Guardaré tu última sangre 13 Ana
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13 Ana

Al final pasó lo que no quería que pasara, toda la noche sin dormir, en vela y dándole vueltas a la historia de Elsa.

Casi habría sido mejor que me hubiera quedado con Millán, al menos habría quemado calorías y algo habría dormido.

Pero no, dediqué la noche entera a leer todo lo que se había publicado sobre el caso.

Hubo algo que me llamó la atención: una foto de Paula, la novia de Víctor, en la fiesta de un coleccionista de arte.

Buscando antecedentes sobre el anfitrión llegué a todo tipo de informaciones, desde inversiones inmobiliarias y cine hasta imputaciones en negocios sucios que se habían quedado en nada, pero que me daban la impresión de que era el único elemento discordante en toda la historia, la famosa pieza del puzle que nunca aparece.

Al final terminé por caer en el error de pensar que cuando el río suena, agua lleva.

Me obsesioné con el personaje e hice lo que sabía que no debía: anulé los pacientes de la mañana, busqué la dirección donde vivía y me fui a la puerta de su casa a esperarle.

Quería verle la cara, comprobar qué impresión me causaba y así quitármelo de la cabeza.

Por fortuna fue bastante madrugador. O al menos eso supuse, porque el coche que salió de su casa tenía los cristales tintados.

Podía haber sido su mujer o ir vacío, pero decidí seguirlo.

No perdía nada. Salimos de su urbanización y se metió en el centro de la ciudad.

A esa hora y a cualquiera, una moto circula con más facilidad que un coche y era imposible perderlo, así que le dejé distancia suficiente para no llamar la atención.

El coche llegó hasta la puerta de la catedral y allí se paró. Yo aparqué la moto en la acera de enfrente, sin mucho miedo de que me vieran; al fin y al cabo, era una perfecta desconocida para ellos, pero aun así mejor mantener las distancias.

De la parte de atrás se bajó un hombre, no muy alto, con el pelo blanco.

Había acertado, le reconocí por las fotos que había visto.

Esperé a que entrara para seguirle y entrar yo después.

En la catedral siempre había suficientes turistas para pasar desapercibida y no demasiados para perderle de vista.

Me resultó fácil localizarle junto a un hombre más alto que él con la cabeza afeitada.

Estaban sentados el uno al lado del otro sin hacer gestos ni mirarse.

Era imposible saber si hablaban o no, pero estaba claro que ninguno de los dos estaba allí para rezar ni se habían sentado juntos por casualidad.

No habían pasado ni diez minutos cuando el empresario se levantó sin despedirse ni mirarle. Le dejé ir, ya sabía dónde encontrarle, me interesaba mucho más el otro.

Curiosamente, después de quedarse solo estuvo un buen rato sentado en el banco y al final se levantó y salió por una puerta lateral.

Para eso tuvo que rodear toda la planta de la catedral y pasar delante del altar mayor, donde hizo una parada para agachar la cabeza y santiguarse antes de seguir adelante.

O intentaba despistar o realmente era creyente, quizás simplemente se arrepentía de algo. Me gustó pensar que sería eso.

Salió de la catedral y se fue calle arriba.

Por un momento perdí su pista mientras iba a por la moto, pero no podía arriesgarme a seguirle andando y que de pronto se subiera a un coche y perderlo.

Arranqué, y me fui por donde lo había dejado.

Lo localice rápido, seguía andando por la acera en la misma dirección.

Le seguí en moto de lejos por poco tiempo.

Enseguida se detuvo en una parada de autobús.

No me gustaba que mirara a un lado y a otro todo el rato, estaba claro que tomaba sus precauciones, pero hasta el momento no parecía haberme visto.

Dejó pasar un autobús y esperó otra línea diferente.

Al siguiente se subió. Seguí al bus a mucha distancia, por el tamaño y por su aspecto era difícil perderle de vista, y solo me acercaba un poco más cuando paraba el autobús para comprobar si se bajaba o seguía dentro.

Cinco paradas más tarde se bajó, volvió a mirar a un lado y a otro y echó a andar en dirección a un parking cercano.

En ese momento dudé. Si lo seguía en moto al interior me vería, si lo seguía andando y se subía a un coche no me daría tiempo a seguirle cuando saliese.

Decidí esperar fuera y tener la esperanza de que no fuera un coche con cristales tintados.

Tuve suerte, al poco salió en un monovolumen familiar muy común, ideal para pasar desapercibido.

Le seguí mientras callejeaba por la ciudad.

Al cabo de media hora llegó a un bloque de pisos del extrarradio donde se volvió a perder en el garaje.

Supuse que era su casa. Decidí que, ya que había llegado hasta allí, merecía la pena esperar un poco más.

Un parque enfrente de la puerta era el sitio perfecto, no era muy grande, pero tenía la suficiente vegetación para pasar desapercibida.

Me había concedido a mí misma el día libre y llevaba tabaco y música. No tenía prisa.