinión experta.

Oriol se quedó callado, levantó la copa y aspiró profundamente tras acercársela a la nariz, para después llevársela a los labios. Sonrió y se quedó callado.

—¿Por qué sonríes?

—Enrique, creo que lo que quieres es que te avise si me llega información del paradero de ese cuadro.

Enrique Zarza sonrió e hizo el mismo proceso con la copa de coñac.

—Definitivamente, Oriol, te voy a admirar siempre.