1 Ana
La calle se había iluminado de repente, dos coches de policía y varias motos cortaban el tráfico y pintaban las paredes con destellos de luz azul.
La casa de Paula era un continuo entrar y salir de agentes de paisano y de uniforme a los que veía pasar a través del humo de mi cigarro, sentada en el escalón de un portal cercano.
A lo lejos vi como el inspector Ariza salía de la casa y se acercaba directamente hacia donde yo estaba.
Al llegar se sentó en el escalón junto a mí y permaneció un rato callado acariciándome con su mirada.
—¿Algún día dejarás de sorprenderme?
—Espero que no —le contesté.
—¿Cuándo lo supiste?
—¿El qué?
—Que había sido Paula.
—La verdad es que con seguridad no lo he sabido hasta hace un instante, cuando me ha enseñado el cuadro. Antes solo era una corazonada.
—Cuando estaba en casa de Zarza y me llamaste me dijiste que sabías quién era el asesino y dónde estaban el resto de los cuadros.
—Me habría expresado mal, solo quería decirte que creía saberlo.
—Nunca te expresas mal, eres una manipuladora —dijo Ariza sonriendo.
—No manipulo, solo reconduzco las cosas, es mi trabajo.
—¿Qué te hizo sospechar?
—Su reacción en el funeral.
—¿Qué tuvo de raro? No pudo soportarlo y se fue.
—Soy psiquiatra y conozco el comportamiento humano, sobre todo el patológico, y esa reacción no fue de dolor, fue una reacción de opresión. La gente que sufre se derrumba, se desmaya, es pasiva, nunca proactiva, se cortocircuitan y se dejan llevar porque no tienen capacidad de tomar iniciativas.
—Aun así me parece poco.
—Cuando se iba, al abrir el coche también me di cuenta de que era zurda, como la persona del vídeo que suplantó a Elsa, por eso te pedí que me enviaras otra vez la foto. Los zurdos pueden actuar con las dos manos, pero en situación de emergencia siempre recurren a la izquierda.
—Me dejas de piedra.
—Por otro lado, una vez muerto Marcelo se habían acabado los sospechosos. Yo no tenía ninguna duda de que Elsa y Daniel no podían ser. No encajaba con su carácter ni con su historia.
—¿Por eso te fuiste del cementerio?
—La seguí hasta su casa y allí pude ver desde la distancia algunos lienzos enrollados en el momento en que abrió el portón del garaje para meter el coche, como los que habían robado del estudio.
Sin embargo, seguía sin encajar que tuviera una coartada hasta que descubrí que sus ventanas dan a un patio interior, y desde allí es fácil salir a la calle sin ser visto.
—Eso encaja con lo que nos ha contado, estaba en la cama con jaqueca cuando la llamó Víctor y no le dijo nada a su amigo porque le habría molestado que, estando de visita, saliera por una llamada de su novio —dijo el policía.
—O simplemente preparaba una coartada —dije yo.
—Puede ser, pero es difícil demostrarlo.
—¿Y cómo se explica que se pusiera una peluca y un abrigo igual que el de Elsa para huir con los cuadros? Eso hay que prepararlo con tiempo.
—Nos ha dicho que los tenía en el estudio.
Era como un juego sexual de cambio de papeles que a veces hacía con Víctor.
Ponérselo fue algo que improvisó cuando iba a salir para que no la reconocieran .
Lo mismo que llamar a Elsa y citarla en la biblioteca, o llamar al portero.
De entrada, le salió bien, pero esas cosas al final se desmoronan —dijo el policía.
—¿También improvisó llamar a Elsa y citarla en otro sitio a la misma hora?
En ese momento un grupo de policías salió de la casa rodeando a Paula, que llevaba las manos bajo un abrigo, supuestamente esposada.
Su mirada lo primero que hizo fue buscar la mía, y me encontró al instante.
No distinguí el más mínimo rastro de rencor o reproche en aquellos ojos, solo paz y quizás hasta un atisbo de agradecimiento y complicidad.
Aquella serenidad, su talento y belleza me produjeron una incómoda sensación de admiración.
Enseguida la dirigieron a uno de los coches, donde uno de los agentes abrió la puerta para que entrase con cuidado de que no se golpeara la cabeza al hacerlo.
—Esta chica me desconcierta, no tengo claro si miente o no —dije mientras se alejaba el coche.
—Si tu intuición de mujer y tu olfato de psiquiatra no te dicen nada, poco te puedo aportar yo.
Me acaban de llamar los de la científica para confirmarme que han encontrado una caja de madera en el estudio con restos de sangre en una esquina que encaja con la forma de la herida de la nuca de Víctor.
—Quizá había una intención, pero fue el destino quien hizo el trabajo.
—Otra cosa que nunca podremos saber. Y, si se confirma lo que nos ha contado, no creo que esté mucho tiempo en la cárcel —dijo Ariza.
—¿Te parece poco cortarle la cabeza?
—Legalmente eso no es homicidio, es solo profanación, y no está tipificado como un delito grave. Junto a obstrucción a la justicia, robo y ocultación de pruebas, puede que le caigan un par de años, así que como mucho estaría en la calle en seis meses.
—Será una estrella cuando salga —le dije sonriendo.
—Me temo que lo va a ser desde mañana, y no hay nada que podamos hacer.
—Siendo justos, hay que reconocer que es mucho mejor que Víctor. Las galerías y los coleccionistas se la van a rifar —dije mientras me levantaba y apagaba el cigarrillo en el suelo.
—Como dice Teo, nos hemos equivocado de oficio, querida Ana, tendríamos que habernos dedicado al arte.
—A mí no se me daría bien, poca sustancia y mucha tontería.
—Tú tienes otro talento mucho mejor.
—Sí, la psiquiatría es mi vida.
—No, estaba pensando que habrías sido una gran policía.
Sonreí, pero no respondí. Por unos segundos miré a mi alrededor y vi cómo la gente seguía con sus vidas, tan distintas unas de otras, tan cerca y tan lejos. Todas mansas y grises, solo coloreadas por la luz palpitante de las sirenas y los luminosos de la calle.
—Estoy cansada; si no me necesitas, voy a meterme en la cama dos días seguidos.
—¿Tú sola?
—La única compañía con la que realmente se descansa es la almohada.
Me levanté, me alisé la falda y eché un último vistazo al coche de policía que se alejaba llevándose la silueta de Paula. Millán se incorporó y me dio dos besos antes de que me fuera.
—Si te aburres de descansar, silba —me susurró.
Sonreí, me di la vuelta y me alejé por la acera, esquivando fantasmas y sintiendo el calor de su mirada clavada en mi espalda. No pude ver su cara, pero estoy segura de que sonrió cuando oyó el silbido después de volver la esquina.